¡Abracadabra! -dijo el niño enarbolando la pajita con la que había bebido su horchata- ¡ahora serás un cocodrilo!
La madre intentó poner cara de cocodrilo, pero era muy difícil. Se acordó de que una vez, junto a su hermana, habían rescatado a una iguana de un jardín público. La rescataron con pequeños alaridos de gusto y de susto. Metieron a la iguana en su mochila y la subieron a casa de sus padres, que no tuvieron otro remedio que aceptarla. Le compraron un terrario y una manta eléctrica. Un día achicharraron a la iguana sin querer. El animal desapareció en el cubo de la basura. Seguramente no había que hacer las cosas así, no, no. Ahora era una madre, tenía muchas responsabilidades sobre el cubo de la basura y lo que entraba allí dentro, y sobre lo que se podía o no adoptar, quienes serían parte de la familia, aunque fuese un corto trecho, un minuto en que su hijo le exigía ¡conviértete en cocodrilo!, tener, pues, una piel muy dura y un hambre milenaria, acabar con las meriendas de los otros niños y las otras madres, acabar incluso con las madres y los niños, las camareras y hasta con ese rubito que gritaba, con susto y gusto, de ver a su madre arrastrándose por el suelo, intentando menear una cola que no sentía ya, que debía haber desaparecido en algún grado de la lenta evolución de las especies entre cocodrilo y madre, hasta que el niño dijo un nombre, Nil, como llamando a su mascota, y ella recordó que sí, que Nil era el cocodrilo de peluche que dormía junto al niño y que no comía carne humana ni habría que tirarlo a la basura, y menos mal que ya estaban en la calle, camino a casa.
para Jan y Alicia, con quienes estuvimos jugando a ser muchos animalitos.
oración
si yo fuera peregrina de mi misma
si llegara a la dulce
posada esmeralda
del corazón
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martes, 15 de marzo de 2016
miércoles, 6 de enero de 2016
LOS REYES DE ALICIA Y DE JOAQUÍN
Para
Alicia González Laa y Joaquín Daniel, dos grandes actores a los que
la buena estrella de 2016 confío en que mantenga muy activos sobre
los escenarios.
DIVERTIMENTO
PARA VOLVER A ENCONTRARSE
-
¡Usted!
-
¡Usted!
- ¿Cómo está usted?
- No tan bien como usted.
- Oh no crea, no crea, yo también, como usted, no estoy tan bien como usted.
- ¿Eso es un piropo? Me atrevo a preguntarle porque sería muy típico de usted.
- No, usted ha oído muchas cosas de mí, jaja, pero no estoy bien porque dormí mal, di muchas vueltas, di tantas vueltas que el hemisferio derecho se me puso en el izquierdo, el izquierdo en el derecho y ahora estoy todo yo cambiado de lugar por dentro.
- Es verdad que le encuentro un poco cambiado... los ojos, la boca, la nariz, los andares... usted no parece usted.
- Sin embargo...
- ¿Qué?
- Usted no se merece menos que el que yo sea yo, un poco yo al menos, lo suficientemente yo como para decirle el piropo que usted se merece.
- Oh, no se esfuerce por mí, ¿quién soy yo al fin de al cabo?
- Usted es la razón...
- ¿Yo soy la razón?
- Como principio de piropo suena frío, lo reconozco. Usted es la sinrazón...
- ¿Me está llamando loca?
- Usted es la primavera que no tiene razón y sin embargo todo lo hace florecer.
- La primavera tiene sus razones, todos tenemos nuestras razones, hasta usted las tiene para decirme un piropo. Siempre con esa carita de querer invitarme al cine.
- Se me olvidaba, usted que siempre pierde el reloj ¿tiene tiempo de acompañarme a Salamanca?
- Salamanca está muy lejos.
- Pero tiene un cine precioso, lo construyó mi abuelo y si no era mi abuelo era un hombre bueno que podría haber sido mi abuelo. En cualquier caso es un sitio entrañable y yo con usted soy así, ya lo sabe, tierno y comestible como un bizcocho.
- Eso está muy bien, porque el viaje es un poco largo y seguro que me entra hambre.
- ¿Me morderá?
- Le morderé, pero sólo si huele a canela.
- Huelo a canela por aquí.
- Hubiese preferido que oliese a canela por allá. Pero bueno, usted hace lo que puede, no lo dudo, sobre todo hoy que tiene todo el hemisferio sur en el polo norte, ¿era eso lo que me explicó al principio?
- ¿Qué principio?
- El nuestro.
- Pensé que veníamos de lejos.
- Yo de Missouri.
- Yo de Cincinatti.
- Pero entonces usted...
- ¿Sí?
- No.
- No ¿qué?
- No... nada... es que pensé que usted si era de Cincinatti... quizás no fuera usted.
- ¿Pues quién iba a ser si no?
- No sé, un usted... distinto.
- No diga barbaridades, además que Cincinatti es un decir, como Salamanca.
- Mire ese cartel. El tren sale en cinco minutos.
- ¿Estamos seguros?
- Seguros de nada.
- Pues a por todas. Suba usted.
- No, primero usted.
- No, no, yo lo dije primero y usted va primera.
- Me ha gustado mucho encontrarle.
- Podemos hacerlo siempre que quiera.
- Pues vamos a perdernos medio segundo.
- Medio.
- Medio, para volver a sorprendernos.(...)
- ¡Usted!
- ¡Usted!

JOAQUÍN DANIEL Y ALICIA GONZÁLEZ LAA EN "LA AMÉRICA DE EDWARD HOPPER" DE EVA HIBERNIA
lunes, 19 de diciembre de 2011
UN CUENTO PEQUEÑITO CON SEMÁFORO Y NUBES
Habían anunciado tormenta de nieve para la tarde. Era viernes, y Leire se imaginó un fin de semana en pijama, o mejor desnudos, bajo el grueso cobertor, hablando de los planes para el próximo verano, leyéndose en voz alta los Winter Tales de Isak Dinensen, comiendo a deshoras, dulces y bizcochitos que dejarían sus huellas de migas por entre las sábanas, haciendo el amor y revolviendo los abrazos entre todas esas cosas, largas caricias y besos caracol ascendiendo lentamente por la espalda hasta lograr el escalofrío de placer en la nuca.
Abrió el frigorífico. Presentaba la desolación de dos yogures y una rama de perejil yaciente. Se enfundó las botas y Salió a comprar provisiones. La gente le venía de cara con las narices encendidas, como guindas o como payasos, pensó Leire. Pero las frentes se cerraban en un gesto duro, los ojos lagrimeaban y las bocas se apretaban tensas, quizás en un gesto involuntario por abotonarse contra el frío un poco más.
Mientras esperaba a que el semáforo cambiara a verde, vio a un niño en la otra acera. Tenía a su muñeco muy bien abrigado, lo abrazaba contra su cuerpo. La carita de plástico estaba justo debajo de la cara pecosa del niño. Eran las únicas caras que sonreían en la apretada fila. La pequeña boca se entreabría y dejaba escapar una nube caliente, generosa.
El niño miró a Leire, miró su boca pintada, curvada, descerrajada en una amplia sonrisa, la nubecilla del calor de la sonrisa flotando delante de su cara.
Al cruzarse se dijeron adiós con la mano. Fue una señal mínima, íntima, y con las caras una en dirección de la otra lanzaron una gran bocanada de nube y sintieron el calor fugaz de la felicidad del otro.
viernes, 26 de agosto de 2011
PAPELITOS SUELTOS
Camino por las calles enormemente pródigas en papelitos, llamar a Ana 93 456 y lo demás borrado por la lluvia, Tintorería La Españolita americana de ante 35 euros, un trozo de papel cuadriculado en el que una niña pintada con boli bic punta fina sostiene un globo en forma de corazón, una carta con el tres de tréboles, un ticket del supermercado que suma cebollas, ajos, margarina, queso de bola, varios botellines de cerveza y al final, con lápiz de ojos, una pregunta, ¿iremos?
Retazos de gente que no conozco. Escamas de vida, desprendidas, viajando a ras de suelo. Pedazos mínimos de un jeroglífico, que se compone y se descompone con igual celeridad.
***
Los fondos de mis bolsos son abisales. Viven papelitos raros, arrugados, a veces tan viejos y amarillos que no se les leen las venas, lo que un día contaron. Las frases empalidecen y mueren. Saco un manojo de extractos del cajero automáticos, ¿para qué saqué ese dinero, qué compré, en qué lo empleé, qué necesitaba? Servilletas de tantos bares con dibujitos, pequeños poemas con huellas de café, teléfonos y nombres que no sé a quién pertenecen, ¿quién era Marta la de las castañuelas?
***
Las notas de amor se posan sobre las superficies de la casa. A veces esperan en el recibidor, junto a la luz encendida que me aguarda por la noche. Algunas quedaron imantadas en la puerta del frigorífico y te saludan cada vez que necesitas desayunar o comer o tienes sed o simplemente estás tontona y picas por picar. En ocasiones son pícaras y se esconden en lugares insospechados, el cajón de la ropa interior, o reposan sobre la almohada, acompañadas de jazmines. Hay unas muy tiernas que rodean el marco del espejo del cuarto de baño, y te hacen reír a pesar de las legañas y los ojos hinchados. Las soñadoras se enganchan en el cristal de la ventana. Y están también las viajeras, de un libro a otro, del corcho a la mesita, del cajón a la papelera… Las notas de amor, esos pajarillos silenciosos alegrando la casa.
miércoles, 10 de agosto de 2011
nocheando
Es la noche y su callado paso por las habitaciones. Sopla una brisa tan fresca que hemos tenido que cerrar la puerta del balcón. Afuera las plantas cabecean, y más lejos, hasta el mar, las luciérnagas eléctricas de la ciudad sostienen la enorme masa negra que ahora nos unifica, cielo con tierra, tierra con asfalto.
Los vecinos de arriba mueven muebles, parece que alguien barriera.
He dedicado el día al orden y la limpieza, y eso me ha hecho sembrar el caos, el suelo desbordado de papeles y preguntas ¿dónde pongo esto, dónde lo otro? Los libros de arte han emigrado a otro nido, ahora hay hueco en la estantería para poder albergar nuevas carpetas con nuevos escritos.
Al amparo de una bóveda de luz, tumbada en el sofá, leo cuentos de Jean Rhys. Son tristísimos, de inocentes irónicos, de duros humanos, de desnudos en carne viva. Gran autora de la que hace poco he regalado su Ancho mar de los sargazos a una amiga por su cumpleaños. Entre cuento y cuento me tomo todo el silencio del mundo. Voy mirando las pocas cosas que hay que ver, las de todos los días, ahora súbitamente misteriosas por esa pátina mágica de la noche. Siento a esa señora, la nuit, impregnándose en todo, como un licor que llama a los bravos del placer, impregnándose en las yemas de mis dedos, de repente, ansiosos.
La intimidad de la noche es un poema delicioso de vivir, infinitamente escrito, vestido de mil maneras, con tacones altos, con calles estrechas, con playas amantes, con bares que cierran, con risas, con lágrimas, y también en la cotidiana sorpresa que habitamos.
Siempre he querido componer un disco nocturno, un canto nictálope, susurrante, gateando tejados, maullante de lunas. Ahora me pondría a cantar, pero todos duermen, hasta los vecinos de arriba dejaron de arrastrar sillas.
Así que dulces sueños a los que cerraron los ojos y dulces ensueños a los que aún los tienen abiertos.
lunes, 27 de junio de 2011
estos últimos días
suena el timbre, estridente, descuelgo, pregunto, una voz enérgica, los coches pasando en diferido detrás de la voz, pulso la tecla, abro, el hombre de la voz enérgica pulsa el botón, sube, verticalmente asciende por la columna del ascensor, otro timbre, feo, el de mi puerta, abro, en las manos del hombre de la voz enérgica un paquete, firmo, nos damos los buenos días, cierro,
rasgo el paquete, varios papeles juntos, doblados, manuscritos a dos tintas, una carta, confidencias, deseos, y una sorpresa, un regalo tardío de cumpleaños, envuelto, protegido, en un colchón espeso de burbujas de aire, deshago la nube, deshago, el papel, deshago la caja, dentro una pluma, delicadísima, de cristal, delicadamente malva, algo bellísimo como un sueño de palacios antiguos, a la derecha un frasco de tinta, no entiendo el color, es un color mágico, no hay nombre, es el color de un tiempo que no es pasado ni presente ni futuro,
dibujo espirales,
la frente me arde, alambres en la garganta, tengo que meterme en la cama, duele, no puedo hablar, oh enfermedad yo te conozco, los huesos se ablandan, la cabeza es algo demasiado compacto, intento dormir, intento leer, me duermo, las hogueras de San Juan dentro de mí, en mi frente, quemándose extraños sueños, desde el balcón fuegos artificiales por todos los barrios, flores de luz que se abren y mueren al instante, bombollas de sonido, crepitación, mis ojos duelen, me duermo, sigue la hoguera quemándome lentamente,
intento leer, me duermo, bebo agua en algún lugar que no es mi casa, los sueños duelen, los ojos duelen, me despierto, me quejo, soy consolada, me río, doy un pequeño paseo, por la noche toso mucho, enciendo una vela en el balcón, cenamos bonito, romántico, toso mucho, el camión de la basura pasa por debajo, estalla otro petardo, el basurero grita ¡que ya no estamos en San Juan!, toso mucho, intento leer, me duermo, a las cuatro de la tarde la hoguera sigue ahí, en mi cuerpo, mareas de sudor, fuego líquido, abro la caja y tomo la pluma de cristal, dibujo una cara con ese color de tiempo que no sé qué tiempo es, la vida es rara, intento leer,
acabo la educación sentimental
miércoles, 18 de mayo de 2011
entre las cosas del día
Mediada va la mañana. Puse a cocer unos huevos.
Desayuné junto a las plantas. Fregué cacharros. Hice
tareas de escritorio, pausadamente.
Placer de estar en casa. Habitando el silencio. Habitando los cuadernos.
Pensé en mi testamento.
El viento hace que esta casa sea casi
proa de barco,
y este cielo, tan mar, con sus ángeles y sus tempestades
…
un golpe de tiempo. Muy suavemente vino la Poesía , con pies descalzos,
se sentó en el umbral de mi corazón puerta,
y estoy contenta
miércoles, 20 de abril de 2011
DEL CUADERNO DE ABRIL
… hay ramas en el pensamiento
tallos de los que penden, pendolean,
frutos exóticos, vainas, nidos, panales…
por ejemplo, palabras ciruela, con su jugo dulce y verde
que se madura pronto.
Hay que aprovechar las palabras ciruela, decirlas pronto,
gritarlas desde el balcón,
regalarlas en las terrazas de los bares, en las esquinas
junto a las gitanas que venden rosas,
o bien hacer compotas de poemas, melazas
de relatos.
Es una pena cuando esas frutas
se echan a perder.
***
…voy vagabundeando por la página,
me paro, bebo té, -que se ha quedado frío-
descanso en la orilla, en la cuneta
de la frase, y dibujo flores, soles con un corazón en espiral, caracoles
con gafas graduadas…
luego, poquito a poco, prosigo, y no porque tenga algo que decir
sino por el placer
de este vagabundear página abajo,
descendiendo semillas de canto, esparciéndome
en palabras esenciales, y esperando
que los pájaros vengan a comer.
Mientras, invento una sombra de frases altas y frondosas,
Tallos altísimos de palabras jugosas, sibilantes, amorescentes…
y también una palabra charco, para meter los pies.
Espero a mi amigo el petirrojo,
cierro los ojos,
cierro el azul de los ojos tintos
hasta sentir su pequeño temblor, de pluma, en mi mano
domingo, 13 de marzo de 2011
noche del viernes y día sábado
Estaba todavía oscuro, con la noche apretada sobre la ciudad espesa, achaparrada de silencio y de sueño. Primero comenzó el viento, un vendaval de hojas podridas y basuritas, pequeños remolinos que juegan por los bordillos y luego se paran, atascando las alcantarillas. Todavía quedaba alguna chica con falda de vuelo saliendo de los bares nocturnos. Una llevaba una falda colorada, de ruedo amplio y cosida con godés. El viento se la infló como un globo, parecía una gran amapola deshojándose, porque las sacudidas hacían ver que se le desprendían infinitos pétalos de la falda, o también, desde lejos, desde lo alto de la empinada calle, semejaba a una medusa furiosa en los abismos de aquella plaza pública, justo en la esquina donde tomas el metro de Joanic. Sus amigos la sujetaban al suelo, pues era muy flaca y todas aquellas telas, alborotadas, amenazaban con propulsarla al oscuro y helado cielo. Mi novio ya me había contado que a veces pasaba, que en su balcón del séptimo cielo a veces, después de estas tormentas de aire, aparecen enganchadas en las macetas objetos insólitos, prendas arrancadas de algún tendedero del otro extremo de la ciudad, sombreros, paraguas destartalados, ligeras libretas de papel de arroz donde algún turista japonés estaba anotando sus impresiones, rosarios, tarjetas postales, ediciones del Gerald Tribune, servilletas de papel manchadas de grasa de calamar frito y donde alguien anotó un teléfono, billetes de lotería, hojas de berza, hojas sueltas de un manuscrito de teatro herido y deslavazado, cartas del tarot, cartones de leche, muñecos de peluche, molinetes de viento y mariposas de tul con las alas un poco destrozaditas, y también me aseguró que en un par de ocasiones había encontrado a unas señoras ancianas, extremadamente delgadas, con ese tipo de complexión deshidratada por los años y que presenta una piel casi transparente y unos huesecillos de ave; las señoras, envueltas en mantones que seguramente hacían las inesperadas funciones de un velamen izado, se habían posado unos minutos en su baranda hasta que la fuerza de una nueva ráfaga las llevó unos balcones más allá y después quién sabe dónde.
Yo llegué a casa en plena ventolera, y las plantas grandes, cabeceaban furiosas, asintiendo al discurso del aire atronador.Entre las ramas del ficus ya se había posado un sostén anónimo y perdido. Me metí en la cama y me dormí. Luego vino la lluvia, con esa gentileza de nudillos mojados, a golpear las ventanas, los cristales del inconsciente donde yo estaba en mis cocinas, soñando afanosamente. Desperté a medias saludando a la invitada que se quedó todo el día siguiente, metiéndose en cualquier resquicio que se le dejaba. En su honor me puse mi sombrero verde y mis margaritas vivas, las que viven en mi chubasquero, para que me las regara.
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