oración

si yo fuera peregrina de mi misma
si llegara a la dulce
posada esmeralda
del corazón

lunes, 7 de febrero de 2011

gente tranquila

Gente tranquila, amarilla,
emergiendo de macetas, lugares, barro,
cuando la lluvia encima
te encima
y quieres nacer un nuevo brote
en tu costado, brote

de algo tierno que comienza a ser
en medio de esos, de gente, tranquila,
apaciguando la tarde en las calles
acequias
que pasea el agua,

y tu raíz veleta, veletea
otro principio 

empieza ahora, amarilla, la genteniña
a saber de sí, de sol, de sí,
a saberse dulce, trenzada, ligada en racimos
humanos,
hermoseando la tierra, jarrón de fuego,
volcán la tierra
lamido por dioses azules y salobres,
gentes líquidas, tranquilas, paseando
las venas invisibles de la espera
la raíz espera

y vuelven
a preguntarse por su principio, su brote
estallando de nuevo, amarillo, tranquilo,
empiezan a sentirse gente, gente una,
abriendo su color
el resultado  de una lluvia
de siglos
de sigilosa transparencia.


Viene así como una estela
de corazones encendidos, corolas noche
ardiendo desde su entraña,
viene así como el surco de un barco, una mano, una flecha,
la huella luminosa, más que amarilla, florecida,
nombres que convergen en uno solo,
silvestre gente
en el prado de la vida, brote tierno
que quiere nacer.

jueves, 3 de febrero de 2011

LAS CARTAS FRANCESAS_de Peregrina al Vizconde Verdemar

Querido amigo:

Empiezan a volver las mañanas claras, los cielos despejados. Eso hace que sea un poco menos duro levantarse del jergón. Aún así ya sabes que estas dolencias     te dejan el alma un poco esquiva, como enfurruñada contra una pared. Hoy he desayunado una manzana encantadoramente verde y moteada, y las manos se me han nimbado de ese olor tan dulce y tan fresco. Por un momento he vuelto a tener quince años. También me he desayunado unas cartas maravillosas. He tenido la fortuna de que un raro librito, un epistolario entre dos almas maravillosas, cayese en mis manos, las frutales, las manos manchadas de manzanita suerte. Estas almas, palabras, pulsos verbales, pertenecen a Gustave Flaubert y a George Sand. He de confesarte que no había leído antes nada de los dos. Peor que suerte haber entrado por la puerta gloriosa de una amistad y de un género tan íntimo como las cartas. Estoy disfrutando de lo lindo de sus temperamentos, tan diferentes, pero tan mutuamente admirados (¡Y es que son de admirar!) Su inteligencia y su gran sentido del humor, sus observaciones agudas, justas, certeras. Su forma de conversar a través de esos pequeños monólogos, que son réplicas interrumpidas por la distancia y el tiempo, y que ellos consiguen, finalmente, hacer diálogo. Cuando leo las cartas de Flaubert muchas veces pienso en nuestro común amigo, ese gran escritor que es Albert Tola, creo que él se partiría de risa en los mismos lugares donde yo suelto la carcajada y subrayo con el lápiz. Y no sólo me pasa con Albert, algunas de esas perlas que van fluyendo (¡¡¡qué maravilloso es el pensamiento de Sand, qué ardiente, qué profundo, qué generoso!!!) enseguida me hacen pensar en otras personas, amigos y amantes a los que les vendrían en gran provecho. De tal suerte que la lectura, en apariencia solitaria, se va convirtiendo en una gran fiesta, donde estos maravillosos anfitriones y mi oxigenada cabeza, sientan a su alrededor a tantos seres queridos y gustosos de tomar buenas palabras.

Así que ya ves, mi convalecencia la voy arropando con estas cosas y con un chal de lana en tonos azules, lavandas y violetas, que no sé por qué me hace pensar en una casita en el sur de Francia, cerca de los acantilados, con todas las ventanas abiertas a la brisa y al sol, y en un paseo por un camino estrecho, bordeado de altas hierbas, donde me paro a recoger unos huevecillos caídos de un nido, y el olor a sal me llena de risa y de dicha, y a lo lejos un barco, y … tantas cosas que me pasan con este chal, querido amigo.

Escríbeme pronto de tus viajes. Ya ves que yo, a pesar de que casi no puedo moverme, sigo con el espíritu andariego, y de verdad me voy a esos caminos del sur, donde se mecen las grandes mimosas en el patio de una casa que no tengo, pero que existe. Y ahora me recuesto en un tronco, y dejo que una blanda, dulce, esponjada lluvia de flores, caiga lenta, dance lenta, en torno a mí.

miércoles, 2 de febrero de 2011

SANDRINE_diario de una niña y su gato_ 3, una visita al otro lado del espejo

Al pie de un puente.
En el sueño. Nohome es un gato vagabundo, Colombina una máscara de la Comedia del Arte, y Sandrine una adolescente que se ha extraviado.
  
NOHOME:
Hola.

SANDRINE:
Hola.

NOHOME:
¿Cómo te llamas?

SANDRINE:
Sandrine.

NOHOME:
¿Por qué lloras?

SANDRINE:
Porque he perdido a mi padre.

NOHOME:
¿En un bombardeo?

SANDRINE:
No.
El ya estaba muerto cuando lo perdí.

NOHOME:
Ah.

SANDRINE:
Y fue de pronto. Yo dije... ¿qué dije? Ya no me acuerdo... ¿fue por mis palabras? Las palabras alejan. ¡Oh, las palabras alejan! ¿Por qué no me enseñó mi padre a callar?

NOHOME:
¿Por qué no?

SANDRINE:
Supongo que porque es un soñador de pájaros, y una vez que sueñas, ¡zas!, la palabra ya está dicha.

NOHOME:
¡Zas!... ¿qué significa?

SANDRINE:
Cualquier cosa. Es una palabra comodín.

NOHOME:
¿Quieres decir que se puede descansar en ella cualquier significado?

SANDRINE:
Algo así.

NOHOME:
Entonces es perfecta para una amiga mía que padece de cansancio crónico a la hora de componer sentidos. ¡Colombina! ¡Colombina! La pobre ha perdido la razón gramatical.

VOZ DE COLOMBINA:
¡Estoy tomando el té, pero puedo tomar el tren y acercarme!

            Entra con un carrito de ruedas con servicio de té.

¡0h, santo cielo! ¡Has encontrado una niña monstruo! Qué tamaño más adecuado para asustar sólo un poquito. ¿Tiene modales? ¿Los tuviera o tuviese en un futuro próximo? ¿Estaría dispuesta a comprar medio kilo de modales de primera categoría?

SANDRINE:
No llevo dinero.

COLOMBINA:
Eso es muy osado por tu parte. ¿Acaso eres budista o quizá de buena familia?

SANDRINE:
Soy la hija de un soñador de pájaros.

COLOMBINA:
Suena a oficio de hambre, ¿tienes hambre?

SANDRINE:
No.

NOHOME:
¡Cómo que no! El hambre es lo último que se pierde. Y no me seas aburrida.

SANDRINE:
Bueno, quizá sí que tengo un poco.

NOHOME:
¿Y qué has traído?

SANDRINE:
¿Yo? Nada. Es que ha sido todo muy raro. Primero estábamos en la plaza de un pueblo y nos llamaron de los palacios reales, y soñamos pájaros para que habitaran los jardines reales, pero los pájaros morían. Y no nos podíamos marchar porque los pájaros morían nada más nacer. Y una tarde, en el crepúsculo, fue mi padre el que murió, hubo un disparo detrás del bosque, y en medio del bosque se abrió un lago, y a orillas del lago estaba la espalda de mi padre, rota. Venían a recogerlo pero él se levantó, aprovechando que estaba oscuro, me cogió de la mano y huimos hacia el agua. El agua se puso inmensa, se puso mar. Navegamos en una oración...yo no sé cuanto, porque no había luna ni sol. Pero luego la oración su hundió y llegamos aquí, aquí... ¿dónde?

COLOMBINA:
¡Qué pregunta tan bien orientada! ¿Tienes una brújula?

NOHOME:
No, pero tengo un paquete de palabras esdrújulas.

COLOMBINA:
Puede que alguna le sirva a esta niña.

NOHOME:
¡Cúspide!

COLOMBINA:
Querida niña monstruo, estamos en La Cúspide.

            Colombina y Nohome se parten de risa.


NOHOME:
¡Zas!

COLOMBINA:
¡Zas! ¿Qué significa?

NOHOME:
Que quiero una taza de té y una sardina.

COLOMBINA:
De las sardinas te encargarás tú, que eres la invitada, y no está bien aparecer sin un presente… ¿o es un pasado?

NOHOME.
En cuestión de pescados te intoxica el pasado.

COLOMBINA:
Calculando por lo alto…

            Se sube a lo alto, los otros dos la imitan.

…y en prevención de que estallare alguna guerra mundial en los próximos cinco minutos y tuviéramos que huir del escorbuto… ¿por dónde iba?

NOHOME:
¡Por allí!

            Se trasladan hacia la dirección indicada.

COLOMBINA.
Efectivamente, creo que con 4 sardinas por barba será suficiente. Como ninguno de los 3 tiene barba, obviaremos el tema y nos limitaremos a multiplicar lo uno por lo otro. ¿Qué sale?

NOHOME:
24. 4 sardinas por 3 con hambre, dan 24.

SANDRINE:
4 por 3 son 12.

COLOMBINA:
¿Estás segura?

SANDRINE:
Yo no, pero la tabla de multiplicar sí.

COLOMBINA.
¿A ti te importa?, ¿no?, Entonces consigue 12 sardinas.

SANDRINE
No quiero. Soy muy desgraciada. ¡He perdido a mi padre!

COLOMBINA
¿En un bombardeo? Hoy en día es tan común perder a los padres entre las ruinas de las ciudades…

SANDRINE:
Me dijo que era muy importante que encontrásemos la Isola Bella. Era nuestra única oportunidad.  Tengo que llegar allí, y confiar en que él también llegará.

COLOMBINA:
Entonces tú crees que se trata de llegar, de llegar a alguna parte.

NOHOME:
Que hay una parte en la que se está mejor, más calentito, más protegido, más dichoso…

COLOMBINA:
Una parte donde uno es más uno mismo pero mejor que uno mismo…

NOHOME:
Una parte donde se está a salvo…

COLOMBINA:
Una parte donde lo que se ha perdido es reencontrado…

COLOMBINA:
¡Un paraíso! ¿Estás buscando un paraíso?

NOHOME:
Eso es sencillo, aunque quizás no sea fácil.

COLOMBINA: (Con voz de comenzar un discurso)
Atengámonos a las palabras…

SANDRINE:
Las palabras separan.

COLOMBINA:
¡Oh sí, es cierto! parecen abejas reinas capaces de engendrar un sentido, jajajaja…

            Los discursos de Nohome y Colombina se entrecortan por la risa.



NOHOME
Parecen dóciles las palabras, sumisas a lo que queremos decir. Pero se rebelan, no llegan, se desvían, nos sobrepasan.

COLOMBINA:
Parecen una trampa.

NOHOME:
Parecen una solución.

COLOMBINA:
Son lo único que tenemos.

SANDRINE:
¿Se puede besar a una palabra? ¿Se puede abrazar a una palabra? ¿Sentir su calor?






jueves, 27 de enero de 2011

Rescate de poemas del último cajón_de La Joven Cabeza de la Medusa

Se me trabaron ángeles en el pubis,
alas de arena,
pequeños insectos de aguda nieve,
escarba más, amor,
descubre cielos rasos y penumbras
de mi vientre,
un poco más y no se alcanza
un poco más y no se alcanza.


Así en la fiebre como en el llanto
te quiero
próximo como un cazador a su liebre,
lestrigones en el cuello,
falúas que convergen ombligo adentro,
pequeña muerte entre tus dientes,
un poco más y no llega
un poco más y desaparece.

fuga

La mujer de Lot camina por el desierto. Ve la espalda de su marido, su cabeza inclinada hacia delante, pujando contra el viento rojo de arena. Los animales en larga procesión, sus grupas abultadas de serones y sacos donde, apretadas, llevan sus pertenencias. Empaquetaron las cosas lo más deprisa que pudieron. Ella quería llevarse las plantas del patio. Eso es absurdo, dijo Lot. Dentro de la tierra de las macetas estaban enterradas, escondidas, las cenizas de numerosos papelitos que la mujer de Lot había escrito. Era la fuerza de esas palabras quemadas las que habían abonado y dado fuerza a las plantas, las más hermosas y delicadas de Sodoma. Ella cada tarde en el patio interior, en el silencio de la piedra y el agua del pozo, en su pequeño universo mutilado, expandiéndose hacia adentro. La mujer de Lot oía los gritos, empezó a oler la chamusquina, la carne quemada. El hongo de luz que a veces veía en sueños se le apareció otra vez, como un espejismo, bajo el sudor tembloroso de las pestañas. Su marido arreaba a las bestias con voz estridente, como queriendo quedarse sordo de sí mismo. El camino era empinado. Tuvo miedo de lo que encontrarían al final de la cuesta. Los gritos de Sodoma llamaban como las voces de las sirenas, terribles, fascinantes, cautivadores. La mujer de Lot había insistido en regar el patio antes de marchar. Un gesto inútil. El cielo empezó a llenarse de un color imposible, entre humo y sangre. No mires, volvió a gritar Lot sin mirarla. Tiraba de las bridas de los asnos como si los estuviese sacando de un pozo profundo. Gritaba para darse fuerzas. Gritaba para acallar esa hora de espanto. Quizás caminó un día entero. Hasta que se atrevió a pararse. Se paró porque en el desierto había un cactus florecido, con una única, enorme, flor blanca y carnosa. Esa flor le hizo darse cuenta que ahora, en el aire, sólo estaba su voz, rota de tanto imponerse a los ruidos de la masacre. Pero la agonía de los otros ya había acabado, o estaban lo suficientemente lejos. Pensó en arrancarle esa abrupta belleza al cactus y regalársela a su esposa, que tanto amaba a las plantas. Lo hemos conseguido, amor. Dijo. Y se volvió.


miércoles, 19 de enero de 2011

AGUAFUERTE


Me preparo un té de invierno, de esos especiados que calientan la sangre. Pelo una mandarina y pongo la monda a hervir con los clavos y el jengibre la canela y la pimienta.  Mientas mi tetera roja se convierte, al fuego, en un animal mitológico y furibundo, con su discurso de vapor y borbotones, yo voy fregando los cacharros. Antes, hace unos meses, fregaba un plato, una cuchara y un tenedor. Ahora friego dos platos, dos cucharas y dos tenedores. El jabón es una cosa simpática que recuerda al mar y sus espumas y sirve para que los cacharros se escurran de entre las manos. Ahora friego dos vasos, los vasos son entidades redondonas y transparentes como pequeñas peceritas donde pusimos las huellas de los dedos y la huella de los labios. Paso el jabón por el borde donde pusiste los labios, parece que borrara un beso invisible.  El grifo gotea, le cuesta cerrarse, callarse. Parece un señor anciano que le gotease la nariz por invierno persistente. Ahora friego dos y dos somos tú y yo, y las tazas del desayuno que también son dos. Y a las lentejas que sobraron les haremos un arroz para que de una ración salgan dos. Y he comprado claveles rojos. Y me he olvidado la lista de la compra así que me he venido con menos cosas, aunque mejor, porque ya me pesaban demasiado. Y apago el fuego, apago las palabras, y me tomo mi té, en esta tarde, de taza única.

sábado, 15 de enero de 2011

REINA CORALINA_un poemaestrella solitario

… qué dulce morir de ti,
y qué definitivo

… de mí dirán, ha muerteado de amores lirios esa eva de los edenes, la robadora de manzanas
mordió lo rojo de un beso, la más fruta entre los goces,
y ha caído adentro del amor:
ahora hay que inventar otra vez el mundo con sus soles y sus ritos
de germinación y estallido,
porque esta desnuda primigenia, esta reina coralina ahora muerta
ahora estrella y gases por el universo frío, florificándose
despedazada en palabras derviches,
porque esta herida del fuego sacro
se ha multiplicado del uno al todos
evapánica e infinítida, ramificada en vidas espirales

…mirad cómo se yergue en caracoles
para volver a quien tanto ama
mirad como se alza en bocas hacia su boca
mirad el pez, la hierba,
como va naciendo dios

                                           

jueves, 13 de enero de 2011

REINA CORALINA_tres poemaestrellas de su constelación

I.

yo  diría  que  me  amas  en  lenguajes  lobos
que  aúllan  lejos
y  en  manada
nevada
bajan  la  garganta  roca,   la  arbolada
sombra  de  mi  nombre
donde  tú  pones  incendio
y  yo  sangre  como  ramas
como  frutas  coloradas  mis  besos
y  en  sazón
tu  hambre
tu  hembra
me  despedaza




II.

coralina  y  despedazada
soy  dibujo  mal  hecho  en  la  sábana 
en  la  horizontal  del  deseo

ven,   pincel  de  amor,   mano
hirviendo  de colores,
cimbréame  en  mil  curvas,   garabatos,
garalenguas  en  llamas
llaméame  amarillos  soles de  tu  sol  sexual  
salívame  tu  verde  jugo  o  beso
pon  mi  piel  en  espiral
y  viájame  hasta  el  secreto  confín
tú,   La  Temblorosa,
La  Delicada  Forma,
has  de  temblarme  todas  mis  formas
toda  mi  noche  has  de  albergar
noche  coralina  y  caliente
noche  sin  velos

nocheverdad




III.  

dulce  eres   fresacoralina
yo  me  asomo  a  tu  bosque
y  como

qué  delicia  de  lirios
traes  en  el  pecho,   tu  pecho
hermosea  mis  manos
ya pájaros,   vienen  los  cielos
de  tu  pecho,   la  aurora
siempre  en  creciente
temblor  de  lunas  que  se  funden  en  luz
rosada  de  los  principios
mujer  principio
por  la  que  me  precipito

lunes, 10 de enero de 2011

Cerrar los ojos, posar las manos en busca del corazón, respirar suavecito_Chant Byzantin - 'HaHouwadha lAruç' (arabe)

una tierra abierta, dorada e infinita,
un horizonte atravesado por una luz púrpura que se posa mansamente a dormir palomas

andar
andar
andar

una peregrina de manos abiertas
una voz que nace del corazón y va arrullando la vida, el latido, la respiración

andar
andar
andar

entrar en la cuna del cosmos
mecerse a ritmo de constelaciones que van cambiando con esa gracia delicada
con que se mueven los móviles de plata sobre la cuna de un bebé

andar
andar
andar

andar con pie pequeño sobre la ilimitada piel del firmamento,
la intimidad
del sudor de ser humano y el sabor de ser dios

andar
andar
andar

y que en el andar esté el descanso y el calor del abrazo

viernes, 7 de enero de 2011

amiga, tu cuerpo es una reja



pero yo soy un ladrón, pero Dios es un ladrón
y está conmigo.

lunes, 3 de enero de 2011

UNA VISIÓN

Habitación empapelada con antiguas oraciones. Algunas grafías que no conozco. Letras en relieve. Paso los dedos por una red de signos caligrafiados en pan de oro. Siluetas tan gráciles que parecen vivas, cuerpos danzantes. Y en esos trazos vibran, silenciosamente, fuerzas que desconozco pero que siento en mi pecho. Los nombres de Dios, las escaleras hacia Dios, la fuerza para conjurar a un sol naciente, el rostro entrevisto de la Verdad

Una luz de atardecida se filtra y colorea la habitación, como si ahora yo habitara el centro de una llama.

Abro las manos, las líneas de las manos se curvan, se escriben, empiezo a convertirme en oración.

jueves, 30 de diciembre de 2010

RATA


Sucio. Es un pueblo sucio. Siempre hay viento. Polvo. Polvo por todas partes. Balas de polvo y pelusa rodando y rodando. El desierto se nos mete por debajo de las ranuras de las casas. Bueno, casas. ¡Ja! Tablones, clavos, chapas de uralita, pajas, basuritas. Casas. Sucias. Los hombres se mean en las esquinas. Los perros se mean en las puertas. La sangre salpica las paredes. Gallinas. Sucio. Si miras a la derecha un árbol, el único árbol. Alguien lo trajo del norte. Dijo su nombre, su nombre en su lengua originaria. Un nombre difícil de pronunciar. Un nombre con raíces y tallos y fronda. Un engorro en la boca, tantas hojas y hasta ardillas. No cabía en la boca. Afortunadamente las ardillas se murieron, no aguantaban el calor. Pero el árbol sí que resistió. Es un árbol fuerte, se ve. Un fresno, dicen. Bueno, nosotros, como simples, le decimos árbol. 


Demasiado viento, creo yo. Se nos desordena el cerebro, los recuerdos, no valemos ni para retener el nombre de un árbol, fresno, tampoco es para tanto. Antes, cuando las ardillas tenían su jolgorio, sus risas, sus nidos, todo eso pesaba más en la lengua. Era difícil de decir. Extraño. Pero el árbol no se nos ha impuesto. Ha sido humilde. Se ha sabido retorcer, descarnar contra el viento. Las basuras se le quedan colgando, a veces. Es el único árbol que tenemos. Vino de lejos, cuando en los bosques del norte había norte y también verde. El verde, esa leyenda. Decían que un dios había colgado de sus ramas, cabeza abajo, sólo por obtener sabiduría, y que le había entregado su ojo a alguien, un demonio más fuerte que el dios, o algo así, le había entregado el ojo a cambio de que le permitiese ver las cosas que no están permitidas ver a nadie. Ni tan siquiera a los dioses más grandes. Hay que ver, de ser verdad, qué rara que es la gente, hasta la gente dios está chiflada. Para qué quieres ver cosas que los otros no pueden ver. Con quién las comentas. Como si uno no estuviese lo suficientemente sólo. A lo mejor va de eso, que los dioses curiosos como ese, el que se dejó colgar cabeza abajo y se quedó tuerto, también tenía más fuerza que nadie para aguantar más soledad que nadie. Son manías ¿no? a cada cual le da por lo que le da. En el pueblo, de simples, les da por colgar gente del árbol pero con los pies hacia abajo. Así que si miras hacia la derecha ves gente colgando y pudriéndose al sol, un asco. Y si miras hacia la izquierda, la iglesia. Allí se hace de todo. Se compra la comida, y también el alimento de los cerdos, y todas las cosas que se necesitan menos las que no hay, no queda o no viene el representante o el representante está colgando en el lado de la derecha, en el árbol. Y también en la iglesia se invierte dinero o se juega a la ruleta rusa, pero las apuestas son muy fuertes y sólo se permiten los domingos. Y también en la iglesia es donde hacemos el sexo y el baile y los juicios, las bodas y las despedidas. Vamos, es un poco cualquier cosa, la iglesia, y por eso está siempre muy concurrida, y de tanto abrir la puerta, entra de todo, lagartos y balas de polvo de dos metros de altura. Es un asco el polvo en este pueblo, un día moriremos asfixiados. Y si miras de frente el sol siempre se está poniendo y todo es naranja pero ácido, y quema los ojos y sabe a radioactividad.


Es difícil conservar los dientes aquí. Y los dientes son básicos. Sin dientes estás muerto. Si pierdes los propios tienes que conseguirte otros. Por lo menos otro. Con uno haces. Con un diente, aunque sea el diente de leche de un niño, ya haces. Y entonces tienes que cuidarlo mucho. No sacarlo mas que cuando es absolutamente necesario. Y después de usarlo limpiarlo bien. Esto siempre es un problema, porque aquí la gente es guarra, guarra por definición, y hasta por devoción. Si en la iglesia entra toda esa polvareda…es casi imposible limpiar bien el dientecito de leche, pero hay que esforzarse, cada día. Hay padres que venden los dientes de leche de sus crías por sumas astronómicas. Son unos malos padres, eso pienso yo. Al fin y al cabo ese diente le pertenece al niño, que muy pronto lo va a necesitar cuando se quede sin los otros, sin los dientes buenos, vaya. Por lo menos, no te diré que les dejen toda la dentadura, pero que guarden dos, tres, porque todo se descompone muy rápido. Pero para qué nos vamos a engañar, aquí la gente tiene crías para sacarles todos los dientes y venderlos. Es el único negocio que tienen. Criaderos de dientes. Luego los hijos, bueno, que se busquen la vida, o que los cuelguen del árbol y que se acabe pronto. Yo nací de eso, de ese comercio. Pero eso a nadie le interesa.

Si quieres mirar hacia atrás, no te lo aconsejo. Y casi mejor que me hagas caso, porque el dios aquel que se puso a regalar el ojo, pues se podría permitir quedarse tuerto y saber lo que nadie puede saber, pero tú ¿te lo puedes permitir? Yo ni de coña.

A veces llueve o algo así, cae un liquidillo parduzco que como te pille la piel te la llaga. Te lo digo para que estés atento. ¿Cómo se sabe que va ha llover? Justo antes huele mal. Sé que ahora huele mal, ¿qué quieres? Aquí los hombres se mean en las esquinas, los cerdos se mean en medio de la calle, nadie limpia la sangre, la gente que cuelga del árbol es especialmente guarra, y luego lo que viene de allá, eso, eso sí que huele que apesta. Vamos de hecho es la peste ¿no? allí vive el jinete de la peste, o eso dicen, bueno, yo no lo he visto nunca, ni ganas, ni sé qué mierda es un jinete, lo más parecido que puedo asociar a jinete, así de pronto, es ojete, y un ojete sí  sé lo que es. A lo mejor jinete es la tatarabuela de ojete, esas cosas pasan, las palabras envejecen y se mueren, hay un montón de palabras que se han muerto ¿sabes? esto lo decían las gentes con un poco más de cabeza, que de esos ya no quedan ninguno, pero nosotros, como simples, repetimos esas cosas, la muerte de millones de palabras. Se ve que eso, a aquellas gentes que tenían un poco más de cabeza les sobrecogía, fíjate que palabra, esta es bonita, sobrecoger, que lo que quiere decir es como si te cogieran las vísceras por dentro y te les dan un meneo que te dejan lo de abajo arriba y lo de arriba abajo y más mustio que las hojias que a veces le salen al árbol. Y esta palabra vive porque, vaya, las vísceras revueltas aquí se te ponen a cada poco. Y los pelos como punta, y los ojos de espanto. Bueno, a mí lo de que millones de palabras hayan muerto no me da ni frío ni calor, pues si no las he conocido ¿cómo las voy a echar de menos? Aunque te voy a decir una cosa, y por favor no la repitas a otros. Te la digo por si te sirve de algo. Aquí sobrevivir es jodido, y yo poco más te voy a poder ayudar. Y si te ayudo es porque yo nací para que mis padres hiciesen dinero con mis dientes de leche. No me dejaron ni uno. Y he tenido que robar. Y he tenido que matar para conseguir un diente cuando ya no me quedaba ninguno. Y matar es horrible, creeme. Pero también lo es no hacer nada por tu vida. Y aunque yo no nací para tener vida sino para dar dientes, pues resulta que mira, tenía una vida, y tengo que defenderla. Tú también tendrás que defenderla, no creo que el lugar de donde vengas sea mucho mejor, si no, no hubieses venido hasta aquí ¿verdad? Tu también debes saber lo tuyo sobre matar y morir y robar y mentir y bueno…, sobre seguir. Bueno, pues te voy a decir esto porque a mí no me parece bien utilizar a la gente. Aquí todos nos utilizamos, no sabemos hacer otra cosa. Pero a mí no me parece bien. No me ha gustado que lo hicieran conmigo. Así que a lo mejor esto te sirve. A mí a veces me sirve. Es sobre esos millones de palabras que la diñaron y que nunca las hemos conocido ni sabemos como sonaban ni para que mierda servían. Bueno, pues una vez un forastero como tú me dijo que sí era importante eso de que cada vez hubiese menos palabras. Cuantas menos palabras, menos capacidad de pensar, menos capacidad de comprender, menos capacidad de resolver, más muerte. Cuantas menos palabras, menos oportunidades de seguir vivo. Y entonces me miró muy fijo y dijo despacio, no de permanecer aquí, de cualquier modo, a cualquier precio. Tienes que entender que las palabras crean. Cuida las palabras que aún tienes y procura ensanchar tu lenguaje. Y se fue. Yo, te confieso, que no he entendido lo que el forastero quiso decir. A lo mejor venía de donde vienes tú, huía de donde huyes tú, y quizás tú sí lo entiendes. Si lo entiendes aprovéchalo. A mí por lo menos me entretiene el coco, que si no me volvería más simple todavía, y podrían hacer de mí lo que quisieran. Pero eso no le interesa a nadie.

Bueno, no esperes ayuda. Ni aún pagando confíes en que te den las cosas que pides. Estate atento. Vigila tu espalda, pero no mires para atrás. No vayas hacia la derecha tampoco, al menos en los primeros días. A la gente le gusta colgar a otros del árbol. Porque sí. No por maldad, porque sí. No intentes caer bien. Eso aquí no te servirá. No me digas a que has venido. No me interesa. Probablemente has venido a diñarla y ni tú mismo lo sabes. Muévete con naturalidad, como si ya conocieses el paisaje. En realidad ya lo conoces, lo he descrito bien, ¿verdad? Me cuido mucho de las palabras, por lo que me dijo ese, por si acaso tenía razón.

¿Cómo? ¿Fuera? ¿Las afueras? Eso sí que es peligroso. Yo sí, yo voy. No tengo más remedio.   

jueves, 23 de diciembre de 2010

Gabriela


Gabriela:
En aquellos días, para ser exactos hace una semana… (se interrumpe) ¿y a quién le importa la precisión Gabriela? (cierra el cuaderno impaciente) Bueno, ¿me vas a dejar empezar? (vuelve a abrir el cuaderno) Siempre es mejor comenzar de una manera mítica, evocadora, el sabor del pasado debe irrumpir intenso, como un buen queso de cabrales, algo recio, una  base sólida donde apoyarse para empezar. Hace una semana es una base demasiado enclenque, casi de página de sucesos. Hace una semana no le interesa a nadie, ni es noticia ni es literatura, es…es…es una porqueriíta. Ibas bien, Gabriela, vuelve en ti, a ver…¿qué he puesto? A sí…
En aquellos días yo era una mujer completamente normal, a mi entender. Manejaba mis pequeños excesos con soltura y disfrutaba de los mismos con auténtica devoción, pero sin caer en el fanatismo. Todos los lunes, a las claritas del día, abría mi paquete de tabaco de liar y confeccionaba con primor y esmero 100 cigarrillos. De lunes a viernes me los fumaba a razón de 20 al día. Los fines de semana sólo fumaba porros. Bebía de media cuatro botellas de vino tinto, tres de cava, dos de güisqui  y una de agua mineral con gas. Me tenía completamente prohibido hacer cualquier tipo de gimnasia, incluso cualquier tipo de esfuerzo, por lo que pagaba un extra para que los del supermercado me subiesen la compra a casa, pues vivo en un ático del año la pana sin ascensor y con las escaleras pinas, y digan lo que digan ahora los médicos siempre he velado por el hipotético bienestar de mis riñones, ya que mi abuela materna padecía de frecuentes lumbalgias, y eso de subir yo sola kilos de alcachofas, de naranjas, de patatas, litros y litros de agua…qué horror, sólo de pensarlo me crujen las rodillas, y ¿acaso tengo yo la culpa de vivir en una ciudad donde el agua potable es absolutamente pútidra y maloliente? Que más decir de mis modestos hábitos alimentarios, me gusta la morcilla de Burgos, la de arroz, pero también la de piñones, me gusta mucho, tanto que ni yo misma lo puedo entender, a veces me levanto a las cuatro de la mañana y me frío unas morcillitas, y me abro una botella de champán, es una combinación tan interesante, tan escalofriante, la verdad es que las morcillas dentro de mi orientación claramente vegetariana son como una nota de color y de folklore, yo encuentro esta incongruencia mía entrañable, y estoy en profundo desacuerdo con las observaciones de la doctora Mediavilla, la médico que está llevando mi caso.

Doctora:
Usted come como una niña caprichosa.

Gabriela:
Todos los médicos son unos stalinistas, que gente tan pesada, que afán de ser dios y de tener la razón en todo.

Doctora:
¿A qué se refiere cuando dice que come ositos?

Gabriela:
El mundo adulto es tan ignorante y tan olvidadizo, me refiero a que como gominolas, ositos de azucar de colores. Algunas veces sufro auténticos dolores de barriga pensando que un día ya no encontraré gominolas con forma de osito. He leído a Tolstoi y a Turgenieve y a otros escritores que empiezan por T, y no se me escapa que el mundo es un lugar peligroso donde más tarde o más temprano la desdicha golpea a los individuos. Puede que un día mis ositos de azúcar se conviertan en una especie en extinción, que no sepan o  puedan adaptarse a las modas o a las leyes de sanidad o a la suspensión de pagos de la fábrica donde nacen. Porque si en vez de ositos los hicieran con forma de corazoncitos o semaforitos o sombreritos, yo estaría completamente perdida, ¿de qué me sirve a mí un sombrerito, para que quiero comerme yo un corazón de azúcar?¡ eso es repugnante, absurdo en mi cosmogonía! Eso es lo que la doctora Mediavilla no entiende, yo no como alimentos, me alimento de símbolos, cuando como un osito me como al animal, a mi tótem, y cuando me como una morcilla de Burgos, me como a Castilla, y cuando bebo vino comulgo con Baco, y cuando le doy al güisqui celebro San Patricio y a todos los bardos irlandeses, el champán en mí sólo es civilización y refinamiento, y si fumo es porque de pequeña quería ser un barquito de vapor.

jueves, 16 de diciembre de 2010

florecer

UNA casa solitaria
y un dolor en el costado
y un ciprés al otro lado
del camino

siguiéndole los pasos al destino
con todo un cielo rojo por almohada
cruzo el puente, del sueño a la alborada,
y me río

río porque este calendario de mis huesos es mío
y no también, también es invención de un dios
que necesita de mí para amarse en el dos
y desnudarse de sí mismo

así que entre el lirio y el abismo
tiendo el tierno abrazo confiado
de esta criatura, que mucho ha llorado
y el corazón rinde
entregado.

mañana seré
mucho menos de lo que soy ahora
no tendré palabra ni aurora
que llevarme al pensamiento

mañana seré un vaso sediento
de sed y de labios
dejaré el desierto de los sabios
locos, los pródigos del mundo
para hacer de mi tiempo un segundo
perfecto

donde toda mi herencia será repartida
a iguales partes la riqueza y la herida
y toda mi estirpe será bendecida
serpiente

fruto híbrido el amor con la simiente
de una nueva boca
que al decir
florece.

sábado, 11 de diciembre de 2010

SANDRINE_diario de una niña y su gato_ 2, LAS SIRENAS DE LOS BARCOS

   La casa de la tía Cecilia está cerca del puerto, por eso, algunas tardes, se oyen las sirenas de los barcos. Entonces yo me imagino vestida de blanco, con un traje largo, de esos que arrastran, y con sombrilla, y con guantecitos de encaje, y muchos, muchos, muchos baúles con mi nombre escrito en letras largas y como desmayadas e impresos en etiquetas de color marfil. Hombres forzudos suben mis baúles y yo asciendo majestuosamente por la pasarela. Han traído una banda de música para despedirme. Es una banda insólita. Todos los instrumentos están hechos de cristal: cornucopias de cristal, flautines de cristal. cuencos y varillas y conchas y xilófonos y otros instrumentos que no reconozco, todos transparentes y tocando una música sinfónica y delicadísima.
   También ha acudido un ejército extraño. Todos los hombres son rubios, tanto, que parecen tener el pelo blanco, largísimo, liso y peinado en una alta y espesa cola de caballo que les cae por la espalda. Llevan el torso desnudo y tatuado, cada uno con un dibujo distinto, pero todos en tintas azules. Los pantalones son blancos, de montar, con tiras de terciopelo negro en los costados. Las botas hasta la rodilla, son negras. En la cabeza llevan un sombrero que es así como un tubo alto y que del que sale un penacho de plumas, también negras. Montan sobre caballos blancos, enormes, y el correaje de los animales está adornado y trenzado cpn hilos de oro blanco y pedrería de zafiros. Me fijo con más atención en un punto azul que brilla en la garganta de esos hombres y descubro que ellos también llevan un zafiro como durmiendo en la cuna que hace el cuello, debajo de la nuez, ese lugar tan bonito para los besos.
   Los caballos, con sus jinetes encima, bailan al compás de la sinfonía de los cristales. Es una despedida tan bonita, y yo lanzo desde la borda serpentinas blancas, espirales de luz y papel que se enredan en las maromas del barco. De pronto la sirena vuelve a sonar con sus tres voces de aviso. Los jinetes se quitan el sombrero, lo lanzan al aire, y los penachos revolotean hasta dar con la forma de un pájaro. Se han convertido en una bandada de cordobanes que vuelan sobre el barco. Los jinetes azuzan a sus caballos hacia el mar. Se lanzan con tanto ímpetu que las colas apretadas de sus cabelleras se desatan y veo aquellas lianas furiosas enredarse con el viento, creando finas nubes. Doscientos jinetes cabalgan sobre el agua levantando espumas alrededor del barco. Corta el aliento ver su carrera, frenética, salvaje, hasta que el agua poco a poco va ganando sus cuerpos, las patas de los caballos se van hundiendo, burbujeando la superficie, y poco a poco del mar hirviente vemos como se produce la metamorfosis y las cuadrigas se convierten en delfines albinos, una cohorte de delfines de luna con misteriosos dibujos en sus lomos.
   Corro a popa, por ver que ha sido de la orquesta, pues ya no oigo las notas de cristal. y entonces veo que han tomado sustancia y cuerpo, y que ahora las notas son globos transparentes, unos grandes, otros pequeñitos, todos irisados por el sol, elevándose en el cielo caliente de la tarde.
   Todos esos amigos, los globos irisados, los cordobanes, los delfines de plata, siguen la estela de mi barco.
   Desde que vivo en casa de la tía Cecilia eso es lo que escucho cuando suenan las sirenas de los barcos. Me parece que ahora que he crecido hasta los doce años oigo mucho mejor, oigo más divertido, oigo más yo.

jueves, 9 de diciembre de 2010

SANDRINE_diario de una niña y su gato_ 1

Cuando cumplí los doce años nos llevaron a mi hermanito y a mí a vivir con la familia de mi tía Cecilia. Mi nueva habitación daba a los patios de vecindad, y detrás de las terrazas de los bajos se adivinaba el murete del callejón sin salida, donde se hacinaban  cubos repletos de basura y palomas muertas. A los pocos meses de llegar alguien escribió sobre el murete un poema muy triste, muy desgarrado. Todas las noches antes de rezar leía el poema triste, también recién levantada lo leía, también después del colegio lo leía, y lo leía y lo leía, pero a mi no me ponía triste, sólo me hipnotizaba. Después vinieron las lluvias de otoño y con las primeras aguas el poema se borró. No sé por qué pensé que la pared dejaba así de estar desgarrada y dolorida. Pero lo que no cala en el ladrillo puede inundar los frágiles muretes de una chica de doce años, y derribarlos. Así  empecé a estar triste. Y como abandonada. Dejada por aquel poema al que habían sujetado entre basuras, como a un cachorro vagabundo. ¿Cómo es que puede morirse un poema? Yo no recordaba nada de su letra, sólo que estaba partido y arrinconado, y que todos cuantos lo leían decían que era una cosa muy triste.


Desde entonces la lluvia, el muro y yo tenemos rencillas pendientes. Nos amontonamos en papeluchos y grafito, y acabamos siempre escondidos en un cestaño de mimbre que era de mi abuela y que todos tienen prohibido abrir. Un día mi tía Cecilia se acercó muy silenciosa a mis espaldas, echó una ojeada al papelucho, y no vio nada. Sin embargo por la noche entre bromas y sopas de pescado dijo que yo era poeta, y  eso explicaba que fuese callada, y después me miró con mucho cariño como para que la perdonase el decir secretos tan grandes. Pero yo no me enfadé, ni me da frío ni calor que desde entonces me llamen la poeta, con una mezcla de cariño socarrón y lengüita haciendo burlas. No sé qué es esto que tenemos la lluvia, el muro y yo. Son cosas que no se entienden, pero están vivas, tanto como un cuerpo, un cuerpo raro e ilimitado que nos palpita y que no acaba de nacer.