oración

si yo fuera peregrina de mi misma
si llegara a la dulce
posada esmeralda
del corazón

lunes, 9 de mayo de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_ el postre

Rosalía estaba sentada al sol, en el suelo, entre dos grandes macetas de lavanda. Tenía las piernas desnudas, morenas, estiradas sobre el cemento. Había arrancado algunas cabezas de las flores y se las frotaba contra la piel, rítmicamente, desde la parte exterior de los muslos hacia los tobillos y luego, otra vez hacia arriba, por la cara interior de las pantorrillas. El masaje alivió un poco el cansancio. Sentía el cuerpo entumecido después de tantas horas de avión. Se había recluido en aquel apartadero con el platillo del postre. Últimamente comía muy despacio. Ya habían decaído las conversaciones de la sobremesa y ella seguía con el segundo plato, masticando laboriosamente. Dio su bendición para que todos se fueran a echar la siesta. Su madre quería quedarse a hacerle compañía, que le contase cosas sobre el viaje, aunque claro, si contaba no comía y podía seguir con el guisado hasta la hora de la cena. Al final la dejaron sola en el fresco comedor. Un silencio dulce se posó sobre la casa. Devolvió lo que le quedaba en el plato a la cazuela, tomó un gran trozo de tarta de tiramisú y se fue a hacer la abeja reina, entre las flores del patio. Apoyó el plato sobre el regazo y empezó a comer con parsimonia, se diría que reflexionaba cada cucharada, concentrándose en el magisterio de las papilas gustativas, demorando cada bocado en un desleírse voluptuoso por toda la cavidad de la boca (incluso por las comisuras que ya le estaban dejando bigotitos y huellas de cacao) disfrutando del eco final de los sabores, lamiendo con devoción la cucharilla. Entretenida en esos gozos le sorprendió la música. Una guitarra española cantaba algo cercano, ese eterno deje de pena rasgada y de hora solitaria. No parecía obedecer a los límites de una canción determinada, más bien parecía que había arrancado a hablar un soliloquio eterno, que empezaba y se paraba a capricho, quizás porque las manos mediadoras tenían que ir a resolver otros asuntos.

Rosalía se encaramó al murete buscando el apoyo de varias piedras. Hacia la izquierda, en la esquina con el callejón sin salida, debajo de la gran morera, había un chaval tocando la guitarra. Por el bulto le pareció que no tendría más de quince años. No conseguía distinguir bien su cara, un tanto inclinada sobre el instrumento, pero estaba segura de que no era el hijo de nadie de por allí. Luego pensó que ya hacía un par de años que no vivía en casa de sus padres y que quizás había vecinos nuevos de los que nada sabía. Rosalía era, por lo común, poco comunicativa. Casi nunca tomaba la iniciativa en una conversación. Por eso se sorprendió a sí misma calzándose las sandalias y yendo, con lo que quedaba del tiramisú, a sentarse junto al chico. Avanzaba hacia él que seguía concentrado en las cuerdas del instrumento. Se dio cuenta de que no se había equivocado, era muy joven, puede que ni tuviese quince años. También se dio cuenta, pero vagamente, de que era increíblemente guapo. No le saludó. Simplemente se sentó a su lado, las piernas dobladas encima del banco, a la manera de los indios, y siguió comiendo el pastel, con el mismo lento deleite. Por un lado le parecía adecuado ofrecerle al muchacho, pero no quería que las palabras, las cortesías, interrumpieran la música. Así que el tiempo estaba hecho de azúcar cremosa y deliciosamente acentuada con café y cacao amargo y notas que olían a azahar y un animal vibrante que se desperezaba a su lado. En un momento cazó un generoso trozo de tarta con la cucharilla. Iba a llevárselo a los labios cuando sintió la poderosa mirada de él, así que giró la cabeza. El chico tenía dos vidas, la de las manos, ligera, y la de unos ojos profundos, oscuros y densos, que la miraban de una manera indescifrable pero en los que supo reconocer un toque de guasa. Era difícil sustraerse a esa mirada que desde luego no era la de un crío. El chico abrió la boca. El gesto era tan macho, tan abiertamente provocativo y a la vez tan entregado, tan deseante y expectante que ella le metió la cucharilla con el bocado. Fue algo terriblemente sexual. Y aún quedaba un poco de dulce en el plato. Pero Rosalía sintió un vértigo, una confusión tan honda como si la hubieran zarandeado en medio de un plácido sueño. Se levantó y se fue. El plato de postre se quedó allí, como una prenda o un olvido. Mientras caminaba hacia su casa la música seguía a su espalda y sintió como la escala de las notas se arqueaba en una pregunta, intensa, deliberadamente dura.

Abrió la portezuela del patio. Su hermano Marcos ya se había levantado de la siesta. Quizás ni la había dormido. Tenía grandes ojeras azules y un gesto cansado en la boca. Sabía que mientras ella estaba de viaje a él le habían sucedido muchas cosas. Pero venía tan turbada que esperó no tener que hablar de nada dramático o importante.
         -¿Hay café para mí? – dijo mientras se acercaba a la mesa, debajo de la gran parra.
         - Sí, he hecho la cafetera pequeña, pero no quiero repetir.

Ella fue a buscar una taza a la cocina.
         -¿A dónde has ido por la calle en bragas? – le preguntó Marcos.
         - ¿En bragas? – repitió ella, y se llevó la mano al trasero. Entonces se dio cuenta de que era verdad, no llevaba los pantalones cortos, por cierto, no tenía pantalones cortos, pero ¿dónde tenía la cabeza?- Pensaba que llevaba el biquini.- Mintió para quitarle importancia.
         - Tú eres muy pudorosa, nunca saldrías a la calle en biquini.- Observó su hermano.
         - ¿Has dormido la siesta? –se precipitó a cortar ella.
         - Me he distraído escuchando esa guitarra, toca bien.
         - Es un niño.
- ¿Un niño?

Los dos hablaban sin mirar al otro, cada uno concentrado en el fondo de su taza, dando vueltas y más vueltas con la cucharilla de plata a aquel líquido oscuro, fragante, que parecía centrifugar sus pensamientos hacia un lugar incierto, mientras que en la superficie seguían sus voces, las notas de la guitarra, la cascada del canto de los pájaros.
         -¿Un niño?- volvió a repetir Marcos.
         - Un crío. Lo he visto de lejos.

Se tomaron al fin el café. Pero seguían mirando el fondo de la taza, los posos, el charco sucio sobre la porcelana blanca. Luego Rosalía con una voz de hermana pequeña sorprendida preguntó,
         - ¿Por qué crees que damos vueltas al café si no le ponemos azúcar?

Y siguieron callados un rato más, compartiendo aquella isla de silencio, hasta que los demás despertaron.

viernes, 6 de mayo de 2011

un gato en el reflejo del cristal
lame un segundo de sol
deja un poso de sol
en tu memoria

martes, 3 de mayo de 2011

LAS CARTAS FRANCESAS_ de Peregrina al Vizconde Verdemar_

Mi querido Vizconde,

He salido a pasear con mi pequeño bolso de lunares. Es un bolso redondo, como una fruta, de asas cortas. Dentro llevo algunas cosas curiosas, entre ellas unas cuartillas en blanco y un sobre con sus señas. Ahora le escribo desde un pequeño bar, le invito a lo que quiera, yo tomaré una copa de vino blanco, frío, y ese canapé de bacalao crudo, gracias.

Me gustan las barras de los bares. Hace años viví en una pequeña ciudad portuaria, en Japón. No tenía mucho que hacer allí, era la amante de un hombre rico muy ocupado. Yo estudiaba el idioma, tomaba clases de cerámica, de caligrafía, de ikebana, y paseaba y paseaba. Un día descubrí un pequeño bar al que me aficioné. Estaba cerca del puerto, había que bajar unas escaleras para entrar y ya dentro las ventanas quedaban altas, de esas que se les dice medianeras, sólo se veían los pies de la gente yendo de un lado para otro. Por algún motivo disfrutaba sentándome en aquella barra y observando los zapatos infatigables. Como hacía frío pedía sake caliente y comida, tenían platos sabrosos, variados, caseros, muy extraños para mí, los pedía señalando con el dedo, sopas, aliños de algas, tajos de pescado crudo, todo lo probaba con el mayor de los entusiasmos a vece sin saber descifrar lo que era. Y mientras bebía mi jarrita de sake a sorbos espaciados meditaba sobre todos aquellos pies por encima de mi cabeza. Casi siempre a la misma hora pasaban unos zapatos lentos, de tacón cuadrado, blancos y anchos. Yo imaginaba a la señora que los llevaba puestos, a dónde iba, y por qué había adquirido ese paso tan lento, y también pensaba en qué le aguardaba a la hora de descalzarse, qué hogar, qué habitación donde descansar de su andadura por la vida tumultuosa de la calle. Todos aquellos pies me hacían pensar en los caminos invisibles que vamos trazando, paso a paso, y que constituyen el verdadero mapa de viaje de nuestra existencia. Llevaba conmigo un cuaderno, como llevo ahora este, allí hablaba mis cosas, porque no tenía a nadie más con quien hablar. Pero una tarde también empecé a dibujar. Dibujaba esos zapatos, los copiaba, y luego también los inventaba, nuevas formas para abrigar los pies. Compré una caja de colores, los pintaba, estampaba flores, los señalaba con una flecha y al lado indicaba el material con el que había que fabricarlos. Así inventé varios zapatos vegetales, recuerdo unos hechos de corteza, liquen y musgo. Supongo que cumplí la vieja fantasía de todo árbol, tener unas raíces móviles.

Había un hombre joven que también iba a esa cantina. Llegaba después que yo. Traía un maletín gigante, color ciruela. También bebía sake. No se sentaba en la barra, prefería ocupar una mesa, enfrente, debajo de las altas ventanas. Cuando yo me ensimismaba en el cuaderno él me miraba las piernas.

En aquel lugar me sentía como en casa. Me gustaba especialmente cuando llovía. Los zapatos entonces corrían, a pequeños saltos de pájaro los de las mujeres, era divertido, yo me reía, sola, creo que bebía bastante todas aquellas noches. Un día el hombre de la cartera color ciruela se sentó en la barra, a mi lado, y pidió la misma comida que yo. Me preguntó algo en inglés. Yo intenté contestarle en japonés, pero no había aprendido lo suficiente, creo que dije algo horrible. En cualquier caso descubrimos que nos gustaba más compartir el silencio. Es curioso como se puede llegar a recordar con tanta intensidad el silencio que has compartido con alguien.

Fueron unos meses extraños. No me encontraba mal allí. Me encantaban las clases, el barro, mancharme los dedos de tinta, los paseos inagotables, el mar del Japón, y aquel bar. Era una encrucijada rara, un balancín, lo mismo podía ir hacia un lugar que hacia otro. No tenía planes, no quería nada, y si quería no sabía el qué.

Los fines de semana se los dedicaba a mi amante. Me llevaba a los balnearios de la zona, a los refugios de la nieve alta, a las posadas donde habían pernoctado los maestros peregrinos de la vía del haikú. Eran viajes apasionados, recuerdo con precisión todos aquellos hoteles y albergues, sus farolillos, su olor, aquellos futones que se desenrollaban para acoger el amor de la noche y los cuerpos. Pero por alguna razón siempre me sentía muy feliz la mañana del lunes, cuando las horas pasaban despacio y azules y caligrafiadas con delicadeza hasta que llegaba ese momento en que yo me anclaba, otra vez, a la barra del pequeño bar, señalaba con el dedo una marmita de comida, abría mi cuaderno de arroz.

Un día, a punto de entrar en el bar, se me enganchó el tacón de los zapatos en una rejilla y se rompió. Quedé coja. Me había retrasado no me acuerdo por qué. Avancé hacia una de las ventanas. Desde la calle se las veía a ras del suelo, zócalos de vidrio. Me incliné y vi al hombre joven de la cartera color ciruela acodado en la barra, al lado del sitio que ya era mío. Llevaba un traje color castaño. Era un hombre muy guapo. En aquel momento tenía una sonrisa fija, ensimismada, en los labios.

Me fui cojeando. Hice mi maleta. Tenía que tomar un tren de tres horas para llegar a Tokio. En aquellas horas de ir de un lugar para otro no encontré una zapatería, creo que no quise encontrarla. Me fui de Japón cojeando.

Una amiga francesa cotilleó mis dibujos de zapatos, dijo que eran buenos diseños, y lió a su empresa para que fabricaran una línea con mis ideas. A mí todo aquello me daba mucha risa, y a veces, mientras escribía con el dedo sobre los cristales empañados de París me decía que, después de todo, aquellos meses de mi vida no habían sido del todo improductivos.

¿Otro vino blanco, Vizconde?

Su Peregrina.

lunes, 2 de mayo de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_ la noche de emma

         Emma escuchó al perro. Le pareció que ladraba muy lejos, había como capas de niebla y algodón entre ellos. Después le pareció que aquel estertor quizás era alguien con mucha tos que se estaba muriendo, su abuelo le sonrió, Sultán ladró dentro de su oído y arañó la puerta, ella fue a abrirla, se despertó. Su marido dormía tranquilamente, boca arriba; un suave ronquido acompañaba la curva de su pecho, arriba y abajo. El perro seguía ladrando en algún punto de la calle. No era un perro del barrio, de eso estaba segura. Se acercó a la ventana. El farolillo que dejaban encendido en el patio iluminaba el gran magnolio y las flores, como de nata de novia, que se habían abierto hacía poco. Se puso la bata japonesa y bajó, con mucho sigilo, las escaleras. En el salón la televisión seguía encendida, muda. Las imágenes se sucedían como el parpadeo de un ojo alucinado. Vio a su hijo Marcos estirado en el sofá, dormido. Le habían preparado su habitación de niño, pero por alguna razón no había querido subir, quizás, a pesar de haber dejado su propia casa, se resistía a volver a la de sus padres. Incluso había relegado su mochila roja al rincón más oscuro del recibidor.
Al regresar a última hora de la tarde se lo habían encontrado en el patio. Había entrado colándose por lo de los vecinos, como cuando era adolescente. Hacía tiempo que ninguno de sus hijos dormía en casa. Ahora era el turno de los nietos, las siestas, las semanas de vacaciones que pasaban con los abuelos mientras los jóvenes padres revivían en soledad su pasión de parejas. Desde la cocina encendieron las luces del patio y entonces vieron a Marcos, debajo del emparrado, jugando con una muñeca. Pidió café, habló de unos pájaros que había visto beber en el capó del SEAT de los Esnaola, y después dijo que él y Valeria se iban a separar. Lo dijo con ligereza, con aquella manera que tenía de decir las cosas, como si no tuvieran importancia, me voy a la India, dejo de estudiar ingeniería, estoy viviendo con una chica, el viernes me operan de un quiste, dicen que es benigno, voy a ser padre, me separo. Todo venía dicho con ese aire de pequeña broma. Apagó la televisión y miró a su hijo, su cara, el gesto ceñudo que la ensombrecía, sus dedos crispados sobre algo, la muñeca, y entonces se dio cuenta de que era Macedonia, la muñeca de la hija de Marcos.

Otra vez el perro, mordiendo el silencio, esta vez más cerca. Se asomó a la ventana del recibidor. Las farolas iluminaban con su lluvia de haces anaranjados charcos de luz, vacíos. Abrió la puerta de casa. Salió a la calle en zapatillas. Nunca lo había hecho, su abuelo decía que salir a la calle en zapatillas es cosa de paletos. Le parecía que esa noche había soñado con su abuelo y con su gran danés, Sultán. Cuando era pequeña venían a visitar a los abuelos a esta casa, y ella jugaba con Sultán en el patio y aprendía de su abuela cómo cuidar las flores. Entonces la casa sólo tenía una planta y casi todo el terreno de afuera se utilizaba para huerto. Sólo una pequeña parcela para cultivar la gran pasión de su abuela, las rosas.
Paseó la calle arriba y abajo, el aire estaba fresco del verdor de los jardines. Una gran rosa se abría, delante de ella, de un color rosa encarnado, como un corazón demasiado exuberante para no tomarlo entre las manos. Cortó el tallo con delicadeza y mentalmente pidió perdón al rosal y a la señora Seoane, a quien se la estaba robando. Cuando era joven llevaba flores en el pelo. Enterró la cara en los suaves pétalos. ¿Dónde estaban todas aquellas horas que ella pasaba a solas, a escondidas, viviendo sus gestos íntimos, sus cafés solitarios, sus vagabundeos, su diario de muchacha, esos minutos lentos que se llenaban con sus sueños, sus ganas que la empujaban libre por la ciudad? Una sombra caliente la rozó. Abrió los ojos. El perro la miraba, las orejas gachas, el cuerpo preparado por si tenía que salir corriendo. Ella le habló con palabras amables. Pronto el animal se dejó acariciar. Llevaba un collar donde se leía Rita y un número de teléfono. Emma le abrió las puertas del patio. Se sentaron las tres, ella, la perra y la flor, al lado de la fuente. Rita bebía a grandes lengüetazos. La luna seguía creciendo allí arriba. El cuerpo de la rosa desbordaba las manos de Emma. Un pájaro cantó sobre sus cabezas. Rita levantó las orejas y Emma le tranquilizó. Es un ruiseñor, le dijo. Y siguieron juntas escuchando el fluido de la noche.

miércoles, 27 de abril de 2011

Recuerdo con los ojos de Matisse

Toda esa tierra es naranja, seca, deja los pies llenos de polvo, la garganta dolorida de sed. Las montañas, peladas, están oradadas con bocas, negras, cuevas donde duerme su sueño el vino, bodegas, húmedas criptas con pelo. Hay una escalera para ascender la montaña, la barandilla roñosa, oxidada, temblona. Al final de las escaleras han aplanado la tierra, la han violentado con cemento y ladrillo, una terraza, para ver, ¿qué?
Me veo allí, los pantalones cortos, las rodillas despellejadas, heridas, costras duras, como las conchas de los caracoles, enfermos, que ascienden lentos por la pared. La pared imposible que contiene la montaña, que la detiene, para que no caiga sobre mi cabeza. Oh, sobre mi cabeza sigue la montaña, el cielo es con hierbas, matojos que huelen áspero, y almendros, un mundo vertical y duro y gris y viejo, también sabe a polvo, sus frutos, encerrados, avaros.
El silencio es ciego de luz, una bofetada de sol y de siesta, y tiene un corazón horrible, sostenido, ese grito de la chicharra que duele tanto. Yo me derrito de silencio y calor, mis manos sudor, mi rostro una masa, también naranja y arenosa, como la carne de la montaña. La estela de un avión, rasgando cielos, las rallas de mi camisa, azules, y una pequeña brisa que apenas mueve las hierbas altas sobre mi cabeza, para no morir.

martes, 26 de abril de 2011

LAS CARTAS FRANCESAS_ del Vizconde Verdemar a Peregrina


         Mi querida Peregrina:
seguimos hospedados en la Posada del Almirante Blake. Abril deja sembradas las cunetas de los caminos de unas diminutas flores azules que se abren como estrellas.  En nuestros paseos deliciosos me gustaría recoger todas esas estrellitas azules y enredarlas en la cabellera dorada y rojiza de Louise, como si fuesen una constelación sobre un cielo hilado con hilos de oro y fuego. Sin embargo me pone triste la imagen de verlas caer marchitas de su magnífica cabeza. Qué bello sería, por ejemplo, que esas pequeñas flores pudiesen seguir alimentándose del fértil mantillo de las ideas de Louise. Si la energía de su pensamiento corriese como una sutil energía eléctrica por las largas raíces exteriores de sus mechones, capaz de imbricarse a los tallos cortados y restaurando así el ciclo de la vida, estoy seguro de que esas flores silvestres seguirían lozanas todo el día y hasta sobrevivirían más allá del verano y las estaciones más crudas, cuando las heladas del inverno lo arrasan todo. ¡Oh, qué energía la de esta mujer, qué imaginación, qué curiosidad de ardilla! Por supuesto seguimos inmersos en nuestra ocupación detectivesca. Es una especie de gimnasia de la observación y la osadía que nos mantiene divertidos, quizás un poco disparatados en mi opinión. Pero me pliego con gusto a los entusiasmos de Louise. Supongo que porque ella es muy joven y temo que, de no acompañarla en su sentido lúdico de la existencia, acabe por verme como un hombre encantador, atento e inteligente pero… quizás un poco mayor, un poco fruta pasada, aburrida de comer.

Le confieso que, en ocasiones, los años que nos separan me pesan. Es verdad que toda su juventud vibra con las mismas cuerdas, en idéntica armonía a la energía de mi corazón. Eso me hace saber de mi frescura: estoy lleno de mareas y alegrías como las aguas fuertes de la tierra. Pero los espejos, a veces, me dan miedo. Sobre todo en la madrugada, cuando, indefenso, me los topo en una excursión al baño o en un paseo insomne por una habitación en penumbra, y entonces, de imprevisto, su luna, esa luz que de fantasmagórica es demasiado cruda. En estos últimos meses he tenido un par de encontronazos así con los espejos. Primero me he asustado, ¿quién es ese desconocido?, ¿quizás un enemigo, he de ponerme en guardia? Y al levantar las manos para parar un posible golpe, me doy cuenta de que el otro levanta las manos idénticas, con el mismo terror. Y este gesto abre la certeza de la duda: ese desconocido soy yo. Sin embargo no despeja las anteriores preguntas, ¿quién es, enemigo, he de salvaguardarme de él? Porque también ese reflejo encontrado no soy yo. A veces sospecho que es La Muerte disfrazada de mí. Se pone el traje de mi cuerpo, para ver que tal le sienta, como si ya le estuviera tomando las medidas. Ella disfruta su pequeño carnaval a costa mía, se enmascara de mí y luego se esconde en los espejos nocturnos, para asustarme. Y lo peor es que lo consigue.

Usted dirá que todavía soy demasiado joven para toda esta sarta de consideraciones, y tiene razón. No crea que estoy deprimido o incubando una enfermedad. Ahora mismo el sol brilla sobre mi cabeza con todo el júbilo y la fragancia de la primavera, y es quizás, debido a esta fuerza de vida que me ampara, que le puedo confesar mis zonas sombrías. Estoy sentado en la terraza del Café Viena, el más elegante del pueblo. Me regalo con un aperitivo mientras leo los periódicos, contesto a la correspondencia y cotilleo en los ires y venires de las gentes por el bulevar y la plaza. Todo este placer no es sino una tapadera para cumplir una misión que Louise me ha encomendado: tengo que registrar los rostros y averiguar después los nombres de todas las personas que se sienten a hablar con la Mujer del rostro azul (¿se acuerda de la misteriosa patrona de nuestra posada?) Parece que los domingos –hoy es domingo- hace toda su vida social en este Café, y por lo que sabemos ella no es muy popular ni bien recibida entre los paisanos, así que queremos averiguar quienes son los que se sienten obligados a demostrar, en este altar público, sus buenos modales y su deferencia para con ella. Esta importante misión la ejecuto en solitario ya que Louise se halla en otra, de la que solo conozco la tapadera: tomar una sauna y un masaje en los baños del Gran Hotel Miramar, en Chantiny,  a veinte kilómetros de nuestro refugio. Una excursión, higiénica en apariencia, para la que tomó un cabriolé muy temprano esta mañana. A la noche, delante de una buena cena,  intercambiaremos confidencias.

Entre tanto ha sido un placer este vermut en su compañía, mi querida Peregrina, y brindo otra vez –mi vaso saluda al cielo- por la amistad y porque tenga usted salud y dicha.

Su amigo,
 Vizconde Verdemar

jueves, 21 de abril de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_LA MOCHILA DE LOS QUINCE AÑOS

El día era tan ventoso que cuando pasó por el bar “La Alegría” vio que las macetas con setos de ornamentación estaban volcadas por la acera. Marcos apretó el paso y se metió por la callejuela de las casas bajas, la calle más bonita del mundo en su opinión, donde aún le seguía llegando alguna carta a pesar de que hacía muchos años que ya no vivía allí. Llamó al timbre y escuchó como por adentro de la casa resonaba el campanilleo. Nunca podía dejar de acordarse de su amigo Fernando, la primera vez que vino a merendar y a hacer los deberes una tarde de los siete años; cada vez que sonaban las campanillas de la puerta levantaba la cabeza extasiado.
- En mi casa – se justificó Fernando - el timbre suena feo, una especie de zumbido que taladra los tímpanos, supongo que eso contribuye a que las visitas de mi tía, la muy pesada, me resulten tan insoportables. Yo no sabía que el timbre de una casa podía sonar así de bonito.
- Eso es porque en esta casa viven hadas. Cuando hay hadas, las casas hablan así – le contestó enigmáticamente Marcos.
Fernando entendió lo de las hadas cuando, a la hora del pan con chocolate en el patio, conoció a las tres hermanas de su amigo. Desde ese momento ya no necesitó el estímulo de las campanillas para levantar la cabeza ni para lucir una mirada embelesada.
- ¿Qué será de Fernando? – se preguntó Marcos, volvió apretar el timbre, y mientras esperaba a que alguien abriera rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar el móvil. Tenía ganas de hablar con alguien. Quizás Fer estaba por el barrio y le apetecía quedar a tomar unas cañas. Cuando abrió la tapa del teléfono se dio cuenta de que se había quedado sin batería.

Los minutos pasaron y nadie acudió a la puerta. Marcos tenía la esperanza de que su madre estuviera en casa, trasteando en el patio con sus transplantes de primavera. Como siempre había extraviado las llaves en algún cajón de su lado de la cómoda, y quizás, cuando recogió la ropa, ni se acordó que tenía un juego “por si acaso”. Marcos era muy despistado, y parece que esa era una de las muchas razones que habían acabado por aburrir a su esposa. Se echó a la espalda la pesada mochila roja, la misma que llevaba con quince años a las excursiones y campamentos de verano. Lo más fácil sería entrar por el patio. Así que tuvo que rodear la calle y meterse por el callejón sin salida. Allí se subió al techo del coche de los Esnaola, que desde milenios descansaba allí su sueño sin motor. Aquel SEAT 1500 color banana era una institución en el barrio. Cuando dejó de transportar a la familia Esnaola se convirtió en una prolongación de la habitación de los juegos de todos los críos de por allí. En el SEAT se vivían fogosas persecuciones estáticas de ladrones, se reunían los más crueles espías, se fumaban los primeros cigarrillos robados y después los primeros canutos, y más tarde lo que se robaban era besos, caricias, citas a las cuatro de la madrugada de algún melancólico verano… Luego la señora Esnaola acabó con todo aquello por falta de espacio, convirtiendo aquel coche en un auto trastero donde acumulaba las mantas de invierno que nunca usaría y los numerosos botes de melocotón en almíbar que se obstinaba en producir a finales del verano, y otro sin fin de chucherías, según ella, dignas de conservar. Ahora la Señora Esnaola tenía alzheimer. Se lo habían diagnosticado siendo aún muy joven, con apenas cincuenta años. Su marido había tirado todas las cosas que se apolillaban en el coche, pero por alguna razón, no había podido desprenderse de él. Entonces buscó una excusa, una excentricidad, y transformó el interior del coche en un pequeño museo. Lo limpió, lo retapizó con una tela impermeable, y ordenó en su interior una serie de casitas para pájaros que él mismo se dedicaba a construir. Las ventanillas estaban bajadas, y en muchas ocasiones algunos pequeños pájaros decidían hacer su nidada dentro del coche. En el abierto capó el señor Esnaola colocaba una bañerita de bebé a la que cambiaba el agua cada día, así pues Marcos no se sorprendió de ver, parados allí, en trinado coloquio, un selecto círculo de verderones y zorzales.


Una vez arriba del coche tomó impulso, saltó y se quedó colgando del murete encalado. Pasó las piernas y se dejó caer dentro del patio de los vecinos. Lo encontró desmejorado, monótono, solo plantas de hoja verde oscura, anchas, un poco aburridas, pensó él, nada que ver con la profusión de colores y aromas que cultivaban su madre y hermanas. El gran Laurel lo estaba esperando. Se encaramó a sus ramas, trepó, y volvió a sentir el corazón ligero de sus años más jóvenes, cuando regresaba por las noches un poco alucinado y como siempre olvidadizo de las llaves. Se descolgó por las perfumadas ramas que ya tocaban el patio de sus padres, cuidando de no aplastar el macizo de gladiolos, espléndidamente abiertos y erguidos, como espadas con volantes.


Llevaría diez minutos sentado debajo de la gran parra cuando sintió algo silencioso que pasaba en su pecho. Tenía la forma de unos pasitos menudos, y era contradictorio, porque le hacía sentir bien y mal al mismo tiempo. Respiraba el patio, su silencio, su belleza tranquila agitada por los murmullos del viento, esos ruiditos vegetales de las hojas, las cascarillas que se arremolinaban en las esquinas del patio… se llenaba poco a poco de todo aquello, de aquel encanto detenido, mágico, algo que tenía que ver no sólo con las horas de la infancia jugadas allí, con las confidencias hiladas en las noches claras junto a sus hermanos, sus novias, su esposa. El patio le pareció un ser, alguien lleno de una energía buena, algo hecho de cosas duras, el suelo, la mesa, la fuente, las macetas, todas aquellas fisonomías no humanas y que sin embargo le hacían sentir como adentro de un abrazo. Y se acordó de ese juego del pilla pilla, en que uno toca un sitio convenido y grita “casa”, y ya nadie le puede hacer daño. Y de pronto supo que estaba muy cansado, muy cansado, no sabía dónde había estado corriendo todos esos años, ni por qué. Se sentó al lado de un cesto de mimbre donde se metían los juguetes de los niños. Metió las manos y enredó entre pelotas, cochecitos, marionetas de dedos, muñecos de cuerda para el agua, peluches, canicas, dinosaurios de plástico y de pronto se encontró con una muñeca de su hija. La llamaba Macedonia, porque en el momento en que se la regalaron ella había descubierto la macedonia de frutas de la abuela y la exigía para merendar todos los días. Macedonia estaba bastante despeinada y había perdido un zapato. Marcos sacó de dentro de la mochila una bolsa del supermercado que había improvisado como neceser, buscó su peine, y con mucha paciencia se puso a desenredar aquella melena de un color parecido a su propio pelo, aunque a él, reconoció, si le diesen aquellos tirones, lloraría.

miércoles, 20 de abril de 2011

DEL CUADERNO DE ABRIL


… hay ramas en el pensamiento
tallos de los que penden, pendolean,
frutos exóticos, vainas, nidos, panales…

por ejemplo, palabras ciruela, con su jugo dulce y verde
que se madura pronto.
Hay que aprovechar las palabras ciruela, decirlas pronto,
gritarlas desde el balcón,
regalarlas en las terrazas de los bares, en las esquinas
junto a las gitanas que venden rosas,

o bien hacer compotas de poemas, melazas
de relatos.

Es una pena cuando esas frutas
se echan a perder.


***


…voy vagabundeando por la página,
me paro, bebo té, -que se ha quedado frío-
descanso en la orilla, en la cuneta
de la frase, y dibujo flores, soles con un corazón en espiral, caracoles
con gafas graduadas…

luego, poquito a poco, prosigo, y no porque tenga algo que decir
sino por el placer
de este vagabundear página abajo,
descendiendo semillas de canto, esparciéndome
en palabras esenciales, y esperando
que los pájaros vengan a comer.

Mientras, invento una sombra de frases altas y frondosas,
Tallos altísimos de palabras jugosas, sibilantes, amorescentes…
y también una palabra charco, para meter los pies.

Espero a mi amigo el petirrojo,
cierro los ojos,
cierro el azul de los ojos tintos
hasta sentir su pequeño temblor, de pluma, en mi mano

viernes, 15 de abril de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_amapolas

Miriam tenía frío. Aún así se puso la chaqueta gruesa y vieja de su padre y salió al patio. Su pequeño hijo, Darío, estaba echándose la siesta en la cama de arriba, en la que había sido su habitación de niña. Allí habían dormido las tres hermanas y aún quedaban algunas huellas, la colección de conchas de Rosalía, la reproducción de la foto del beso de Doisneau, algún pijama que nadie se ponía en el fondo de un cajón y muchos pañuelos de batista, bien doblados y planchados, donde aparecían sus nombres bordados en alegres colores junto a mariposas, flores y mariquitas, el regalo invariable de cada primavera de la pobre tía Almudena, que ya murió.

Darío dormía con los brazos abiertos y los puños cerrados su sueño confiado de tres años. Y ella se aburría allí arriba, intentando también dormir porque llevaba desvelada varias noches y se sentía profundamente cansada e irritada. Su madre había insistido en que tomara, junto al postre de bizcocho de manzana, una infusión de valeriana y tila. Habían ido juntas al cuartito de las hierbas, donde su madre, como si fuese el taller de una pequeña bruja, tenía puestas a secar ramilletes de plantas que ella misma recogía en sus excursiones por el campo.

- ¿Por qué no te vienes con nosotros el sábado? – Le había sugerido su madre, mientras arrancaba con delicadeza las flores secas del tilo - Iremos hasta el monasterio de Santa Bárbara, la explanada ya estará alfombrada de amapolas, tráete la cámara, te divertirás.

Ahora, en el patio, mientras pasaba la mano por el verde fresco de los helechos, no podía quitarse de la cabeza el prado de las amapolas.

- Cuando me case, - había anunciado una primavera de sus quince años – quiero hacerlo en la entrada de la ermita de Santa Bárbara, será justo al alba, y todos nos mancharemos los bajos de los vestidos de rocío, y será como casarse sobre una lluvia invertida. Comeremos encima del tejado del monasterio, sobre las tejas rojas y al amparo de las copas de las encinas, que ya estarán tan esponjosas como nubes verdes. Desde el tejado veremos toda la falda de la montaña, como va cayendo en pequeñas terrazas de trigo, y los valles y las casas y las otras montañas tan lejanas y el humo de la gente de arriba, que todavía estará viviendo el final del invierno. Luego, yo y mi desposado os despediremos, bajaréis por la ladera de atrás, cantando las canciones más bonitas. Y yo pasaré mi tarde de bodas en la explanada, en el lecho de las amapolas, una larguísima tarde de amor, rodaremos y rodaremos como olas de amor por la marea verde y roja, aplastaremos todas las flores, las haremos sudar, me contagiaré de su terciopelo efímero y del oscuro botón de su misterio, y cuando venga la luna, la pradera estará destrozada de amor, como si hubiésemos sido gigantes que necesitasen toda esa sangre, todos esos pequeños corazones y corolas, para ascender la escalera de nuestro placer, pues estoy segura que mi placer será altísimo.

Sus hermanas la escuchaban embelesadas, Miriam era la mayor y tenía una singular autoridad sobre todos los miembros de la casa. Su padre le llamaba La Pitia, ¿dónde está mi Pitia?, preguntaba al volver a casa, y también, Señorita Pitia, debería adornarse la cabellera de pámpanos y cascabeles, ceñirse la cintura con rosas y laureles y llevar una pequeñísima mandrágora escondida en el puño izquierdo, aunque insista en llevar vaqueros, no descuide sus atuendos de nigromántica.

Otra primavera, cuando volvían de una de las excursiones deliciosas al prado, Miriam, entre sus amodorradas hermanas, declaró en el asiento de atrás,

- Cuando muera, quiero que me enterréis en la pradera de las amapolas. Sé que tendré que morir en primavera, pues no creo que podría descansar en otro lugar. Tendréis que ser proscritos, criminales, cavar una fosa sin que nadie lo sepa, en el medio del prado, sí, en el medio, para poder recibir todo el sol y toda la luna, toda la lluvia y los pequeños pasos de otras niñas que vendrán a corretear y a reír por allí. No quiero ataúd, ni caja, ni tan siquiera una sábana de lino. Sólo querría llevar mi vestido rojo, sin bragas, sin zapatos. Sólo mi vestido rojo. Ya sé que he crecido y no me cabe, pero cuando muera, veréis, volveré a entrar allí, en mi pequeño reino rojo.

Tenía diecisiete años, y curiosamente, a partir de esa petición, volvió muy pocas veces al prado.

Se arrebujó en la áspera chaqueta de su padre, olía a tabaco y al perfume de su madre. Metió las manos en los bolsillos y encontró un cigarrillo de los que liaba su padre por la noche, para fumárselos durante el día. Solo cuatro, se había prescrito él mismo, moderadamente. Miriam lo encendió, Uno no deja de robarles nunca cosas a los padres, pensó. Se sentó entre las hortensias, todo a su alrededor sesteaba, hasta la brisa parecía el débil ronquido de un niño viento mofletudo, ahíto de vida. ¿Por qué no se había casado en la ermita de Santa Bárbara?, ¿por qué no había tenido una tarde de bodas, íntima y solar? A veces le parecía que había dejado olvidado un objeto precioso en aquel patio, un objeto precioso que era la cascarilla, la concha mudada de su alma. Miriam no entendía por qué para crecer se había tenido que llevar tan terriblemente la contraria.

- Quizás aún lo remedie, -se dijo, y apagó el cigarrillo contra la cal del muro.

Al amparo del silencio y del lento viaje del sol por el cielo, se sentía una hija pródiga, de incógnito, lejana y aún por los caminos de los ladrones y los salteadores, una hija desconocida, y sintió la añoranza del patio interior perdido.

Un destello en los cristales de arriba le hizo alzar la cabeza. Se vio de pronto, rubita y regordeta, las manos pegadas al cristal, mirándose. Y comprendió de una manera luciérnaga, como si hubiese brillado un instante un pensamiento lucerito a la orilla del gran río del pensamiento continuo, que tendría que hacerse madre de sí misma para recibir a la Miriam que se había extraviado en el camino de ser y hacer la vida. La niña de arriba le sonrió y sólo entonces se dio cuenta de que su hijo Darío se había despertado y seguramente querría la merienda.

miércoles, 13 de abril de 2011

cerca de tu sueño
he dejado una cajita de almendras
por si almendrabas el hueco
de tu hambre


mi nombre
llave


cerca de la ribera de tu sueño
donde aún hay huellas del pájaro
que no existe
te embebiste
de mi sed


tu soledad
llave

jueves, 7 de abril de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_Cae la lluvia blanca

El patio de la casa era sombrío. Cuando el abuelo, muy joven, compró el terreno, construyó una pérgola de delicados alambres que iban de la pared de la casa hasta el murete, y allí hizo retoñar y trepar una parra de uvas blancas y dulces. La vid, vigorosa, con su silencio vegetal, durante aquellos años había crecido como un techo verde sobre las cabezas de la familia, que en las tardes se sentaban a merendar y a charlar sobre las cosas del día. La fruta era buena, y aunque las abejas y los pajarillos hacían también allí su merienda, aún quedaba para en las tardes tempranas del otoño estirarse a recoger algún racimo, que en la familia se les llamaba los pendientes de la abuela, y colocarlo en el centro de la mesa, junto a un queso y a un porrón de vino joven y fresco. Uvas con queso saben a beso, esta era un dicho que les encantaba repetirse unos a otros, y aprovechaban a dar un bocado y besarse a la vez.

En el patio, largo y asimétrico, la abuela había comenzado una tradición de macetas y jardineras que también trepaban por el muro encalado. Las mujeres de la casa eran enamoradas de las flores, y ahora que la primavera despuntaba Rosalía, la más joven, tenía las manos sucias de tierra mientras plantaba unos bulbos de jacinto blancos, azules y de color fresa.  Trajinaba cerca de la pequeña fuente con pilón donde Darío, uno de sus sobrinos pequeños, había dejado flotando sus juguetes de peces y submarinistas. Rosalía tomó a la muñeca nadadora. Llevaba bikini a rayas blancas y rojas,  unas gafas de buceo con tubo, y en los pies unas aletas verdes fosforito. Dio cuerda a la muñeca y la echó a nadar al pilón. Sus brazos y sus piernas de plástico se movían veloces. Rosalía, soñadora, seguía los avances de la muñeca y se imaginaba ella también braceando en aguas esmeraldas, dando largas y elásticas batidas al agua, avanzando por el placer de avanzar, por la voluptuosidad de sentir el cuerpo libre y desplegado y salvaje y vivo y poderoso. Si este verano conseguía volver a la isla quizás sólo haría eso: buscar la cala más solitaria, sumergirse en agua fría y dejarse abrazar por todo el mar. Necesito cansarme, -se dijo Rosalía- necesito caer rendida por las noches, borracha de vida, borracha de mi propio agotamiento. Rosalía era un ser sedentario, amiga de ensimismarse en sus pensamientos, de contemplar con detenimiento el movimiento de las cosas más lentas, los caracoles, la danza de las hojas cuando las cimbrea el viento, la lentísima marcha de la grieta en la pared. Sin embargo, cada cierto tiempo, necesitaba con avidez sentir los límites de su propia resistencia. Ella decía que en los meses fríos era más una persona planta, con una psique absolutamente misteriosa hasta para ella misma. Pero en los meses cálidos se convertía en persona animal, y el cuerpo reclamaba un espacio y una presencia que a veces se volvía dolorosa, de tan presente. Rosalía se olió las manos negras y húmedas. La primavera también le despertaba estas pulsiones, olerlo todo, como un perro, y a veces envidiaba al pequeño Darío, que aún tenía permiso para llevarse cualquier cosa a la boca y lamerla. Se acordó cuando de pequeña ella comía tierra, cuando chupaba los carbones de la estufa, cuando lamía los hierros del balcón.

Sin mediar aviso un fuerte viento hizo temblar la tarde. En el patio empezó a caer una lluvia blanca, aterciopelada y fragante. El árbol del patio vecino se estaba desflorando sobre la cabeza de Rosalía. Su hermana salió de la cocina con el niño en brazos, y al ver la cabellera de Rosalía nimbada de pétalos rió y le dijo, con una voz que recordaba a un pájaro, Pareces una novia. En ese momento el reloj de la iglesia dio una hora entera y llena de bronce.

miércoles, 30 de marzo de 2011

de nácar,
las paredes bivalvas de las manos, abriéndose
a la marea de silencio, cerrándose
y atrapando
pequeños silencios

de oscura paciencia
el tejido de los muchos días y las noches muchas vividos, sudados, encarnados,
una entretela espesa y con escamas
basurillas
rodando y rodando por adentro del silencio

de nácar y oscura paciencia
de la extraña matriz de la oración
nace la perla

hoy pongo la perla, la mano y el perdón.

domingo, 20 de marzo de 2011

Miranda mirando hacia Hopper vía Milán



Tengo la maleta casi resuelta. Según las predicciones del señor del tiempo me saldrá nublado. Esta noche en la Scala se estrena La Flauta Mágica, pero las entradas están agotadas. De todas formas asomaré en hocico para ver lo que es una premiere en la bella y musical Milano, quizás hasta tenga suerte y pueda conseguir una entrada en lo alto de lo alto del paraíso, ahí donde puede mi bolsillo. Mi amigo Albert me ha dicho que además la Scala alberga una enooorme tienda maravillosa y un museo que casi es un santuario de fetiches de María Callas.

Tengo la maleta casi casi resuelta. He sumado faldas y jerseys y medias, pero claro, el neceser siempre es lo más complicado. Llevo apuntes para la conferencia y Las Tentaciones de San Antonio para el avión.

Tengo la maleta casi casi casi resuelta. Llevo los zapatos peregrinos de bruja, y las botas peregrinas de andar muchos caminos. El cuaderno insaciable, los ojos limpios y el paraguas liliputiense que me regala mi amor.

Tengo la maleta casi pero no del todo. Así que me despido, y envío este pájaro con una última sonrisa.

Peregrina a la milanesa

lunes, 14 de marzo de 2011

LAS CARTAS FRANCESAS_ de Peregrina al Conde Verdemar_

Querido Conde:

Mi jornada se dispersa. Vagabundeo entre papeles y fotografías, meto las manos en la tierra de las macetas, proyectando transplantes, y me quedo estampada, como una mariposa o una niña sin edad, contra el cristal de la ventana, viendo menudear la lluvia y esas cohortes de paraguas por la calle de enfrente.

Son días silenciosos. A las paredes les ha crecido una sobre piel, una pátina de terciopelo que en los lugares más húmedos del castillo (cocinas, bodegas, salón de baño) adquieren una textura de perla vegetal y viva; algo así como manchas de musgo y líquenes bellísimos alfombran el suelo y trepan muretes. Una pelusilla de melocotón, cálida y suave, protege las paredes de la alcoba. Más que en el interior de un edificio me siento en el útero de un fruto que me estuviera gestando. Yo soy el hueso, el hueso sol central, y me voy desplazando muy lentamente, pequeñas peregrinaciones que, como ve, me llevan muy lejos, a los anchos campos de la imaginación, esa otra suerte de percepción que tienen ciertos vigías en las noches más negras.

En algunos, o en varios cíclicos periodos de nuestra travesía vital sucede eso: la noche más negra. Nos desesperamos entonces por encontrar una luz, pues no toleramos que nuestro ojo escrute lo negro. En lo negro no hay límites, no hay contornos precisos ni posibilidad de barandillas. Todo se vuelve abismo: el tiempo, el espacio, la propia sensación del cuerpo…He recibido telegramas desde distintos puntos de la comarca con el mismo mensaje: son  pasadas las doce de la noche en muchos corazones.

Yo sigo obrando en silencio mis cartas astrales, mis panes, mis labores de aguja tatuando papeles, pieles, piélagos de papel. Todo el concierto de mis actos (el oboe de mi respiración, los metales de mis acentos, las cuerdas de mis sentidos, los timbales de mis gestos) se han vuelto una misma cosa. Desde que me levanto hasta que me acuesto. Desde la charla intrascendente hasta el sosiego de la lectura. Desde la cocción del arroz blanco hasta la espuma que jabona el plato. Desde mirarme en el espejo hasta ayudarte con las bolsas del supermercado. Todo se ha vuelto oración.

Leo y releo su carta, tan colorida y llena de sabores. Trae ese gusto de sal y de misterio que excitan el ánimo, y verdaderamente tengo muchas ganas de saber en qué parará su aventura, mi buen amigo.
Comparto, con Louise, el amor a la lencería fina, y creo que lo hubiera pasado muy lindamente en esa conversación de trastienda.

En cuanto a su pudor ante ciertas confidencias… lo respeto. No crea, no es el primer amante que siente la necesidad de hablar y callar sobre mis queridas e inexplicables hijas. Dejo en sus manos la necesidad de abrir esos cofres misteriosos que, en el fondo, sólo pueden contener sus propios tesoros, mi amigo, pues es con nuestra riqueza interior con la que miramos al mundo y su adivinanza (en este caso, hecha carne en mis hijas).

Y ahora vuelvo a mis quehaceres, muy contenta por haber pensado en usted y haber compartido este peregrino pensamiento que irá a buscarle a su posada, como un pájaro audaz.

Que lleve también, además de estas letras, un abrazo para usted y para Louise.

Su Peregrina.

domingo, 13 de marzo de 2011

noche del viernes y día sábado

Estaba todavía oscuro, con la noche apretada sobre la ciudad espesa, achaparrada de silencio y de sueño. Primero comenzó el viento, un vendaval de hojas podridas y basuritas, pequeños remolinos que juegan por los bordillos y luego se paran, atascando las alcantarillas. Todavía quedaba alguna chica con falda de vuelo saliendo de los bares nocturnos. Una llevaba una falda colorada, de ruedo amplio y cosida con godés. El viento se la infló como un globo, parecía una gran amapola deshojándose, porque las sacudidas hacían ver que se le desprendían infinitos pétalos de la falda, o también, desde lejos, desde lo alto de la empinada calle, semejaba a una medusa furiosa en los abismos de aquella plaza pública, justo en la esquina donde tomas el metro de Joanic. Sus amigos la sujetaban al suelo, pues era muy flaca y todas aquellas telas, alborotadas, amenazaban con propulsarla al oscuro y helado cielo. Mi novio ya me había contado que a veces pasaba, que en su balcón del séptimo cielo a veces, después de estas tormentas de aire, aparecen enganchadas en las macetas objetos insólitos, prendas arrancadas de algún tendedero del otro extremo de la ciudad, sombreros, paraguas destartalados, ligeras libretas de papel de arroz donde algún turista japonés estaba anotando sus impresiones, rosarios, tarjetas postales, ediciones del Gerald Tribune, servilletas de papel manchadas de grasa de calamar frito y donde alguien anotó un teléfono, billetes de lotería, hojas de berza, hojas sueltas de un manuscrito de teatro herido y deslavazado, cartas del tarot, cartones de leche, muñecos de peluche, molinetes de viento y mariposas de tul con las alas un poco destrozaditas, y también me aseguró que en un par de ocasiones había encontrado a unas señoras ancianas, extremadamente delgadas, con ese tipo de complexión deshidratada por los años y que presenta una piel casi transparente y unos huesecillos de ave; las señoras, envueltas en mantones que seguramente hacían las inesperadas funciones de un velamen izado, se habían posado unos minutos en su baranda hasta que la fuerza de una nueva ráfaga las llevó unos balcones más allá y después quién sabe dónde.

Yo llegué a casa en plena ventolera, y las plantas grandes, cabeceaban furiosas, asintiendo al discurso del aire atronador.Entre las ramas del ficus ya se había posado un sostén anónimo y perdido. Me metí en la cama y me dormí. Luego vino la lluvia, con esa gentileza de nudillos mojados, a golpear las ventanas, los cristales del inconsciente donde yo estaba en mis cocinas, soñando afanosamente. Desperté a medias saludando a la invitada que se quedó todo el día siguiente, metiéndose en cualquier resquicio que se le dejaba. En su honor me puse mi sombrero verde y mis margaritas vivas, las que viven en mi chubasquero, para que me las regara.

viernes, 11 de marzo de 2011

El Rap de Lady M_ o una noche en el teatro


Mi amiga y gran dramaturga Laura Freijo está de reestreno. En el Teatre Tantarantana (para los que viven en Barcelona cerca del Paralel, calle emblemática que en su día contó con 40 teatros salpicados en su larga geografía entre Plaza de España y las aduanas del puerto) luce en cartelera desde ayer jueves 10 de marzo, hasta el domingo 13, su inquietante y divertidísimo texto, El Rap de Lady M. Con Laura, formando equipo artístico y cocinando la puesta en escena, han estado la directora Ariadna Martí (también trapecista y mujer adorablemente pecosa, decidida a tomar riesgos y hacer dobles saltos mortales sin red) un fantástico elenco de actrices (Gran Carme, Gran Carla, y Grandes todas las demás) y actor (Gran Eduard) además de ese equipo en la sombra de grandes profesionales artísticos y técnicos, ya que este montaje maneja elementos como la música en directo y la videoproyección y tiene una voluntad de manejar la complejidad de lenguajes con finura y precisión.

El texto de Freijo es sorprendente, pues consigue un tono en el que mezcla dosis de absurdo, de salvaje crudeza, de tragedia, de carcajada y de hilaridad surrealista. Un texto contundente con grandes dosis de imaginación expresiva que reposa sobre elementos muy clásicos: la tragedia griega y los dramas históricos de Shakespeare. Nuestra astuta dramaturga despedaza y selecciona algunos referentes de esas fuentes clásicas y además insufla un hálito apocalíptico, un aire de sagrada escritura, lo que hace que el texto esté muy bien basamentado y que mantenga unos acordes de tono profundo y sombrío. Pero la melodía está pintada con una paleta de colores puros, estridentes, casi festivos, y eso es lo que hace que estemos con la risa inteligente y descacharrante buena parte de lo que dura la obra.

No es un texto fácil de cabalgar en su traducción escénica, pues desborda talento y maneja un lenguaje frontera, una especie de escatología verbal que raya en la encrucijada de los géneros. Al Rap de Lady M le va bien que le apoyen en sus excesos, en su danza macabra, en esa risa dislocada, desolada y aulladora. Me gusta mucho como la autora combina la falsa épica de un coro mutante (ahora amigo, ahora enemigo, siempre musical), el ágora pública de la tragedia griega donde todos los pecados son expuestos y exhibidos a la luz del pueblo (el juicio en programa de televisión) y donde no puede haber sombra de recato o lugar para la psicología intimista del teatro burgués, y esos momentos, pocos, que busca la soledad confesional de la protagonista. Es en el momento del monólogo insomne de Lady M, cuando el escenario queda vacío de voces y estímulos y sólo tenemos para guiarnos en la penumbra el relato atroz de sus pesadillas, cuando la fuerza de las palabras convoca al escenario a cientos y cientos de personajes ausentes. Creo que aquí el recurso es especialmente difícil y feliz, pues así como Macbeth nos hacía ver cómo todo un bosque era capaz de avanzar hacia su castillo, Lady M pone rostros y cuerpos a la pulsión más escalofriante del ser humano: la violencia cruda, el afán de destrucción sobre el otro.

Así que ahí estaba yo ayer, estrenando zapatos y tan contenta de disfrutar de ese espectáculo, esa musical patada en el culo, que desde aquí recomiendo. En el vestíbulo del teatro muchas caras conocidas y amigas (y también desconocidas. El teatro estaba lleno al 100%, un gozo). Nuestra maravillosa dramaturga, de riguroso negro y con las uñas salpìcadas de rojo, fue besada y felicitada y abrazada… y disfrutada y conversada alrededor de unas cervecitas y una insólita fuente de fresas gigantes con que nos sorprendió Caperucita Urroz.

Las fresas, un buen ágape para refrescar el paladar después de esta pieza ácida y con ese gusto a labio partido. Era algo así como comulgar un pezoncillo frutal, algo rosadamente femenino, bello y delicado. Una expresión en la materia del alma tremendamente hermosa, pura, esencial, que con voz casi transparente conforma el hilo central que atraviesa la obra.

miércoles, 9 de marzo de 2011

LAS CARTAS FRANCESAS_del Vizconde Verdemar a Peregrina

Querida amiga Peregrina:

Por supuesto nuestra excursión acabó como era de prever. Louise consiguió una prenda de lencería escandalosamente cara y extraordinariamente bonita, además de unos zapatos de montaña típicos de la zona, un par de guantes de algodón estampados con pequeños lunares rojos (que ella insiste en calificar como “adorables”) y toda clase de golosinas y chocolates, más una botella del licor local y un queso envuelto en cenizas. En cuanto a las confidencias perseguidas… no es fácil hacer chismorrear a estas gentes, bastante adustas con las “aves de paso”. Louise desplegó todos sus encantos como el magnífico pavo real que es, y, a decir verdad, la inversión en la tienda de lencería fue quizás la más cara pero la más provechosa. Resulta que la bendita e íntima prenda es una pieza totalmente artesanal, confeccionada a mano por la propia dueña del comercio, una señora entrada en años con dos rosas frescas en las mejillas y la mirada más chispeante y celeste que puedas imaginar, amiga mía. Imagino que debe de traer de cabeza a los hombres de la zona, pues es coqueta y graciosa y por el género y la finura que maneja en su comercio, se la ve una mujer llena de recursos para hacer feliz a cualquiera. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, tres comercios más tarde, en la licorería, se nos informó de que Madame Liceao, que así se llama esta encantadora mujer, fue durante muchos años novicia y después monja en un convento de clausura de la zona. De todas las maneras nos costó unos buenos veinte minutos que el natural amor de Loise por las labores finas y la sincera admiración con que alababa la combinación de puntillas, satenes, encajes y transparencias, ablandaran el carácter local de la buena señora, que finalmente se nos abrió como una piña madura, y aún nos sirvió un delicioso té en la trastienda. De los tules y ligas pasamos a hablar de barcos, otro tema favorito de Madame Liceao, en el que me sentí más cómodo y pude opinar con mayor desenvoltura. Y así, picoteando en la conversación por aquí y por allá, pudimos llegar hasta nuestra posada y la misteriosa mujer del rostro azul.

Según nos contó madame Liceao, el almirante Blake tenía unos cuarenta años corridos, ya más cercanos a los cincuenta,  cuando su fragata vino a estamparse contra estas costas. Corre la leyenda de que era un hombre terriblemente apuesto, de casi dos metros de altura, noble porte, nariz aguileña, cabello castaño dorado, rizado y abundante, ojos tan verdes como los profundos bosques bretones y huesos delicados y esbeltos.  Además de estos atributos dicen que tenía dos principales encantos: una voz bellamente timbrada, espesa y aterciopelada que ponía al servicio de una conversación ágil e inteligente, trufada por ese sentido del humor tan particular que tienen los ingleses y que por aquí no parece muy apreciado. La otra cualidad preciosa residía en sus manos, tan gráciles como dos jóvenes pájaros, y por algún motivo tan especiales que su mujer hizo que viniera un famoso artista desde París para que sacar un vaciado en bronce de las mismas. En cuanto a esta enamorada mujer, parece que estaba saliendo de la adolescencia cuando conoció al que sería su marido, moribundo y enfermo, en el lecho hospitalario de su padre, que fue el pescador que lo recogió después del naufragio. La pasión entre estos dos seres fue extraordinaria y escandalizó a todo el pueblo, a pesar de estar bendecida por los altares, y a pesar de que “el viejo halcón peregrino” del almirante plegó sus alas para siempre y decidió instalarse y abandonar su vida en el mar. Parece que a los mayores de la comunidad no les gustó que se decidiese a abrir una casa de hospedaje como negocio de sustento, ya que, tradicionalmente, las posadas eran puntos de enlaces entre contrabandistas, refugios de perseguidos y, además, estas gentes tan hoscas, quieren evitar a toda costa la presencia de foráneos en sus parajes (de hecho han pasado dos siglos y sigue siendo el único albergue para viajeros). Sin embargo, con sus modales de Lord y su voz subyugante supo ganarse poco a poco el afecto y la confianza de sus vecinos. Debieron pasar diez años y tres hijos cuando comenzaron las “apariciones”. Hombres mal encarados, algunos mutilados, otros con cicatrices espantosas en el rostro, comenzaron a merodear por el pueblo y a pedir informes del patrón de la posada. Fueron tiempos tormentosos, parece que hubo un par de crímenes que nadie pudo resolver, y el miedo y la sospecha se apoderaron de estas tierras. Comenzaron los rumores, por lo bajinis se traficaba con la idea de que el almirante había tenido un pasado de bucanero. Algunos especulaban con que era Dick The Dirty, (Dick El Sucio) un cruel pirata que sembró el horror durante dos décadas en todos los mares del mundo. Ya sabes, mi muy querido Peregrino Corazón, que a muchos de estos caballeros de fortuna la Reina de Inglaterra los indultó e incluso dio títulos y una nueva e inmaculada reputación ya que, en verdad, con sus horribles hazañas de sangre y fuego, habían prestado un servicio valioso a los enemigos de la Gran Bretaña. Y estando en este punto tan estimulante de la conversación para nuestra desgracia entraron dos ancianas señoras en busca de pololos, con lo que tuvimos que despedirnos.

Louise y yo hemos deambulado por las habitaciones de la posada buscando las manos de bronce o el retrato del almirante, ya que nuestra lencera nos aseguró que había uno muy bueno hecho por un retratista italiano, y que incluso un marchante vino hace unos años a intentar comprarlo, sin éxito. Sin embargo no hemos encontrado nada, aunque sí algunas puertas cerradas con llave. También Louise, la traviesa,  ha levantado un tapiz de la biblioteca y dice haber descubierto un cerco cuadrado,  más pálido que la pintura de la pared, algo así como la huella tumefacta de donde tuvo que estar el cuadro durante años. He de decirte que esta biblioteca te encantaría, con sus muebles de nogal perfumado y su magnífica cristalera orientada al oeste y al mar.

Como nos hemos dejado seducir por este infantil juego de detectives, sígueme mandando las cartas a esta dirección, pues creo que no nos iremos de aquí con las manos vacías y sin una buena historia.

Para descongestionarme de estas emociones y un poco como fuga y descanso en un paraíso privado, sigo visitando el libro de tu querida hija. No puedo separar sus páginas de su voz, que me acompaña en las horas silenciosas de la siesta o del insomnio de las cuatro de la madrugada. Me gustaría poder confesarte tantas cosas…, pero siento pudor de que tú, mi amiga y consejera, seas su madre, y además, esta carta ya va tan crecida como un río con el deshielo de la primavera.

Y sí, encontré suaves versos, sedosos, entre los pliegues de ese mar de papel que es el “Libro de todas las cosas”:

            Era la luna un alma de tela
            Y yo la vestía
            En la noche dulce de mi cuerpo

Te abrazo con ternura, tu amigo

Conde de Verdemar

lunes, 7 de marzo de 2011

entrando en una novela_capítulo 1, pequeña obertura de metal y animales

En una de las calles cercanas al puerto, en el número 15, hay una persiana de metal que acostumbra a  permanecer medio echada.  La persiana es un mapa de graffitis y de manchas. Los dibujos son bonitos, una fauna excesiva de escarabajos, mariquitas que en vez de puntos lucen pequeños corazones en sus alas,  saltamontes de patas desmesuradamente largas y rematadas en zapatos de tacón,  huevos de diversos tamaños con los embriones transparentados, retorcidos y el corazón rojamente latiendo, telas de araña, comadrejas con antifaz, hormigas con tutú rosa, Campanilla morreándose a la mucha lengua con una Sirenita de cabellos enredados en flores y frutos, flores y frutos vagamente carnívoros, con colmillos y digestiones de gusanos u otras especies difíciles de determinar, varios ojos con sus pestañas y sus cejas, pero sobre todo una constelación de ojetes, abiertos y al parecer celebrativos.  Por sobre toda esa maraña reinan, gracias a su tamaño, dos mariposas follando. Una de ellas es una Acherontia atropos, en negro y oro, con la calavera bellamente dibujada. Es de esta mariposa que salen, como surtidores, unos falos en espiritrompa, muchos de los cuales se insertan en la otra mariposa, tan blanca y cubierta de encajes que recuerda una virgen barroca, o un pavo real albino.  La persiana no gusta a los vecinos, sin embargo muchos turistas que se pierden en el laberinto del puerto detienen su vagabundeo y le sacan fotos.  

La pequeña mujer se divertía pestañeando con su Canon sobre aquella superficie delirante. Tomó varias fotografías generales, algunas desde la esquina de la calle, en perspectiva con las basuras, con la gente que pasaba, con la escuadra de sol dura y recortando el edificio como si la porción de luz fuese el trozo herido de una tarta. Luego se acercó e intentó, de muchas maneras, encuadrar sólo la persiana, a modo de mural autónomo, artístico y vivo en el museo de la calle. Y después se concentró aún más, en planos detalle minuciosos, cartografiando ese mundo de individuos y relaciones con pelos y pezuñas y alas, y también esas pequeñas palabras que pasaban desapercibidas, y que a veces lucían colas como de lobo, o cuernos, o vaginas. Las palabras se diseminaban  por entre los cuerpos fabulosos, quizás los inseminaban, ¿de sentido? Cuando se dio por exhausta enfundó la máquina y de su mochila sacó una guía. Las últimas páginas hacían las veces de un pequeño diccionario, pero aunque lo intentó no encontró ninguna de aquellas palabras animales.  Cerca resonaron tres campanadas, graves, lapidarias,  y el sonido la sacó de esos estudios. De pronto se sintió desconcertada, le vino como un peso enorme sus cincuenta y seis años y su soledad absurda en la calleja. Y pensó en rendirse y en marchar al hotel porque ya ese cansancio le iba a impedir disfrutar de lo que fuese, del paseo, de lo desconocido, de querer asombrarse. Así que guardó también la guía, miró que si a derecha, que si a izquierda, se decidió y se fue. Pero doblada la esquina le vino  un impulso y volvió para atrás. Miró sus manos, tan pequeñas, tan finas. Su amante a menudo las comparaba con pequeños pájaros. Hacía tiempo que le costaba mantenerlas abiertas, sin querer, se acaracolaban buscando hacerse puño. Están cansadas, se decía ella, se están recogiendo como para morir. Y cerraba la tapa del piano. Pequeños pájaros que ya no se posan en las ramas del sonido, le hablaba a su amante, en su cabeza. Y dejó que su mano izquierda se cerrara, la levantó y llamó a la persiana. Primero dio tres repiqueteos y esperó. En ese tiempo no pensó en nada. Luego volvió a llamar, esta vez, dos golpecitos. Y esperó. No podía pensar. Miró hacia arriba. Las nubes pasaban rápido. De nuevo alzó la mano, un solo llamado, metálico, retemblón. Y a esperar y a mirarse la punta de los pies. Entonces se le ocurrió, me gustaría tener unos zapatos de musgo. Y casi seguido, mira, esto es un pensamiento. Pero nadie acudió a abrir la persiana. Entonces ¿qué?, ¿marchar? Probó con la otra mano, cuatro golpes, suaves, una dulce impertinencia que se permitió. Y casi en seguida la persiana que se pliega hacia arriba, como una frente enfurruñada, y allí estaba la chica, totalmente de negro y vagamente familiar.

jueves, 3 de marzo de 2011

SANDRINE_diario de una niña y su gato_ 4, el encuentro

Sandrine pela naranjas. Ha subido a la azotea con un capazo de paja lleno de fruta. Esta tarde celebran el cumpleaños de la tía, y a la tía le gusta poner brochetas de colores (se trata de ensamblar distintas frutas en un mismo palo fino, como si fuese un pequeño estandarte de piedras preciosas.) Sandrine  se ha ofrecido a ayudar con las naranjas. Va sacando la peladura y divide los gajos, que a veces lagrimean y le dejan las manos dulces y ácidas.

Sandrine mira los gatos de los tejados vecinos. Están en celo y causan un alboroto escalofriante. Sin embargo hay uno tranquilo, apartado del grupo, que la está mirando fijamente.

La tarde empieza su desmayo de luz. Hay un poco de viento y de papelitos por el aire. Lejos, la sirena de una ambulancia, pasa. Lejos, una nube en forma de pez, pasa. Sandrine pela soles de poniente y los desgarra. El gato solitario mueve la cola. De pronto, ella se levanta y lo llama, grita ¡Nohome!

Hay un poco de eco entre las paredes encaladas del barrio viejo. El gato tranquilo levanta las orejas, responde ¡Miau!

Los separa el abismo de la calle, el río del abismo con su fondo de coches y pececillos gente de altos tacones. Sin embargo se han encontrado. Esa noche Sandrine escribe en su diario:

“He quitado la piel a tres kilos de soles chinos, los he abierto en muchas partes, sin romperlos, he inventado así unas nuevas gemas preciosas en forma de pequeño balancín. Creo que soy una sacerdotisa antigua, y eso me da un poco de miedo. Pues he encontrado a mi gato. No sabía que me correspondía uno, pero el destino es así, no envía cartas de aviso. Debería estar contenta pero tengo doce años y me resulta muy incómodo moverme dentro de ellos. Yo antes era una niña clara pero ahora soy una ¿? turbia. No sé que soy, estoy a medias como entre dos destinos, estoy frontera. No sé por qué mi gato se llama Nohome, pero así me ha salido. En la fiesta de la tía querían que bailara, que me lo pasara bien. Ponían tanto empeño que no he sabido hacerlo. A mis espaldas deben decirme “la pobre huérfana”. No creo que sepa hacer bien de “pobre huérfana”, ni tan siquiera sé si voy a saber hacer bien de mí. Mi cara está cambiando, el cuerpo hace cosas raras, se hincha, sangra. Creo que soy una sacerdotisa antigua y ahora he encontrado a mi gato mágico. Yo antes vivía en tierra firme y ahora vivo en arenas movedizas. ¿Qué va ha ser de mí?