oración

si yo fuera peregrina de mi misma
si llegara a la dulce
posada esmeralda
del corazón

viernes, 20 de mayo de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_ otra vez domingo

Hacía una semana que Rosalía había regresado de su viaje. Volvía a ser domingo, un día caliente y espeso. Era todavía temprano y en el parque no paseba casi nadie. Las pelusas de los chopos caían semejando una nieve vegetal, todo el suelo estaba blando y como leproso. Miriam y Darío bajaban por la cuestecita, recién desayunados. Iban cantando una canción. Darío se emocionó con las pelusas, intentaba cogerlas, corría de un lado al otro. Había pedido que le pusieran su camiseta favorita, a rayas azules y verdes, y estaba muy contento. El teléfono móvil de Miriam empezó a silbar una cancioncilla de ragtime, miró en la pantalla y vio que era su hermana pequeña. Le sorprendió que estuviera “operativa” a esas horas, por lo general Rosalía era de larguísimos despertares.
        
- Hola guapa, buenos días.
- En realidad no muy buenos, tengo un problema. Me echan de casa.
- ¿Quién?
- Mis compañeros de piso.
- ¿Por qué?
- Es largo y tendido. Y además tengo que irme, no quiero quedarme ni un minuto más aquí. Estoy recogiendo mis cosas. ¿Puedes venir a buscarme?
- Pero ¿a dónde vas a ir?
- Si no puedes no te preocupes.
- ¿Estás segura de que quieres irte, no vas a pelear? El piso lo encontraste tú.
- Me importa un huevo. En tres horas lo tengo todo recogido.
- Iré con Gregory.
- Preferiría que vinieses tú sola. ¿Vais a ir a comer donde los papás?
- Los papás se han ido de excursión.
- Mejor.


Acordaron que Rosalía la volvería a llamar media hora antes de estar lista. Miriam vio la pequeña figura de su hijo, exultante de placer, los brazos alzados, la risa como el trino de un pajarito locuaz, corría, botaba, cada vez más pequeño, en fuga por la ribera de los chopos. Quiso gritarle que no se alejara tanto, pero no encontró las fuerzas o las palabras. Se le atropellaron algunos pensamientos, como que para el traslado quizás sería mejor pedirle a su marido la furgoneta del trabajo, aunque eso implicaba ir hasta el garaje en el centro, claro que si la acompañaban en coche hasta allí podrían tomarse los tres juntos una de esas copas de helado que tanto le gustaban a Darío. Y se vio a los tres, alrededor de la redonda mesa de mármol rosada, con la enorme copa y las tres cucharillas, las bocas sucias de chocolate, fresa y nata, Darío de rodillas en la silla, Gregory quitándoles el helado de sus cucharillas y ellos dos protestando con grandes gritos, a pesar de las miradas desaprobatorias de los clientes. Así educan al niño, seguro que era el comentario más popular entre las viejas cotorras que iban a tomarse su horchata después de misa. De pronto vio el puntito luminoso de Darío corriendo hacia ella, le abrió los brazos. Traía las manos llenas de pelusa. Las dejaron como un nidito sobre una piedra plana. Por si los pájaros, dijo Darío.




         Hacía una semana que su hija Rosalía había regresado de viaje. Y hacía trece días que su hijo Marcos se había separado de su mujer y dormía en el sofá del salón. Su esposa le había preparado su habitación de niño, sábanas limpias, un florero con flores frescas, claveles blancos de los del patio, esos pequeños detalles que ella cuidaba sin poner peso en ellos. Pero por alguna razón Marcos insistía en que ese mismo día se marcharía, ya vería dónde, a una pensión, a casa de unos amigos, que no merecía la pena deshacer la mochila, entrar en aquellas sábanas frescas. Y luego, invariablemente, se hacía la noche. Cenaba con ellos y después se quedaba mirando la televisión, le daban las buenas noches, y él poco a poco se inclinaba, vencido por la modorra, hasta que finalmente se estiraba y mal dormía. Su mujer le insistía en que no había que hablar en serio con él. Déjalo, le decía, deja que se sienta cómodo y libre de hacer lo que quiera.

         Hacía una semana que Rosalía desplegó todos aquellos paquetes envueltos en papel de regalo. Las risas, las preguntas, las anécdotas del viaje. Desde entonces no se habían vuelto a reunir todos juntos. Hoy volvía a ser domingo y el cielo brillaba sin una sola nube. Marcos dijo que ese día lo pasaría con su hija pequeña,
- Quiero llevarle a comer fuera, luego iremos a ver el circo.

Esteban entonces convenció a su mujer de que dijesen a todos que el domingo se iban de excursión.
- ¿Pero a dónde quieres que vayamos? –Preguntó ella.
- No, si lo que quiero es quedarme en casa, pero no tengo ganas de que se aparezcan. Últimamente no hacen más que auto invitarse. Me gustaría pasar el domingo en casa, a solas contigo.
- Y con Rita. –Puntualizó ella.
- ¡Ah, sí! Rita…

También hacía trece días, trece noches para ser más justos, que su mujer había encontrado a aquella perra en la calle. En el teléfono grabado en la chapa no contestaba nadie.

Emma trasteaba en la cocina. Él había salido al patio, con un libro de viajes de Paul Bowles, Cabezas verdes, manos azules. A diferencia de sus hijos Esteban era un viajero de asiento. Nunca había necesitado ir a países lejanos. Todos los años se iba solo a la pequeña casa que heredó en los montes de Palencia. Los demás compraban billetes y mapas y reservaban hoteles y le preguntaban cosas, que les recomendase lecturas porque, sorprendentemente era un gran conocedor de literatura de viajes. Abrió el libro por la marca que había puesto, un sobre de azúcar robado en algún bar. Leyó el título del capítulo que le tocaba iniciar, No hay que ser demasiado musulmán. Después le vino Marcos a la cabeza y ya no pudo leer nada. El libro le sirvió como una especie de escudo para adentrarse en su pensamiento. Lo que más le apenaba era en qué medida él, como padre, había contribuido en los fracasos de su hijo. “Y tu estirpe será maldita hasta nueve generaciones”. Aquellas terribles palabras de la Biblia se le habían quedado dolorosamente marcadas desde niño. Su mujer asomó la cabeza por la ventana de la cocina y lo llamó. Él dio un respingo y salió otra vez a la página escrita, a la luz del sol sobre aquellas palabras detenidas, No hay que ser demasiado…



         - Hoy hace una semana que volvió Rosalía. Parecía contenta.

         Emma y Esteban hablaban en susurros, ella en el hueco del brazo de él, los dos tendidos en la cama, desnudos, acababan de hacer el amor. El aire del mediodía entraba cargado de perfume de rosas y movía con suavidad los visillos. Habían echado un poco la persiana para que la habitación se mantuviese en penumbra. A Emma le gustaba pensar que era una habitación de hotel, siempre desconocida, y a Esteban le reconfortaba saber que era su territorio, un pequeño cuadrado de espacio cerrado e inmutable.

         - ¿No crees que les está pasando algo a nuestros hijos? Últimamente vienen mucho por aquí.
         - No sé, como siempre. – Y Emma se encogió levemente de hombros y después acarició el ancho pecho de su hombre, enredándose en el vello.
         - Como siempre no. Yo los veo… raros, como sin norte.
         - ¿No será que me quieres sólo para ti, viejo verde? –Rió ella.

         Él aprovechó para besarla, reirla, lamerla, volcarse encima de ella, buscar el olor de su garganta y sus pechos cuando, de repente, sintieron el débil chirrido de la puerta del patio y unas voces. Se quedaron helados. En ráfagas, junto al vahído de las rosas, les llegaba la clara voz de Miriam y la apagada y hundida de Rosalía. Se levantaron y espiaron por la ventana. Rosalía se sentaba al lado de la fuente y se mojaba la cara. Su hermana se sentó al lado y le acarició la larga melena. Los padres, desnudos, agachados, asomaban apenas la nariz. Se miraron confusos, les parecía que el espionaje era la única opción posible.

         - ¿Y si bajamos a la cocina? Se oirá mejor. – Dijo Esteban
         - A la cocina seguro que acaban entrando. Pero aquí no se atreverán.

         En ese momento Rita entró en el dormitorio meneando la cola. La hicieron cómplice con muchos shhhhh y otros gestos pintorescos, luego cerraron la puerta. Esteban puso las almohadas en el suelo para estar más cómodos. Emma sirvió dos copas de champaña de la botella que había subido. Qué cosas tan raras tiene la vida, suspiró.



miércoles, 18 de mayo de 2011

entre las cosas del día

Mediada va la mañana. Puse a cocer unos huevos.
Desayuné junto a las plantas. Fregué cacharros. Hice
tareas de escritorio, pausadamente.

Placer de estar en casa. Habitando el silencio. Habitando los cuadernos.
Pensé en mi testamento.

El viento hace que esta casa sea casi
proa de barco,

y este cielo, tan mar, con sus ángeles y sus tempestades


un golpe de tiempo. Muy suavemente vino la Poesía, con pies descalzos,
se sentó en el umbral de mi corazón puerta,
y estoy contenta

lunes, 16 de mayo de 2011

LAS CARTAS FRANCESAS_ del Vizconde Verdemar a Peregrina

Querida Peregrina,

Aunque el fresco correo de la mañana trajo su carta junto al desayuno y las flores recién cortadas, la tuve a buen recaudo en el bolsillo interior de mi chaqueta hasta la noche. Una vez que Louise ya estaba dormida, entregada a transitar los bellos laberintos de sus sueños, me levanté, me vestí (pues me hubiera dado mucho pudor leer su carta desnudo) y me situé junto a la claridad de la ventana. Para ayudar a la luna creciente encendí una vela. Todo muy romántico como puede comprobar. Sentí una extraña emoción al rasgar el sobre (¿por qué sus sobres tienen ese color marfil que hacen sentir que vienen de expediciones lejanas?) A las pocas líneas de tan deliciosa lectura decidí que era una descortesía dejarla beber sola, así que fui a las cocinas de la posada.

Después de revolver en las alacenas y armarios di con una puertecita, detrás de la puertecita con unas escaleras de piedra, inquietantes…Una triste bombilla de esas que se encienden con un cordón me dio algo de perspectiva sobre el agujero que se abría a mis pies. Me armé de valor y bajé.  Afortunadamente solo se trataba de la bodega, y si había algún cadáver o fantasma no me lo encontré. Lo que sí pude comprobar es que la dueña de la posada, la mujer del rostro azul, tiene un excelente gusto para los vinos. Algunas etiquetas me sorprendieron gratamente. No recuerdo que la camarera mencione en sus melopeas, cuando canta la carta del día, estas gloriosas posibilidades. Aquí se come sabrosamente, pero en un estilo más bien casero, y el acompañamiento de alcoholes suele ser correcto, pero estos caldos tan cuidados, estas fantasías alcohólicas y delicatessen, deben de estar reservadas sólo para unos pocos. Me tomé la libertad de ser uno de ellos y me decidí por un blanco añejo con un punto de aguja. Siendo la cocina un lugar sumamente agradable, me senté en la gran mesa blanca, con una lámpara de vidrio esmerilado en rosa flotando como una medusa sobre mi cabeza.

Leyendo su carta sentí celos. Quizás es horrible decirlo así, crudamente, entre amigos. Disfrutaba cada palabra, viajaba tan nítidamente por esos años de su juventud, que empecé a sufrir. No sé cuál de aquellos dos hombres tuvo mejor fortuna, si el que compartía con usted el amor hecho cuerpo y noche, o aquel hombre del bar, que la tuvo en deseo y silencio. Parece que tuvo usted la dicha de vivir las dos caras de una misma y delicada moneda: la moneda, claro, es usted.
He de decirle, aunque resulte extraño de escuchar, que aquella noche en la cocina enorme y silenciosa, subí la escalera de los celos, y en el peldaño más alto, estaban, sencillos y dolientes, los celos por usted, por no ser usted. Creo que este es el grado de posesión más loco al que se puede llegar, no desear a alguien, o desear ser como alguien, sino desear ser ese alguien. He aquí el principio de la comunión. Confieso que lo que más me excita es la calidad de cómo vivía usted ese tiempo, a la deriva, un tiempo sin norte, por decirlo así. Creo que hay algo tan misteriosamente femenino en ese dejarse vivir así, casi como a merced de una corriente invisible, sin cabeza, sin propósito, sin sentido. Las mujeres, cuando están con nosotros, parecen muy dispuestas a querernos, a esperarnos, a atendernos. Pero hay que observarlas cuando están solas, sin moros a la vista. Su soledad es completamente distinta a la soledad de un hombre y, como su piel, intuyo que es más porosa y sensible, más gozosa y plena. A mí nunca me podría haber pasado su carta, los vacíos de su carta, esos largos ratos paseando las calles a través de los zapatos de otros. Es difícil explicar lo que quiero decir.

En cualquier caso he de contarle que estando en la segunda y concentrada lectura de su carta sentí como el movimiento de un gran felino cerca de mí. Levanté la vista y de pronto vi, mirándome fijamente, a la dueña de la posada. En contra de su costumbre llevaba el pelo suelto, una magnífica melena azabache mechada de blanco. Iba envuelta en una bata roja, de amplio ruedo y media cola, ceñida a la cintura. Nos quedamos lentos minutos observándonos en silencio. Luego pasaron cosas que debo contarle, pero no ahora, Louise ha despertado de su siesta y hemos contratado un velero para que nos lleve a ver la puesta de sol a alta mar.

Perdóneme si la tengo en ascuas unos días. Supongo que lo hago para que espere el correo con ansiedad y así piense en mí. No me riña por esta pequeña presunción, querida.

Su amigo

Vizconde Verdemar.

PD: No evite mis celos ni me proteja de mis bajas pasiones. Quiero seguir bebiendo vino blanco con usted.

viernes, 13 de mayo de 2011

en la cocina

Entre el variado de lecturas por el que voy atravesando mayo, me he desayunado con Kitchen, de Banana Yoshimoto. Un libro mariposa, insecto nocturno, que roza la tela oscura, húmeda y brillante de la historia de un duelo y un amor. Noto la insuficiencia de la traslación de una lengua a otra. El castellano y su poderosa estructura solar parece demasiado recio para la voz de esta autora, para las oquedades que se adivinan entre las palabras, para las continuas referencias a la cavidad del corazón. Esa lejanía, esa imprecisión que intuyo, todo eso que se escapa en la traducción, me obliga a un bonito estado de alerta como lectora. No sé por qué pero lo que en un principio parece una carencia, una lástima, lo estoy disfrutando. Casi como si me estuvieran enseñando por ausencia a hablar otro lenguaje, otra estructura de pensamiento y de sentimiento. Como poeta eso me ayuda a hacer crecer la herramienta de mi trabajo, el castellano. Es la herramienta donde me forjo, la que conozco y desconozco profundamente, paradójicamente. Es el templo a habitar, la selva a desbrozar, el camino que peregrino y me transforma. Por ello noto como ese ser que es la lengua se esponja escuchando las carencias de la traducción de Kitchen, como le crecen tentáculos, brotes elásticos, poros por donde absorber ese silencio dicho para hacerlo suyo.

Me hace gracia que para la protagonista de esta novela la cocina sea el lugar central de la casa y de la vida, el lugar donde mejor se siente en el mundo. Para mí la cocina siempre ha sido una especie de corazón, el lugar más creativo de la casa. Quizás porque de pequeña jugaba allí, sobre una alfombra de lana de varios colores (mi alfombra mágica, la que me llevaba más allá) mientras mi madre cocinaba. Todos esos olores, a veces agrestes, como cuando quemaba los pelos de las orejas de cerdo que echaba al cocido, a veces arquetípicos, como esa enorme olla de leche fresca (yo bajaba cada dos días con la lechera a la furgoneta de reparto) hirviendo e hirviendo el olor fuerte del establo, a veces carnales y profundos como el de los kilos de anchoa que abría y destripaba, a veces dulces de bizcochos y compotas de manzanas, ese mundo olfativo se mezcla, inextricablemente en mí, con el de la creación. Quizás por eso he entendido que para que el lector viaje contigo es necesario que los personajes se muevan en un mundo sensorial.

Yoshimoto menciona la comida,  su protagonista se inclina por estudiar cocina, al principio de manera autodidacta, ese esfuerzo por conectarse a una pasión. La comida calma el vacío, y el vacío es una amenaza real, germinal, que intenta echar brotes en la existencia de los dos jóvenes personajes. Su compatriota Hiromi Kawakami, autora de la magnífica El cielo es azul, la tierra blanca,  trae frecuentemente la comida a  colación como una especie de calendario, de lugar real de acercamiento entre los dos protagonistas. Y el único libro de Patricia Highsmith que he leído y que me sorprendió gratamente, Small G, un idilio de verano, estaba plagado de minuciosas descripciones de los diferentes menús con que sus personajes se reconfortaban. Capote, en sus libros sureños, El arpa de hierba y los tres cuentos autobiográficos de su infancia que adoro, no pierde la oportunidad de relatarnos la dieta típica de su familia e incluso la confección de varias tartas es el eje central de una narración. Mi madrina Karen Blixen hace de la comida una cuestión principal en su Out of África, más que por los alimentos en sí, por lo que la cocina culturalmente significa.

Pienso en la novela que estoy escribiendo y pienso que no he de descuidar la nutrición de mis personajes. Es una forma interesante de ver las cosas ¿de qué nos nutrimos? Y no sólo estoy pensando en comida, pero sí, también en ese sencillo y necesario gesto de tomar algo del otro, e incorporarlo, que forme parte de mi energía, para poder seguir.

Mi novio, mi amor, es muy sensible para los olores, y tengo que tener mucho cuidado cuando cocino, ventilar bien a través de la galería de la cocina, encender el extractor. Los olores fuertes, penetrantes, no suelen gustarle. Hoy, cociendo unos puerros, sentía su dulce olor invadiendo las habitaciones (me había dejado la puerta de la cocina abierta). Me he dado cuenta de lo segura que me hacía sentir, más que ese olor, ese oler, como de una manera intangible me hacía aposentarme en algo que no sé definir, algo que debe ser puramente emocional pero que es sólido y me propulsa hacia una percepción poética. Quizás por lo que conté de mi infancia las tareas de cocina y las de creación están indisolublemente ligadas en mí, y quizás por eso siempre he sentido que para vivir hay que mancharse las manos, que la vida es también sucia, y huele, y que eso está bien.

PD: Al día siguiente. Mientras tomo el café de la mañana no puedo evitar acabar Kitchen. Me conmueve hasta las lágrimas. De Banana había leído, hacía poco, Sueño Profundo, que recoge tres maravillosos e inquietantes relatos. Creo que he encontrado una buena amiga, una amiga del alma. Y ese es un motivo de alegría ¿verdad? La compañía de sus palabras, de sus mundos, su punto de vista en ocasiones tan empático con el mío, sus pensamientos, a veces tan diferentísimos del lugar por donde vira mi cabeza, todo eso se queda aquí, labrando una conversación despaciosa en mi corazón. Tengo ganas de ponerme flores rojas en el pelo.

lunes, 9 de mayo de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_ el postre

Rosalía estaba sentada al sol, en el suelo, entre dos grandes macetas de lavanda. Tenía las piernas desnudas, morenas, estiradas sobre el cemento. Había arrancado algunas cabezas de las flores y se las frotaba contra la piel, rítmicamente, desde la parte exterior de los muslos hacia los tobillos y luego, otra vez hacia arriba, por la cara interior de las pantorrillas. El masaje alivió un poco el cansancio. Sentía el cuerpo entumecido después de tantas horas de avión. Se había recluido en aquel apartadero con el platillo del postre. Últimamente comía muy despacio. Ya habían decaído las conversaciones de la sobremesa y ella seguía con el segundo plato, masticando laboriosamente. Dio su bendición para que todos se fueran a echar la siesta. Su madre quería quedarse a hacerle compañía, que le contase cosas sobre el viaje, aunque claro, si contaba no comía y podía seguir con el guisado hasta la hora de la cena. Al final la dejaron sola en el fresco comedor. Un silencio dulce se posó sobre la casa. Devolvió lo que le quedaba en el plato a la cazuela, tomó un gran trozo de tarta de tiramisú y se fue a hacer la abeja reina, entre las flores del patio. Apoyó el plato sobre el regazo y empezó a comer con parsimonia, se diría que reflexionaba cada cucharada, concentrándose en el magisterio de las papilas gustativas, demorando cada bocado en un desleírse voluptuoso por toda la cavidad de la boca (incluso por las comisuras que ya le estaban dejando bigotitos y huellas de cacao) disfrutando del eco final de los sabores, lamiendo con devoción la cucharilla. Entretenida en esos gozos le sorprendió la música. Una guitarra española cantaba algo cercano, ese eterno deje de pena rasgada y de hora solitaria. No parecía obedecer a los límites de una canción determinada, más bien parecía que había arrancado a hablar un soliloquio eterno, que empezaba y se paraba a capricho, quizás porque las manos mediadoras tenían que ir a resolver otros asuntos.

Rosalía se encaramó al murete buscando el apoyo de varias piedras. Hacia la izquierda, en la esquina con el callejón sin salida, debajo de la gran morera, había un chaval tocando la guitarra. Por el bulto le pareció que no tendría más de quince años. No conseguía distinguir bien su cara, un tanto inclinada sobre el instrumento, pero estaba segura de que no era el hijo de nadie de por allí. Luego pensó que ya hacía un par de años que no vivía en casa de sus padres y que quizás había vecinos nuevos de los que nada sabía. Rosalía era, por lo común, poco comunicativa. Casi nunca tomaba la iniciativa en una conversación. Por eso se sorprendió a sí misma calzándose las sandalias y yendo, con lo que quedaba del tiramisú, a sentarse junto al chico. Avanzaba hacia él que seguía concentrado en las cuerdas del instrumento. Se dio cuenta de que no se había equivocado, era muy joven, puede que ni tuviese quince años. También se dio cuenta, pero vagamente, de que era increíblemente guapo. No le saludó. Simplemente se sentó a su lado, las piernas dobladas encima del banco, a la manera de los indios, y siguió comiendo el pastel, con el mismo lento deleite. Por un lado le parecía adecuado ofrecerle al muchacho, pero no quería que las palabras, las cortesías, interrumpieran la música. Así que el tiempo estaba hecho de azúcar cremosa y deliciosamente acentuada con café y cacao amargo y notas que olían a azahar y un animal vibrante que se desperezaba a su lado. En un momento cazó un generoso trozo de tarta con la cucharilla. Iba a llevárselo a los labios cuando sintió la poderosa mirada de él, así que giró la cabeza. El chico tenía dos vidas, la de las manos, ligera, y la de unos ojos profundos, oscuros y densos, que la miraban de una manera indescifrable pero en los que supo reconocer un toque de guasa. Era difícil sustraerse a esa mirada que desde luego no era la de un crío. El chico abrió la boca. El gesto era tan macho, tan abiertamente provocativo y a la vez tan entregado, tan deseante y expectante que ella le metió la cucharilla con el bocado. Fue algo terriblemente sexual. Y aún quedaba un poco de dulce en el plato. Pero Rosalía sintió un vértigo, una confusión tan honda como si la hubieran zarandeado en medio de un plácido sueño. Se levantó y se fue. El plato de postre se quedó allí, como una prenda o un olvido. Mientras caminaba hacia su casa la música seguía a su espalda y sintió como la escala de las notas se arqueaba en una pregunta, intensa, deliberadamente dura.

Abrió la portezuela del patio. Su hermano Marcos ya se había levantado de la siesta. Quizás ni la había dormido. Tenía grandes ojeras azules y un gesto cansado en la boca. Sabía que mientras ella estaba de viaje a él le habían sucedido muchas cosas. Pero venía tan turbada que esperó no tener que hablar de nada dramático o importante.
         -¿Hay café para mí? – dijo mientras se acercaba a la mesa, debajo de la gran parra.
         - Sí, he hecho la cafetera pequeña, pero no quiero repetir.

Ella fue a buscar una taza a la cocina.
         -¿A dónde has ido por la calle en bragas? – le preguntó Marcos.
         - ¿En bragas? – repitió ella, y se llevó la mano al trasero. Entonces se dio cuenta de que era verdad, no llevaba los pantalones cortos, por cierto, no tenía pantalones cortos, pero ¿dónde tenía la cabeza?- Pensaba que llevaba el biquini.- Mintió para quitarle importancia.
         - Tú eres muy pudorosa, nunca saldrías a la calle en biquini.- Observó su hermano.
         - ¿Has dormido la siesta? –se precipitó a cortar ella.
         - Me he distraído escuchando esa guitarra, toca bien.
         - Es un niño.
- ¿Un niño?

Los dos hablaban sin mirar al otro, cada uno concentrado en el fondo de su taza, dando vueltas y más vueltas con la cucharilla de plata a aquel líquido oscuro, fragante, que parecía centrifugar sus pensamientos hacia un lugar incierto, mientras que en la superficie seguían sus voces, las notas de la guitarra, la cascada del canto de los pájaros.
         -¿Un niño?- volvió a repetir Marcos.
         - Un crío. Lo he visto de lejos.

Se tomaron al fin el café. Pero seguían mirando el fondo de la taza, los posos, el charco sucio sobre la porcelana blanca. Luego Rosalía con una voz de hermana pequeña sorprendida preguntó,
         - ¿Por qué crees que damos vueltas al café si no le ponemos azúcar?

Y siguieron callados un rato más, compartiendo aquella isla de silencio, hasta que los demás despertaron.

viernes, 6 de mayo de 2011

un gato en el reflejo del cristal
lame un segundo de sol
deja un poso de sol
en tu memoria

martes, 3 de mayo de 2011

LAS CARTAS FRANCESAS_ de Peregrina al Vizconde Verdemar_

Mi querido Vizconde,

He salido a pasear con mi pequeño bolso de lunares. Es un bolso redondo, como una fruta, de asas cortas. Dentro llevo algunas cosas curiosas, entre ellas unas cuartillas en blanco y un sobre con sus señas. Ahora le escribo desde un pequeño bar, le invito a lo que quiera, yo tomaré una copa de vino blanco, frío, y ese canapé de bacalao crudo, gracias.

Me gustan las barras de los bares. Hace años viví en una pequeña ciudad portuaria, en Japón. No tenía mucho que hacer allí, era la amante de un hombre rico muy ocupado. Yo estudiaba el idioma, tomaba clases de cerámica, de caligrafía, de ikebana, y paseaba y paseaba. Un día descubrí un pequeño bar al que me aficioné. Estaba cerca del puerto, había que bajar unas escaleras para entrar y ya dentro las ventanas quedaban altas, de esas que se les dice medianeras, sólo se veían los pies de la gente yendo de un lado para otro. Por algún motivo disfrutaba sentándome en aquella barra y observando los zapatos infatigables. Como hacía frío pedía sake caliente y comida, tenían platos sabrosos, variados, caseros, muy extraños para mí, los pedía señalando con el dedo, sopas, aliños de algas, tajos de pescado crudo, todo lo probaba con el mayor de los entusiasmos a vece sin saber descifrar lo que era. Y mientras bebía mi jarrita de sake a sorbos espaciados meditaba sobre todos aquellos pies por encima de mi cabeza. Casi siempre a la misma hora pasaban unos zapatos lentos, de tacón cuadrado, blancos y anchos. Yo imaginaba a la señora que los llevaba puestos, a dónde iba, y por qué había adquirido ese paso tan lento, y también pensaba en qué le aguardaba a la hora de descalzarse, qué hogar, qué habitación donde descansar de su andadura por la vida tumultuosa de la calle. Todos aquellos pies me hacían pensar en los caminos invisibles que vamos trazando, paso a paso, y que constituyen el verdadero mapa de viaje de nuestra existencia. Llevaba conmigo un cuaderno, como llevo ahora este, allí hablaba mis cosas, porque no tenía a nadie más con quien hablar. Pero una tarde también empecé a dibujar. Dibujaba esos zapatos, los copiaba, y luego también los inventaba, nuevas formas para abrigar los pies. Compré una caja de colores, los pintaba, estampaba flores, los señalaba con una flecha y al lado indicaba el material con el que había que fabricarlos. Así inventé varios zapatos vegetales, recuerdo unos hechos de corteza, liquen y musgo. Supongo que cumplí la vieja fantasía de todo árbol, tener unas raíces móviles.

Había un hombre joven que también iba a esa cantina. Llegaba después que yo. Traía un maletín gigante, color ciruela. También bebía sake. No se sentaba en la barra, prefería ocupar una mesa, enfrente, debajo de las altas ventanas. Cuando yo me ensimismaba en el cuaderno él me miraba las piernas.

En aquel lugar me sentía como en casa. Me gustaba especialmente cuando llovía. Los zapatos entonces corrían, a pequeños saltos de pájaro los de las mujeres, era divertido, yo me reía, sola, creo que bebía bastante todas aquellas noches. Un día el hombre de la cartera color ciruela se sentó en la barra, a mi lado, y pidió la misma comida que yo. Me preguntó algo en inglés. Yo intenté contestarle en japonés, pero no había aprendido lo suficiente, creo que dije algo horrible. En cualquier caso descubrimos que nos gustaba más compartir el silencio. Es curioso como se puede llegar a recordar con tanta intensidad el silencio que has compartido con alguien.

Fueron unos meses extraños. No me encontraba mal allí. Me encantaban las clases, el barro, mancharme los dedos de tinta, los paseos inagotables, el mar del Japón, y aquel bar. Era una encrucijada rara, un balancín, lo mismo podía ir hacia un lugar que hacia otro. No tenía planes, no quería nada, y si quería no sabía el qué.

Los fines de semana se los dedicaba a mi amante. Me llevaba a los balnearios de la zona, a los refugios de la nieve alta, a las posadas donde habían pernoctado los maestros peregrinos de la vía del haikú. Eran viajes apasionados, recuerdo con precisión todos aquellos hoteles y albergues, sus farolillos, su olor, aquellos futones que se desenrollaban para acoger el amor de la noche y los cuerpos. Pero por alguna razón siempre me sentía muy feliz la mañana del lunes, cuando las horas pasaban despacio y azules y caligrafiadas con delicadeza hasta que llegaba ese momento en que yo me anclaba, otra vez, a la barra del pequeño bar, señalaba con el dedo una marmita de comida, abría mi cuaderno de arroz.

Un día, a punto de entrar en el bar, se me enganchó el tacón de los zapatos en una rejilla y se rompió. Quedé coja. Me había retrasado no me acuerdo por qué. Avancé hacia una de las ventanas. Desde la calle se las veía a ras del suelo, zócalos de vidrio. Me incliné y vi al hombre joven de la cartera color ciruela acodado en la barra, al lado del sitio que ya era mío. Llevaba un traje color castaño. Era un hombre muy guapo. En aquel momento tenía una sonrisa fija, ensimismada, en los labios.

Me fui cojeando. Hice mi maleta. Tenía que tomar un tren de tres horas para llegar a Tokio. En aquellas horas de ir de un lugar para otro no encontré una zapatería, creo que no quise encontrarla. Me fui de Japón cojeando.

Una amiga francesa cotilleó mis dibujos de zapatos, dijo que eran buenos diseños, y lió a su empresa para que fabricaran una línea con mis ideas. A mí todo aquello me daba mucha risa, y a veces, mientras escribía con el dedo sobre los cristales empañados de París me decía que, después de todo, aquellos meses de mi vida no habían sido del todo improductivos.

¿Otro vino blanco, Vizconde?

Su Peregrina.

lunes, 2 de mayo de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_ la noche de emma

         Emma escuchó al perro. Le pareció que ladraba muy lejos, había como capas de niebla y algodón entre ellos. Después le pareció que aquel estertor quizás era alguien con mucha tos que se estaba muriendo, su abuelo le sonrió, Sultán ladró dentro de su oído y arañó la puerta, ella fue a abrirla, se despertó. Su marido dormía tranquilamente, boca arriba; un suave ronquido acompañaba la curva de su pecho, arriba y abajo. El perro seguía ladrando en algún punto de la calle. No era un perro del barrio, de eso estaba segura. Se acercó a la ventana. El farolillo que dejaban encendido en el patio iluminaba el gran magnolio y las flores, como de nata de novia, que se habían abierto hacía poco. Se puso la bata japonesa y bajó, con mucho sigilo, las escaleras. En el salón la televisión seguía encendida, muda. Las imágenes se sucedían como el parpadeo de un ojo alucinado. Vio a su hijo Marcos estirado en el sofá, dormido. Le habían preparado su habitación de niño, pero por alguna razón no había querido subir, quizás, a pesar de haber dejado su propia casa, se resistía a volver a la de sus padres. Incluso había relegado su mochila roja al rincón más oscuro del recibidor.
Al regresar a última hora de la tarde se lo habían encontrado en el patio. Había entrado colándose por lo de los vecinos, como cuando era adolescente. Hacía tiempo que ninguno de sus hijos dormía en casa. Ahora era el turno de los nietos, las siestas, las semanas de vacaciones que pasaban con los abuelos mientras los jóvenes padres revivían en soledad su pasión de parejas. Desde la cocina encendieron las luces del patio y entonces vieron a Marcos, debajo del emparrado, jugando con una muñeca. Pidió café, habló de unos pájaros que había visto beber en el capó del SEAT de los Esnaola, y después dijo que él y Valeria se iban a separar. Lo dijo con ligereza, con aquella manera que tenía de decir las cosas, como si no tuvieran importancia, me voy a la India, dejo de estudiar ingeniería, estoy viviendo con una chica, el viernes me operan de un quiste, dicen que es benigno, voy a ser padre, me separo. Todo venía dicho con ese aire de pequeña broma. Apagó la televisión y miró a su hijo, su cara, el gesto ceñudo que la ensombrecía, sus dedos crispados sobre algo, la muñeca, y entonces se dio cuenta de que era Macedonia, la muñeca de la hija de Marcos.

Otra vez el perro, mordiendo el silencio, esta vez más cerca. Se asomó a la ventana del recibidor. Las farolas iluminaban con su lluvia de haces anaranjados charcos de luz, vacíos. Abrió la puerta de casa. Salió a la calle en zapatillas. Nunca lo había hecho, su abuelo decía que salir a la calle en zapatillas es cosa de paletos. Le parecía que esa noche había soñado con su abuelo y con su gran danés, Sultán. Cuando era pequeña venían a visitar a los abuelos a esta casa, y ella jugaba con Sultán en el patio y aprendía de su abuela cómo cuidar las flores. Entonces la casa sólo tenía una planta y casi todo el terreno de afuera se utilizaba para huerto. Sólo una pequeña parcela para cultivar la gran pasión de su abuela, las rosas.
Paseó la calle arriba y abajo, el aire estaba fresco del verdor de los jardines. Una gran rosa se abría, delante de ella, de un color rosa encarnado, como un corazón demasiado exuberante para no tomarlo entre las manos. Cortó el tallo con delicadeza y mentalmente pidió perdón al rosal y a la señora Seoane, a quien se la estaba robando. Cuando era joven llevaba flores en el pelo. Enterró la cara en los suaves pétalos. ¿Dónde estaban todas aquellas horas que ella pasaba a solas, a escondidas, viviendo sus gestos íntimos, sus cafés solitarios, sus vagabundeos, su diario de muchacha, esos minutos lentos que se llenaban con sus sueños, sus ganas que la empujaban libre por la ciudad? Una sombra caliente la rozó. Abrió los ojos. El perro la miraba, las orejas gachas, el cuerpo preparado por si tenía que salir corriendo. Ella le habló con palabras amables. Pronto el animal se dejó acariciar. Llevaba un collar donde se leía Rita y un número de teléfono. Emma le abrió las puertas del patio. Se sentaron las tres, ella, la perra y la flor, al lado de la fuente. Rita bebía a grandes lengüetazos. La luna seguía creciendo allí arriba. El cuerpo de la rosa desbordaba las manos de Emma. Un pájaro cantó sobre sus cabezas. Rita levantó las orejas y Emma le tranquilizó. Es un ruiseñor, le dijo. Y siguieron juntas escuchando el fluido de la noche.

miércoles, 27 de abril de 2011

Recuerdo con los ojos de Matisse

Toda esa tierra es naranja, seca, deja los pies llenos de polvo, la garganta dolorida de sed. Las montañas, peladas, están oradadas con bocas, negras, cuevas donde duerme su sueño el vino, bodegas, húmedas criptas con pelo. Hay una escalera para ascender la montaña, la barandilla roñosa, oxidada, temblona. Al final de las escaleras han aplanado la tierra, la han violentado con cemento y ladrillo, una terraza, para ver, ¿qué?
Me veo allí, los pantalones cortos, las rodillas despellejadas, heridas, costras duras, como las conchas de los caracoles, enfermos, que ascienden lentos por la pared. La pared imposible que contiene la montaña, que la detiene, para que no caiga sobre mi cabeza. Oh, sobre mi cabeza sigue la montaña, el cielo es con hierbas, matojos que huelen áspero, y almendros, un mundo vertical y duro y gris y viejo, también sabe a polvo, sus frutos, encerrados, avaros.
El silencio es ciego de luz, una bofetada de sol y de siesta, y tiene un corazón horrible, sostenido, ese grito de la chicharra que duele tanto. Yo me derrito de silencio y calor, mis manos sudor, mi rostro una masa, también naranja y arenosa, como la carne de la montaña. La estela de un avión, rasgando cielos, las rallas de mi camisa, azules, y una pequeña brisa que apenas mueve las hierbas altas sobre mi cabeza, para no morir.

martes, 26 de abril de 2011

LAS CARTAS FRANCESAS_ del Vizconde Verdemar a Peregrina


         Mi querida Peregrina:
seguimos hospedados en la Posada del Almirante Blake. Abril deja sembradas las cunetas de los caminos de unas diminutas flores azules que se abren como estrellas.  En nuestros paseos deliciosos me gustaría recoger todas esas estrellitas azules y enredarlas en la cabellera dorada y rojiza de Louise, como si fuesen una constelación sobre un cielo hilado con hilos de oro y fuego. Sin embargo me pone triste la imagen de verlas caer marchitas de su magnífica cabeza. Qué bello sería, por ejemplo, que esas pequeñas flores pudiesen seguir alimentándose del fértil mantillo de las ideas de Louise. Si la energía de su pensamiento corriese como una sutil energía eléctrica por las largas raíces exteriores de sus mechones, capaz de imbricarse a los tallos cortados y restaurando así el ciclo de la vida, estoy seguro de que esas flores silvestres seguirían lozanas todo el día y hasta sobrevivirían más allá del verano y las estaciones más crudas, cuando las heladas del inverno lo arrasan todo. ¡Oh, qué energía la de esta mujer, qué imaginación, qué curiosidad de ardilla! Por supuesto seguimos inmersos en nuestra ocupación detectivesca. Es una especie de gimnasia de la observación y la osadía que nos mantiene divertidos, quizás un poco disparatados en mi opinión. Pero me pliego con gusto a los entusiasmos de Louise. Supongo que porque ella es muy joven y temo que, de no acompañarla en su sentido lúdico de la existencia, acabe por verme como un hombre encantador, atento e inteligente pero… quizás un poco mayor, un poco fruta pasada, aburrida de comer.

Le confieso que, en ocasiones, los años que nos separan me pesan. Es verdad que toda su juventud vibra con las mismas cuerdas, en idéntica armonía a la energía de mi corazón. Eso me hace saber de mi frescura: estoy lleno de mareas y alegrías como las aguas fuertes de la tierra. Pero los espejos, a veces, me dan miedo. Sobre todo en la madrugada, cuando, indefenso, me los topo en una excursión al baño o en un paseo insomne por una habitación en penumbra, y entonces, de imprevisto, su luna, esa luz que de fantasmagórica es demasiado cruda. En estos últimos meses he tenido un par de encontronazos así con los espejos. Primero me he asustado, ¿quién es ese desconocido?, ¿quizás un enemigo, he de ponerme en guardia? Y al levantar las manos para parar un posible golpe, me doy cuenta de que el otro levanta las manos idénticas, con el mismo terror. Y este gesto abre la certeza de la duda: ese desconocido soy yo. Sin embargo no despeja las anteriores preguntas, ¿quién es, enemigo, he de salvaguardarme de él? Porque también ese reflejo encontrado no soy yo. A veces sospecho que es La Muerte disfrazada de mí. Se pone el traje de mi cuerpo, para ver que tal le sienta, como si ya le estuviera tomando las medidas. Ella disfruta su pequeño carnaval a costa mía, se enmascara de mí y luego se esconde en los espejos nocturnos, para asustarme. Y lo peor es que lo consigue.

Usted dirá que todavía soy demasiado joven para toda esta sarta de consideraciones, y tiene razón. No crea que estoy deprimido o incubando una enfermedad. Ahora mismo el sol brilla sobre mi cabeza con todo el júbilo y la fragancia de la primavera, y es quizás, debido a esta fuerza de vida que me ampara, que le puedo confesar mis zonas sombrías. Estoy sentado en la terraza del Café Viena, el más elegante del pueblo. Me regalo con un aperitivo mientras leo los periódicos, contesto a la correspondencia y cotilleo en los ires y venires de las gentes por el bulevar y la plaza. Todo este placer no es sino una tapadera para cumplir una misión que Louise me ha encomendado: tengo que registrar los rostros y averiguar después los nombres de todas las personas que se sienten a hablar con la Mujer del rostro azul (¿se acuerda de la misteriosa patrona de nuestra posada?) Parece que los domingos –hoy es domingo- hace toda su vida social en este Café, y por lo que sabemos ella no es muy popular ni bien recibida entre los paisanos, así que queremos averiguar quienes son los que se sienten obligados a demostrar, en este altar público, sus buenos modales y su deferencia para con ella. Esta importante misión la ejecuto en solitario ya que Louise se halla en otra, de la que solo conozco la tapadera: tomar una sauna y un masaje en los baños del Gran Hotel Miramar, en Chantiny,  a veinte kilómetros de nuestro refugio. Una excursión, higiénica en apariencia, para la que tomó un cabriolé muy temprano esta mañana. A la noche, delante de una buena cena,  intercambiaremos confidencias.

Entre tanto ha sido un placer este vermut en su compañía, mi querida Peregrina, y brindo otra vez –mi vaso saluda al cielo- por la amistad y porque tenga usted salud y dicha.

Su amigo,
 Vizconde Verdemar

jueves, 21 de abril de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_LA MOCHILA DE LOS QUINCE AÑOS

El día era tan ventoso que cuando pasó por el bar “La Alegría” vio que las macetas con setos de ornamentación estaban volcadas por la acera. Marcos apretó el paso y se metió por la callejuela de las casas bajas, la calle más bonita del mundo en su opinión, donde aún le seguía llegando alguna carta a pesar de que hacía muchos años que ya no vivía allí. Llamó al timbre y escuchó como por adentro de la casa resonaba el campanilleo. Nunca podía dejar de acordarse de su amigo Fernando, la primera vez que vino a merendar y a hacer los deberes una tarde de los siete años; cada vez que sonaban las campanillas de la puerta levantaba la cabeza extasiado.
- En mi casa – se justificó Fernando - el timbre suena feo, una especie de zumbido que taladra los tímpanos, supongo que eso contribuye a que las visitas de mi tía, la muy pesada, me resulten tan insoportables. Yo no sabía que el timbre de una casa podía sonar así de bonito.
- Eso es porque en esta casa viven hadas. Cuando hay hadas, las casas hablan así – le contestó enigmáticamente Marcos.
Fernando entendió lo de las hadas cuando, a la hora del pan con chocolate en el patio, conoció a las tres hermanas de su amigo. Desde ese momento ya no necesitó el estímulo de las campanillas para levantar la cabeza ni para lucir una mirada embelesada.
- ¿Qué será de Fernando? – se preguntó Marcos, volvió apretar el timbre, y mientras esperaba a que alguien abriera rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar el móvil. Tenía ganas de hablar con alguien. Quizás Fer estaba por el barrio y le apetecía quedar a tomar unas cañas. Cuando abrió la tapa del teléfono se dio cuenta de que se había quedado sin batería.

Los minutos pasaron y nadie acudió a la puerta. Marcos tenía la esperanza de que su madre estuviera en casa, trasteando en el patio con sus transplantes de primavera. Como siempre había extraviado las llaves en algún cajón de su lado de la cómoda, y quizás, cuando recogió la ropa, ni se acordó que tenía un juego “por si acaso”. Marcos era muy despistado, y parece que esa era una de las muchas razones que habían acabado por aburrir a su esposa. Se echó a la espalda la pesada mochila roja, la misma que llevaba con quince años a las excursiones y campamentos de verano. Lo más fácil sería entrar por el patio. Así que tuvo que rodear la calle y meterse por el callejón sin salida. Allí se subió al techo del coche de los Esnaola, que desde milenios descansaba allí su sueño sin motor. Aquel SEAT 1500 color banana era una institución en el barrio. Cuando dejó de transportar a la familia Esnaola se convirtió en una prolongación de la habitación de los juegos de todos los críos de por allí. En el SEAT se vivían fogosas persecuciones estáticas de ladrones, se reunían los más crueles espías, se fumaban los primeros cigarrillos robados y después los primeros canutos, y más tarde lo que se robaban era besos, caricias, citas a las cuatro de la madrugada de algún melancólico verano… Luego la señora Esnaola acabó con todo aquello por falta de espacio, convirtiendo aquel coche en un auto trastero donde acumulaba las mantas de invierno que nunca usaría y los numerosos botes de melocotón en almíbar que se obstinaba en producir a finales del verano, y otro sin fin de chucherías, según ella, dignas de conservar. Ahora la Señora Esnaola tenía alzheimer. Se lo habían diagnosticado siendo aún muy joven, con apenas cincuenta años. Su marido había tirado todas las cosas que se apolillaban en el coche, pero por alguna razón, no había podido desprenderse de él. Entonces buscó una excusa, una excentricidad, y transformó el interior del coche en un pequeño museo. Lo limpió, lo retapizó con una tela impermeable, y ordenó en su interior una serie de casitas para pájaros que él mismo se dedicaba a construir. Las ventanillas estaban bajadas, y en muchas ocasiones algunos pequeños pájaros decidían hacer su nidada dentro del coche. En el abierto capó el señor Esnaola colocaba una bañerita de bebé a la que cambiaba el agua cada día, así pues Marcos no se sorprendió de ver, parados allí, en trinado coloquio, un selecto círculo de verderones y zorzales.


Una vez arriba del coche tomó impulso, saltó y se quedó colgando del murete encalado. Pasó las piernas y se dejó caer dentro del patio de los vecinos. Lo encontró desmejorado, monótono, solo plantas de hoja verde oscura, anchas, un poco aburridas, pensó él, nada que ver con la profusión de colores y aromas que cultivaban su madre y hermanas. El gran Laurel lo estaba esperando. Se encaramó a sus ramas, trepó, y volvió a sentir el corazón ligero de sus años más jóvenes, cuando regresaba por las noches un poco alucinado y como siempre olvidadizo de las llaves. Se descolgó por las perfumadas ramas que ya tocaban el patio de sus padres, cuidando de no aplastar el macizo de gladiolos, espléndidamente abiertos y erguidos, como espadas con volantes.


Llevaría diez minutos sentado debajo de la gran parra cuando sintió algo silencioso que pasaba en su pecho. Tenía la forma de unos pasitos menudos, y era contradictorio, porque le hacía sentir bien y mal al mismo tiempo. Respiraba el patio, su silencio, su belleza tranquila agitada por los murmullos del viento, esos ruiditos vegetales de las hojas, las cascarillas que se arremolinaban en las esquinas del patio… se llenaba poco a poco de todo aquello, de aquel encanto detenido, mágico, algo que tenía que ver no sólo con las horas de la infancia jugadas allí, con las confidencias hiladas en las noches claras junto a sus hermanos, sus novias, su esposa. El patio le pareció un ser, alguien lleno de una energía buena, algo hecho de cosas duras, el suelo, la mesa, la fuente, las macetas, todas aquellas fisonomías no humanas y que sin embargo le hacían sentir como adentro de un abrazo. Y se acordó de ese juego del pilla pilla, en que uno toca un sitio convenido y grita “casa”, y ya nadie le puede hacer daño. Y de pronto supo que estaba muy cansado, muy cansado, no sabía dónde había estado corriendo todos esos años, ni por qué. Se sentó al lado de un cesto de mimbre donde se metían los juguetes de los niños. Metió las manos y enredó entre pelotas, cochecitos, marionetas de dedos, muñecos de cuerda para el agua, peluches, canicas, dinosaurios de plástico y de pronto se encontró con una muñeca de su hija. La llamaba Macedonia, porque en el momento en que se la regalaron ella había descubierto la macedonia de frutas de la abuela y la exigía para merendar todos los días. Macedonia estaba bastante despeinada y había perdido un zapato. Marcos sacó de dentro de la mochila una bolsa del supermercado que había improvisado como neceser, buscó su peine, y con mucha paciencia se puso a desenredar aquella melena de un color parecido a su propio pelo, aunque a él, reconoció, si le diesen aquellos tirones, lloraría.

miércoles, 20 de abril de 2011

DEL CUADERNO DE ABRIL


… hay ramas en el pensamiento
tallos de los que penden, pendolean,
frutos exóticos, vainas, nidos, panales…

por ejemplo, palabras ciruela, con su jugo dulce y verde
que se madura pronto.
Hay que aprovechar las palabras ciruela, decirlas pronto,
gritarlas desde el balcón,
regalarlas en las terrazas de los bares, en las esquinas
junto a las gitanas que venden rosas,

o bien hacer compotas de poemas, melazas
de relatos.

Es una pena cuando esas frutas
se echan a perder.


***


…voy vagabundeando por la página,
me paro, bebo té, -que se ha quedado frío-
descanso en la orilla, en la cuneta
de la frase, y dibujo flores, soles con un corazón en espiral, caracoles
con gafas graduadas…

luego, poquito a poco, prosigo, y no porque tenga algo que decir
sino por el placer
de este vagabundear página abajo,
descendiendo semillas de canto, esparciéndome
en palabras esenciales, y esperando
que los pájaros vengan a comer.

Mientras, invento una sombra de frases altas y frondosas,
Tallos altísimos de palabras jugosas, sibilantes, amorescentes…
y también una palabra charco, para meter los pies.

Espero a mi amigo el petirrojo,
cierro los ojos,
cierro el azul de los ojos tintos
hasta sentir su pequeño temblor, de pluma, en mi mano

viernes, 15 de abril de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_amapolas

Miriam tenía frío. Aún así se puso la chaqueta gruesa y vieja de su padre y salió al patio. Su pequeño hijo, Darío, estaba echándose la siesta en la cama de arriba, en la que había sido su habitación de niña. Allí habían dormido las tres hermanas y aún quedaban algunas huellas, la colección de conchas de Rosalía, la reproducción de la foto del beso de Doisneau, algún pijama que nadie se ponía en el fondo de un cajón y muchos pañuelos de batista, bien doblados y planchados, donde aparecían sus nombres bordados en alegres colores junto a mariposas, flores y mariquitas, el regalo invariable de cada primavera de la pobre tía Almudena, que ya murió.

Darío dormía con los brazos abiertos y los puños cerrados su sueño confiado de tres años. Y ella se aburría allí arriba, intentando también dormir porque llevaba desvelada varias noches y se sentía profundamente cansada e irritada. Su madre había insistido en que tomara, junto al postre de bizcocho de manzana, una infusión de valeriana y tila. Habían ido juntas al cuartito de las hierbas, donde su madre, como si fuese el taller de una pequeña bruja, tenía puestas a secar ramilletes de plantas que ella misma recogía en sus excursiones por el campo.

- ¿Por qué no te vienes con nosotros el sábado? – Le había sugerido su madre, mientras arrancaba con delicadeza las flores secas del tilo - Iremos hasta el monasterio de Santa Bárbara, la explanada ya estará alfombrada de amapolas, tráete la cámara, te divertirás.

Ahora, en el patio, mientras pasaba la mano por el verde fresco de los helechos, no podía quitarse de la cabeza el prado de las amapolas.

- Cuando me case, - había anunciado una primavera de sus quince años – quiero hacerlo en la entrada de la ermita de Santa Bárbara, será justo al alba, y todos nos mancharemos los bajos de los vestidos de rocío, y será como casarse sobre una lluvia invertida. Comeremos encima del tejado del monasterio, sobre las tejas rojas y al amparo de las copas de las encinas, que ya estarán tan esponjosas como nubes verdes. Desde el tejado veremos toda la falda de la montaña, como va cayendo en pequeñas terrazas de trigo, y los valles y las casas y las otras montañas tan lejanas y el humo de la gente de arriba, que todavía estará viviendo el final del invierno. Luego, yo y mi desposado os despediremos, bajaréis por la ladera de atrás, cantando las canciones más bonitas. Y yo pasaré mi tarde de bodas en la explanada, en el lecho de las amapolas, una larguísima tarde de amor, rodaremos y rodaremos como olas de amor por la marea verde y roja, aplastaremos todas las flores, las haremos sudar, me contagiaré de su terciopelo efímero y del oscuro botón de su misterio, y cuando venga la luna, la pradera estará destrozada de amor, como si hubiésemos sido gigantes que necesitasen toda esa sangre, todos esos pequeños corazones y corolas, para ascender la escalera de nuestro placer, pues estoy segura que mi placer será altísimo.

Sus hermanas la escuchaban embelesadas, Miriam era la mayor y tenía una singular autoridad sobre todos los miembros de la casa. Su padre le llamaba La Pitia, ¿dónde está mi Pitia?, preguntaba al volver a casa, y también, Señorita Pitia, debería adornarse la cabellera de pámpanos y cascabeles, ceñirse la cintura con rosas y laureles y llevar una pequeñísima mandrágora escondida en el puño izquierdo, aunque insista en llevar vaqueros, no descuide sus atuendos de nigromántica.

Otra primavera, cuando volvían de una de las excursiones deliciosas al prado, Miriam, entre sus amodorradas hermanas, declaró en el asiento de atrás,

- Cuando muera, quiero que me enterréis en la pradera de las amapolas. Sé que tendré que morir en primavera, pues no creo que podría descansar en otro lugar. Tendréis que ser proscritos, criminales, cavar una fosa sin que nadie lo sepa, en el medio del prado, sí, en el medio, para poder recibir todo el sol y toda la luna, toda la lluvia y los pequeños pasos de otras niñas que vendrán a corretear y a reír por allí. No quiero ataúd, ni caja, ni tan siquiera una sábana de lino. Sólo querría llevar mi vestido rojo, sin bragas, sin zapatos. Sólo mi vestido rojo. Ya sé que he crecido y no me cabe, pero cuando muera, veréis, volveré a entrar allí, en mi pequeño reino rojo.

Tenía diecisiete años, y curiosamente, a partir de esa petición, volvió muy pocas veces al prado.

Se arrebujó en la áspera chaqueta de su padre, olía a tabaco y al perfume de su madre. Metió las manos en los bolsillos y encontró un cigarrillo de los que liaba su padre por la noche, para fumárselos durante el día. Solo cuatro, se había prescrito él mismo, moderadamente. Miriam lo encendió, Uno no deja de robarles nunca cosas a los padres, pensó. Se sentó entre las hortensias, todo a su alrededor sesteaba, hasta la brisa parecía el débil ronquido de un niño viento mofletudo, ahíto de vida. ¿Por qué no se había casado en la ermita de Santa Bárbara?, ¿por qué no había tenido una tarde de bodas, íntima y solar? A veces le parecía que había dejado olvidado un objeto precioso en aquel patio, un objeto precioso que era la cascarilla, la concha mudada de su alma. Miriam no entendía por qué para crecer se había tenido que llevar tan terriblemente la contraria.

- Quizás aún lo remedie, -se dijo, y apagó el cigarrillo contra la cal del muro.

Al amparo del silencio y del lento viaje del sol por el cielo, se sentía una hija pródiga, de incógnito, lejana y aún por los caminos de los ladrones y los salteadores, una hija desconocida, y sintió la añoranza del patio interior perdido.

Un destello en los cristales de arriba le hizo alzar la cabeza. Se vio de pronto, rubita y regordeta, las manos pegadas al cristal, mirándose. Y comprendió de una manera luciérnaga, como si hubiese brillado un instante un pensamiento lucerito a la orilla del gran río del pensamiento continuo, que tendría que hacerse madre de sí misma para recibir a la Miriam que se había extraviado en el camino de ser y hacer la vida. La niña de arriba le sonrió y sólo entonces se dio cuenta de que su hijo Darío se había despertado y seguramente querría la merienda.

miércoles, 13 de abril de 2011

cerca de tu sueño
he dejado una cajita de almendras
por si almendrabas el hueco
de tu hambre


mi nombre
llave


cerca de la ribera de tu sueño
donde aún hay huellas del pájaro
que no existe
te embebiste
de mi sed


tu soledad
llave

jueves, 7 de abril de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_Cae la lluvia blanca

El patio de la casa era sombrío. Cuando el abuelo, muy joven, compró el terreno, construyó una pérgola de delicados alambres que iban de la pared de la casa hasta el murete, y allí hizo retoñar y trepar una parra de uvas blancas y dulces. La vid, vigorosa, con su silencio vegetal, durante aquellos años había crecido como un techo verde sobre las cabezas de la familia, que en las tardes se sentaban a merendar y a charlar sobre las cosas del día. La fruta era buena, y aunque las abejas y los pajarillos hacían también allí su merienda, aún quedaba para en las tardes tempranas del otoño estirarse a recoger algún racimo, que en la familia se les llamaba los pendientes de la abuela, y colocarlo en el centro de la mesa, junto a un queso y a un porrón de vino joven y fresco. Uvas con queso saben a beso, esta era un dicho que les encantaba repetirse unos a otros, y aprovechaban a dar un bocado y besarse a la vez.

En el patio, largo y asimétrico, la abuela había comenzado una tradición de macetas y jardineras que también trepaban por el muro encalado. Las mujeres de la casa eran enamoradas de las flores, y ahora que la primavera despuntaba Rosalía, la más joven, tenía las manos sucias de tierra mientras plantaba unos bulbos de jacinto blancos, azules y de color fresa.  Trajinaba cerca de la pequeña fuente con pilón donde Darío, uno de sus sobrinos pequeños, había dejado flotando sus juguetes de peces y submarinistas. Rosalía tomó a la muñeca nadadora. Llevaba bikini a rayas blancas y rojas,  unas gafas de buceo con tubo, y en los pies unas aletas verdes fosforito. Dio cuerda a la muñeca y la echó a nadar al pilón. Sus brazos y sus piernas de plástico se movían veloces. Rosalía, soñadora, seguía los avances de la muñeca y se imaginaba ella también braceando en aguas esmeraldas, dando largas y elásticas batidas al agua, avanzando por el placer de avanzar, por la voluptuosidad de sentir el cuerpo libre y desplegado y salvaje y vivo y poderoso. Si este verano conseguía volver a la isla quizás sólo haría eso: buscar la cala más solitaria, sumergirse en agua fría y dejarse abrazar por todo el mar. Necesito cansarme, -se dijo Rosalía- necesito caer rendida por las noches, borracha de vida, borracha de mi propio agotamiento. Rosalía era un ser sedentario, amiga de ensimismarse en sus pensamientos, de contemplar con detenimiento el movimiento de las cosas más lentas, los caracoles, la danza de las hojas cuando las cimbrea el viento, la lentísima marcha de la grieta en la pared. Sin embargo, cada cierto tiempo, necesitaba con avidez sentir los límites de su propia resistencia. Ella decía que en los meses fríos era más una persona planta, con una psique absolutamente misteriosa hasta para ella misma. Pero en los meses cálidos se convertía en persona animal, y el cuerpo reclamaba un espacio y una presencia que a veces se volvía dolorosa, de tan presente. Rosalía se olió las manos negras y húmedas. La primavera también le despertaba estas pulsiones, olerlo todo, como un perro, y a veces envidiaba al pequeño Darío, que aún tenía permiso para llevarse cualquier cosa a la boca y lamerla. Se acordó cuando de pequeña ella comía tierra, cuando chupaba los carbones de la estufa, cuando lamía los hierros del balcón.

Sin mediar aviso un fuerte viento hizo temblar la tarde. En el patio empezó a caer una lluvia blanca, aterciopelada y fragante. El árbol del patio vecino se estaba desflorando sobre la cabeza de Rosalía. Su hermana salió de la cocina con el niño en brazos, y al ver la cabellera de Rosalía nimbada de pétalos rió y le dijo, con una voz que recordaba a un pájaro, Pareces una novia. En ese momento el reloj de la iglesia dio una hora entera y llena de bronce.