oración

si yo fuera peregrina de mi misma
si llegara a la dulce
posada esmeralda
del corazón

lunes, 9 de enero de 2012

VIVERO DE PLANTAS REFLEXIVAS

Las palabras semilla/
encierran dentro/
la potencia de un mundo/
por desplegarse



… el miércoles 11 comienzo un curso de escritura que he titulado BIG BANG & BIG CRUNCH, porque me parece que escribir tiene ese movimiento de sístole y diástole, tan orgánico, que nos conecta a nuestro propio imaginario y al imaginario colectivo.

A mi entender, es desde ese equilibrio entre estar entrañado con el lenguaje, hacerlo casa propia,  y estar empatizado con la realidad de los otros, que surge la chispa de la creación.

Una voz original es también una manera original de pensar, de sentir la vida, y de ahí nace la necesidad de la expresión.

La necesidad es un gran motor. Bienaventurados los que tienen hambre de sus propias palabras, y las labran, las tejen, las cultivan.

Sobre una misma mesa, abrir los cuadernos, compartir el vértigo de la página en blanco, el juego, las ramas del árbol de la imaginación, mancharse las manos de tinta y de instinto.

Reviso los materiales que quiero proponer a los participantes, y siento el sabor de la aventura.  A mi espalda, las viejas estanterías con los libros que me han acompañado de una ciudad a otra, de una casa a otra, de una edad a otra, como pájaros posados pero llenos de vuelo. Gracias a tantos escritores he volado y también he crecido y me he atrevido a inventar otros cielos… y con su bendición, humildemente, abriré la puerta de este curso.

lunes, 2 de enero de 2012

AÑO NUEVO, EDICIÓN NUEVA

Saludo el nuevo año con este regalo precioso, una nueva edición de mi texto teatral 
La América de Edward Hopper.

La escritura y puesta en escena de esta obra me ha brindado muchas alegrías, entre ellas, volver a trabajar con Alícia González Laa y Joaquín Daniel, dos actores a los que adoro, y también  con colaboradores magníficos como Quico Gutiérrez, el poeta de la luz, Frank Cruz o Júlia Bel, grandes aliados y magos de la practicidad y la materialización de las necesidades, y descubrir nuevos y talentosos compañeros de profesión, el honor de trabajar con el gran escenógrafo Jon Berrondo, con Romana, con Marc...tanta gente entusiasmada y creando este sueño. Gracias también a Frederic Roda y su equipo, por su confianza y apuesta en este proyecto que nos llevó a viajar por  escenarios donde abrimos nuestra ventana hopperiana, en la Muestra de Autores Contemporáneos de Alicante, en Girona, en la larga temporada en el Teatro Español de Madrid, aquí en casa, en Barcelona, y también en mi tierra de origen: ha sido el primero de mis montajes que subió al Teatro Bretón de Logroño.

Ahora CAOS EDITORIAL, www.caoseditorial.com, saca una edición revisada del texto. Ha sido para mí un placer trabajar con su editor, Plácido Rodríguez, por la calidad, el cuidado y el respeto con que ha realizado su trabajo. Estoy muy contenta de este libro electrónico que ofrece, además del texto, una disposición de materiales complementarios muy interesante. Como libro electrónico tiene un precio popular, dos euros. Os invito a que entréis en la página de CAOS pues tienen una presentación de catálogo y unos autores muy interesantes.

Y para daros un poco de la miel de La América de Edward Hopper, añado aquí el texto que a la manera de epílogo escribí para esta edición. Salud y que lo disfrutéis.



LA AUTORA, MIENTRAS SE TOMA UN CAFÉ, DICE…

Hace algunos meses me mudé, dejé una casa en la que había vivido durante doce años. Deshacer una casa es desmembrar un orden, aunque sea frágil o aparente como es en mi caso, y vivir unos días en el caos: vaivenes de objetos, de pasado, cajones olvidados, fondos de armario abisales con su resaca de cuadernos descoloridos, piedras, chucherías, el broche favorito que diste por perdido, ese regalo tan bien intencionado que daba pena tirarlo…; así reencontré por sorpresa el calendario de Hopper, el original que me había evocado una primera sensación de la obra: la historia de unas vidas, de un amor y de una herencia, fragmentada a través del tiempo. La estructura de un ciclo temporal me permitía asociar la temperatura de las emociones a las de la climatología, y ligar el devenir del tiempo y de la historia a los paisajes y las habitaciones del particular universo pintado y poetizado por Edward Hopper. En el texto, esos doce meses que comprenden un año se abren como espacios paradójicos, porque, gracias a la inmersión en la escritura de la protagonista, el tiempo rompe su aparente linealidad y transcurre, paralelamente, en años históricos distintos y en distintas vidas, interconectadas por la imaginación y por la necesidad de trascender la muerte. En esa mudanza también encontré el otro calendario de Hopper que me regaló el productor de la obra poco antes de su estreno en mayo de 2009 en el Teatre de Ponent de Granollers. En enormes cajas rojas, decoradas con detalles de su pintura —una puerta al mar, una bañista leyendo en la cama, unos navegantes a vela blanca por un océano límpido y tranquilo, la palabra América como un poste indicador de carreteras— cuidé de dejar bien clasificados los muchos materiales que la gestación de esta escritura y después su puesta en escena generó. Recuerdo las primeras semanas de escritura de La América de Edward Hopper como una mezcla de sorpresa y delirio. Yo tenía el compromiso con el T6, el programa de autoría contemporánea auspiciado por el Teatre Nacional de Catalunya, de escribir una obra con unas fechas de entrega del texto, con sesiones en las cuales se leía la obra en construcción al resto de los autores componentes del T6 y, lo que era más acuciante, unas fechas de estreno. Éste era mi segundo texto dentro de esta experiencia, el primero había sido Una mujer en transparencia, del que acababa de salir. Tenía que dar un nuevo salto al vacío de la escritura. Un par de historias me rondaban, algunos personajes pedían audiencia. Me fui a América, a Buenos Aires, a pasar uno de los inviernos más helados de mi vida y según me dijeron también de la ciudad, donde nevaba por primera vez desde no sé cuantísimos años. Pasé dos meses y medio nutriéndome, de muchas cosas, en primer lugar de una sensación de libertad. A pesar de los compromisos me tomé ese tiempo como una especie de paréntesis. Intenté organizar ese viaje bajo la premisa de no hacer planes, no buscar objetivos, viajar a la deriva del día a día, a la intuición del momento, a las fuerzas y los deseos reales de los que disponía en cada instante. Viajar así es difícil. Muchas veces son las metas, aquello que nos proponemos conseguir, lo que nos da fuerza para encarar y atravesar la vida. Allí escribí unos poemas. Nada más.

Luego, de vuelta en Barcelona, las ideas para un texto dramático no acababan de cuajar, cuando, de repente, un día rompí aguas y un título y una idea de hace seis años irrumpió con mucha fuerza. Es bello comprobar cómo el inconsciente va haciendo su trabajo, su lenta sedimentación de los temas y los personajes de los que nos va a ser dado hablar. Hace poco, en la casa de mis padres, revisé unas libretas de la adolescencia y la primera juventud. Me asombró encontrar, al margen de la calidad de lo allí escrito, el mismo lugar de observación, las cosas que me llaman la atención, las imágenes que me tocan, incluso la asociación de ideas o las metáforas recurrentes. El jardín interior, del que hablaba Luis Landero en sus clases, ese jardín propio de nuestras querencias y obsesiones, que puede parecer muy pequeño y sin embargo es infinitamente grande a la hora de explorarlo con la paciencia de la pluma, la riqueza de sus pequeños detalles, la mutación de sus frutos.

La escritura de La América de Edward Hopper  tuvo algo de jardín de un Edén, fértil y generoso, pues a medida que escribía sus escenas iban apareciendo otros textos en paralelo. Por ejemplo,  escribí algunos de los poemas de la madre de Tomás (cuyo estilo, por cierto, nada  tiene que ver con el mío). Tendría que revisar toda esa hojarasca de aquellos días, esa exuberancia. Un día, ante el peligro de un río con muchos meandros que va perdiendo su fuerza, acoté las energías y la dirección de la escritura al único propósito de la obra. Cuento esto porque dentro de la pieza teatral hay un poco de caja de Pandora de los géneros literarios, la poesía, el cuento, la epístola, incluso el propio teatro…; la clave es que los personajes viven desde la inextricable conexión entre vida y ficción, la expresión de la imaginación y la plasmación de la realidad, a veces como juego consentido, a veces como destino más allá de lo que están dispuestos a aceptar, a veces como salvación, a veces como iluminación.

Porque la historia de este amor es, ante todo, el amor a la palabra. Creo que el héroe contemporáneo se nos presenta, con frecuencia, bajo el signo de la orfandad. En los personajes de Vera y de Tomás es así, de manera tan extrema que a ella casi la hago filia de una máquina de escribir. Más que el reencuentro con un objeto del pasado, la hago reencontrarse con su árbol genealógico en forma de Olivetti. Por su parte,Tomás, cuya madre es un personaje ausente de gran importancia en la obra, parece nacido de tomos y tomos de poesía. Los escritores son los protagonistas de esta historia, y por escritor entiendo a toda aquella persona que tiene en la palabra una herramienta viva, un camino y una pasión.

Normalmente, cuando leo la biografía de alguien a quien admiro o me interesa mucho sufro una decepción. Por mi propia experiencia sé que muchas veces lo que es verdaderamente crucial, lo que está lleno de vida y misterio y potencia, no ocurre en los hechos, en las anécdotas, en lo que se puede contar. Los personajes de los cuadros de Hopper, lejos de verlos a la manera canónica, como unos aquejados de melancolía, los siento inmersos en esos instantes, en esos mudos, íntimos e indescifrables instantes donde la vida está más viva que nunca, donde algo sucede de verdad, un pensamiento, un sentimiento, una revelación, una intuición, una total asunción del presente. Hablar de esa intimidad, de esos «paisajes interiores» con los que ironizaba Koltès, ¡qué difícil, qué material tan etéreo para la carnalidad de la escena! Y sin embargo, si hay algo que aprecio del teatro es su capacidad de magia, esa capacidad que me otorga de soñar un mundo y darle cuerpo, materia, y compartirlo en un escenario. Cuando era muy pequeña, con tres o cuatro años, tenía la extraña sensación de que ya conocía todo lo que tenía alrededor, la puesta en escena de la vida por así decirlo, sin embargo, y no sé por qué motivo, me parecía que estaba todo equivocado. Amo el teatro con pasión, pues es un lugar donde el arte, esa cosa misteriosa y maravillosa que es el arte, sucede de una manera única. A pesar de sus férreas leyes creo que todavía hay mucho por explorar en el lenguaje escénico, desde el mismo material matriz, desde el texto. Supongo que desde pequeña tengo una visión de las cosas y creo escribir, no de esa visión exactamente, sino de la falla que se produce entre lo que yo intuía o recordaba del mundo, y del mundo que he recibido. Esto es, sin duda, muy personal. La América de Edward Hopper es una obra muy personal. La concibo como un gran viaje, y con el espíritu de un viajero hay que adentrarse en ella.  

Ahora las cajas rojas, con todos los materiales, los papeles, los cuadernos, las fotos… están cerradas, en la estantería, en una nueva casa. Sin embargo, mientras sobre este escritorio cae el crepúsculo mediterráneo, vuelvo a sentir las voces de Joaquín y Alicia, los actores del montaje, cuando hacíamos una pausa para comer durante los ensayos; brindábamos con vino tinto y nos decíamos, «es raro que Vera y Tomás no sigan, habría que escribirles unas aventuras, nos interesa mucho conocerlos, queremos saber más de ellos, qué les pasará, qué harán después de la última escena». Y es que esta obra, con su estructura laberíntica, tiene una dirección hacia el futuro, unas ganas de vida que no acaban cuando cae el telón.

            Barcelona, mayo de 2011




lunes, 19 de diciembre de 2011

UN CUENTO PEQUEÑITO CON SEMÁFORO Y NUBES

Habían anunciado tormenta de nieve para la tarde. Era viernes, y Leire se imaginó un fin de semana en pijama, o mejor desnudos, bajo el grueso cobertor, hablando de los planes para el próximo verano, leyéndose en voz alta los Winter Tales de Isak Dinensen, comiendo a deshoras, dulces y bizcochitos que dejarían sus huellas de migas por entre las sábanas, haciendo el amor y revolviendo los abrazos entre todas esas cosas, largas caricias y besos caracol ascendiendo lentamente por la espalda hasta lograr el escalofrío de placer en la nuca.

Abrió el frigorífico. Presentaba la desolación de dos yogures y una rama de perejil yaciente. Se enfundó las botas y Salió a comprar provisiones. La gente le venía de cara con las narices encendidas, como guindas o como payasos, pensó Leire. Pero las frentes se cerraban en un gesto duro, los ojos lagrimeaban y las bocas se apretaban tensas, quizás en un gesto involuntario por abotonarse contra el frío un poco más.

Mientras esperaba a que el semáforo cambiara a verde, vio a un niño en la otra acera. Tenía a su muñeco muy bien abrigado, lo abrazaba contra su cuerpo. La carita de plástico estaba justo debajo de la cara pecosa del niño. Eran las únicas caras que sonreían en la apretada fila. La pequeña boca se entreabría y dejaba escapar una nube caliente, generosa.

El niño miró a Leire, miró su boca pintada, curvada, descerrajada en una amplia sonrisa, la nubecilla del calor de la sonrisa flotando delante de su cara.

Al cruzarse se dijeron adiós con la mano. Fue una señal mínima, íntima, y con las caras una en dirección de la otra lanzaron una gran bocanada de nube y sintieron el calor fugaz de la felicidad del otro.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Un poeta habla




gracias
por oler
la madera que nunca muere
y crece en sonidos
sigue brotando
esculpida en voz

gracias
por tu voz
y su pausado recorrido
los abruptos paisajes de la pasión
la orografía de volcanes y mujeres
y simas esteladas de noches

gracias por dejarte
visitar, fecundar
por la abeja poesía
sus flores y sus venenos

gracias
por dejarme
abierta
la ventana
de tu mirada
por ayudarme a comulgar
con esa parte
que es el todo
y que me ama

gracias
por nuestra intimidad
casi conyugal
pero sobre todo amante

          the sea so deep and blind
          where still the sun must set
          and time itself unwind
          oh love , aren´t you tired yet?
          and time itself unwind
          oh love, aren´t you tired yet?

y gracias

martes, 1 de noviembre de 2011

una espera

Esa mañana la pequeña mujer se levantó más temprano que de costumbre, ¿quería cazar al sol? Afuera de la ventana la negrura de la noche no dejaba distinguir nada. Esperó pacientemente. Los pies fríos sobre baldosas rojas, deslucidas, viejas. Esperó pacientemente. No ocupó la espera en pensamientos, en recuerdos, no hizo la lista de la compra, no resolvió ningún problema. Dejó que la espera fuera sólo eso, espera. Y entonces la espera se volvió algo parecido a una oración. Los pies fríos sobre baldosas rojas, cocidas, barro viejo. La noche afuera no cedía, las horas se agarrotaban, duras, contra el cristal. El hueco de la cama aún lo sentía caliente, allí, a sus espaldas, percibía ese tibio olor de su cuerpo reposando ahí. Por alguna razón sintió nostalgia de los animales mansos, los corderos, las vacas, los bueyes y su vahído. Pero apenas la punta de la nostalgia, no quería distraerse. Esperaba llena de espera, con paciencia, con atención de artesano. Luego una línea de oro. De repente, un brillo súbito, cegador. Y otra vez el nubarrón de la noche. No se desanimó. Es el preludio, se dijo. Los pies fríos sobre las baldosas rojas, rotas de viejas. Y enseguida, otra vez, mil pétalos de luz detrás de la ventana. No era el único sol, el que conocía de toda la vida, no era el único. Millones de soles pequeños, de flores soles, girados hacia ella, luciendo, abriéndose detrás del horizonte, llenando el paisaje de detrás de la ventana, llenando su retina, hasta calentar la noche más profunda que ella, la pequeña mujer, llevaba en el centro de su esperanza.

martes, 18 de octubre de 2011

aquellas pequeñas cosas





caminar la lluvia, buscar adrede los charcos, caer adentro, al fondo de los lagos urbanos,


ondinas de asfalto, en las fuentes de los parques, en el agua que sobra de las macetas
balcón abajo,


caminar las horas del crepúsculo, empezar un extremo de la acera en día
y acabarlo en noche,
perseguir el canto de los pájaros
en las ramas que empiezan a dormirse


caminar, bien arrebujados en el sofá,
la tierra adentro de los recuerdos y de las ensoñaciones


y una voz que nos toca las entrañas
un dedo voz, íntimo, en un rincón oscuro del pasillo,
que parece decirnos
levántate y canta

jueves, 29 de septiembre de 2011

cuánta hermosura!

Qué hermosos son los muros blancos, desnudos, casi huesos
de una casa,
como si el sol y el desierto hubieran roído al animal
casa
y sus ventanas simples cuadrados negros, líneas puras
a fuerza del agotamiento, de los dientes del tiempo;

y qué hermosas son las paredes desconchadas, esos lienzos
de manchas imprecisas, capas
de papeles pintados, de baldosa deslucida, de cemento,
esos mapas sobre las paredes,
esas rutas de las heridas, calendarios plásticos con sus pieles
cayendo…

… y qué hermosas esas fachadas
sobre las que han caído miles de lluvias
y tienen enredaderas de sombra y suciedad,
marcos comidos, puertas hinchadas, ruidos
de vieja desmembrada,

cuántas hojas de silencio
con tanto escrito

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La llegada.


            Las luces tiemblan en la ventanilla. Es la lluvia, las atrapa en goterones, las rompe en un calidoscopio enfermo.  Yo estoy dentro, en el taxi. A mi lado el profesor Dexter habla y habla. Hace ocho años, en mi primer viaje a esta ciudad, no me hubiera importado la lluvia. Viajaría con las ventanillas completamente bajadas, la cabeza afuera, ávida por recibir toda esta fiesta. Mientras veníamos desde el aeropuerto el crepúsculo caía tan lento como si tuviera miedo de aplastarnos. Nuestro pequeño coche, cucaracha rubia entre las demás cucarachas; mi pequeña vida y su maleta, la noche nos sabe demasiado frágiles frente a su poder. Al cruzar el puente me he esforzado por sentir la vieja emoción, pero no estaba en su sitio, sin duda otra cosa más perdida en este traslado. Sobre el agua ancha del río se reflejaban los párpados artificiales, los semáforos, las farolas, las largas guirnaldas de los faros y de las fachadas de los teatros. Inventamos la luz cuando nos falta el sol, inventamos los faros sobre los escollos del océano, la alegría, la esperanza, son artesanías talladas en la pura necesidad. Creo que no volveré a la casita, lo mejor será ponerla en venta. No sabría ya dar los paseos, seguir los senderos por donde las dos reíamos jugando a bandoleras, llegar al faro viejo, imaginar lo que cantan las sirenas y cantarlo, ella con su voz pequeñita aupada a mi voz de tabaco. Por fin el taxi para en un edificio de ladrillo rojizo. El profesor Dexter se hace cargo de las maletas. Insiste en una melopea de disculpas, monótono, como esta lluvia sin drama ni poesía, agua sucia, aplastando la polución contra las aceras. Estoy demasiado borracha para prestarle atención. Me he estrenado como viajera en primera clase, donde esas chicas te miran tan simpáticas mientras agitan vasitos con hielos de colores. Subimos escaleras hasta un segundo piso. El profesor abre la puerta y entiendo lo que quiere decir, sus lamentos, sus genuflexiones. La casa está vacía. Huele a recién pintada, pero no hay ni un mueble, sólo una cama, con el colchón todavía enfundado en su plástico. Vamos a la cocina, él abre armarios y comprueba, aliviado, que por lo menos hay vajilllas y cazuelas y provisiones en latas y esa extraña robótica tan propia del atrezzo americano. Sobre la encimera unos paquetes envueltos en papel de aluminio. Es comida preparada, solo hay que recalentarla en el microondas. El profesor Dexter, sin embargo, insiste en salir a cenar fuera para celebrar mi venida. Necesitará compañía en su primera noche, me dice. Creo que me mira el pecho. Me excuso. Estoy demasiado cansada. Le pido un cigarrillo. Cuando cierro la puerta tras él no sabría describir su cara, quizás tenga unos ojos, seguramente, todo el mundo los tiene, pero ¿de qué color, qué color puso sobre mi pecho? Me doy cuenta de que tengo los tres primeros botones de la blusa desabrochados, se me ve el sujetador. Los neones de un anuncio entran en el salón tiñendo la penumbra ahora de rojo, ahora de azul, ahora de rojo, ahora de azul. No hay manera de salirse de ese paréntesis. Paseo por la casa, toco las paredes, su franca desnudez. Me siento agradecida de que esté así, vacía, es más verdad. No tengo estómago para quitar la piel de plástico del colchón. Cierro la puerta del dormitorio, hasta querría tener una llave por candarla, candar a esa puerta imprevisible de mis sueños; quizás mi auténtico miedo sea ahora descansar, me parecería una traición.
Me tiendo en el suelo. Ni tan siquiera espero dormir. Fumo, dejo mi aliento en este vacío, espirales azules que en algún punto hacia el techo se quiebran y desaparecen.

lunes, 5 de septiembre de 2011

DICCIONARIO DE USO, ETIMOLOGÍA Y ALMALOGÍA DEL ESPAÑOL DE TÉRMINOS COSMOLINGÜÍSTICOS PERTEJOS O PEREGRINOS. (En construcción)



Albriscente.- adj. Dícese de toda persona, animal, cosa o circunstancia que aúna las cualidades del brillo, la claridad y la frescura, por lo general en un grado que permite suponer que aún irán en aumento. Es decir, éste término tan singular cifra lo calificativo en el tiempo. Es un adjetivo que habla de un presente creciente -un adjetivo lunar por tanto-, y que connota una dirección de mayor plenitud, el futuro. Suele aplicarse sobre elementos jóvenes o nuevos. (Pej, el potro albriscente en medio de la manada, un proyecto albriscente y emprendedor, las primeras lluvias albriscentes de la primavera.) 2. m. En filosofía, úsase para designar una mente brillante capaz de sorprenderse así misma. De los poetas dícense que son albriscentes cuando comienzan a versificar a edades tempranas (Rimbaud, el maldito albriscente). Los temperamentos albriscentes son muy temidos en los colegios religiosos y en toda institución subsidiaria de la obediencia y la constricción. Por eso en ciertos curriculos se lee una nota escrita en caracteres escarlatas, “cuidado, albriscente”. En ciertos pueblos de Soria las choperas y alamedas por la noche son los bosques albriscentes, por lo que vuelve a redundar aquí la importancia del tiempo, en este caso sumado al elemento mágico que comporta la ausencia de día. Los bosques albriscentes han dado un rico folklore de leyendas y cuentos en dichas comarcas.

viernes, 26 de agosto de 2011

PAPELITOS SUELTOS



Camino por las calles  enormemente pródigas en papelitos, llamar a Ana 93 456 y lo demás borrado por la lluvia, Tintorería La Españolita americana de ante 35 euros, un trozo de papel cuadriculado en el que una niña pintada con boli bic punta fina sostiene un globo en forma de corazón, una carta con el tres de tréboles, un ticket del supermercado que suma cebollas, ajos, margarina, queso de bola, varios botellines de cerveza y al final, con lápiz de ojos, una pregunta, ¿iremos?

Retazos de gente que no conozco. Escamas de vida, desprendidas, viajando a ras de suelo. Pedazos mínimos de un jeroglífico, que se compone y se descompone con igual celeridad.


***


Los fondos de mis bolsos son abisales. Viven papelitos raros, arrugados, a veces tan viejos y amarillos que no se les leen las venas, lo que un día contaron. Las frases empalidecen y mueren. Saco un manojo de extractos del cajero automáticos, ¿para qué saqué ese dinero, qué compré, en qué lo empleé, qué necesitaba? Servilletas de tantos bares con dibujitos, pequeños poemas con huellas de café, teléfonos y nombres que no sé a quién pertenecen, ¿quién era Marta la de las castañuelas?

***


Las notas de amor se posan sobre las superficies de la casa. A veces esperan en el recibidor, junto a la luz encendida que me aguarda por la noche. Algunas quedaron imantadas en la puerta del frigorífico y te saludan cada vez que necesitas desayunar o comer o tienes sed o simplemente estás tontona y picas por picar. En ocasiones son pícaras y se esconden en lugares insospechados, el cajón de la ropa interior, o reposan sobre la almohada, acompañadas de jazmines. Hay unas muy tiernas que rodean el marco del espejo del cuarto de baño, y te hacen reír a pesar de las legañas y los ojos hinchados. Las soñadoras se enganchan en el cristal de la ventana. Y están también las viajeras, de un libro a otro, del corcho a la mesita, del cajón a la papelera… Las notas de amor, esos pajarillos silenciosos alegrando la casa.

miércoles, 10 de agosto de 2011

nocheando


Es la noche y su callado paso por las habitaciones. Sopla una brisa tan fresca que hemos tenido que cerrar la puerta del balcón. Afuera las plantas cabecean, y más lejos, hasta el mar, las luciérnagas eléctricas de la ciudad sostienen la enorme masa negra que ahora nos unifica, cielo con tierra, tierra con asfalto.

Los vecinos de arriba mueven muebles, parece que alguien barriera.

He dedicado el día al orden y la limpieza, y eso me ha hecho sembrar el caos, el suelo desbordado de papeles y preguntas ¿dónde pongo esto, dónde lo otro? Los libros de arte han emigrado a otro nido, ahora hay hueco en la estantería para poder albergar nuevas carpetas con nuevos escritos.

Al amparo de una bóveda de luz, tumbada en el sofá, leo cuentos de Jean Rhys. Son tristísimos, de inocentes irónicos, de duros humanos, de desnudos en carne viva. Gran autora de la que hace poco he regalado su Ancho mar de los sargazos a una amiga por su cumpleaños. Entre cuento y cuento me tomo todo el silencio del mundo. Voy mirando las pocas cosas que hay que ver, las de todos los días, ahora súbitamente misteriosas por esa pátina mágica de la noche. Siento a esa señora, la nuit, impregnándose en todo, como un licor que llama a los bravos del placer, impregnándose en las yemas de mis dedos, de repente, ansiosos.

La intimidad de la noche es un poema delicioso de vivir, infinitamente escrito, vestido de mil maneras, con tacones altos, con calles estrechas, con playas amantes, con bares que cierran, con risas, con lágrimas, y también en la cotidiana sorpresa que habitamos.

Siempre he querido componer un disco nocturno, un canto nictálope, susurrante, gateando tejados, maullante de lunas. Ahora me pondría a cantar, pero todos duermen, hasta los vecinos de arriba dejaron de arrastrar sillas.

Así que dulces sueños a los que cerraron los ojos y dulces ensueños a los que aún los tienen abiertos.

jueves, 7 de julio de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_ antes de volver al hogar

Miriam volvió a la casa. Llamó tres veces, con suaves toques en la puerta pintada de color teja. Mientras esperaba se miraba los dedos libres en las sandalias, las uñas pintadas de color chocolate, movía todos aquellos tentáculos tan lejanos como si fuesen capaces de tocar la pianola. De pronto la puerta se abrió. La cara de su madre en la penumbra, con una pregunta en los ojos.

-Me he dejado los melocotones en tu frigorífico.

         Desde hacía años la vecina de al lado, María, les traía barcas de fruta  y verdura de los bancales de su pueblo. Emma hacía la repartición entre sus hijos. Había guardado dos kilos de melocotón amarillo para Miriam. Así que ella había venido a la casa y se habían pasado dos horas charlando y comiendo natillas y después bebiendo una copita de champán tan ricamente. A la hora de las despedidas, como tantas veces, su hija se volvía sin la embajada.

-Por lo menos te has dado cuenta ahora y no en el metro.

         La cocina estaba silenciosa. La sombra de la morera y del parral entraba pesada, cada vez más densa, y ponía una paz apagada sobre cada cosa. Sólo se atrevía a relucir una tetera de cobre a la que aún llegaba un rayo del sol de la tarde.

-¿No tienes que poner una lavadora?

         Emma miró sorprendida a su hija. El cesto de mimbre siempre estaba a rebosar. Ahora que se habían quedado su marido y ella solos, sin embargo, las faenas no disminuían. Los nietos que había que cuidar y que tenían su propia ropita en los armarios que fueron de sus padres, los hijos pródigos que volvían intempestivamente-su matrimonio roto o con problemas en el piso de alquiler-, la tía Amelia a la que se le había roto su vieja lavadora.

- Siempre hay algo por lavar.

         Miriam se sentó en la mesa. Hizo crujir la bolsa de plástico y sacó un melocotón. Lo acarició pacientemente.

- ¿Y tú, no quieres meter algo?

         Emma, doblada, metía en el tambor de la lavadora camisetas, toallas, ropa interior, calcetines, bermudas. Luego puso en la cajeta los polvos de detergente y el suavizante de color azul.

- Me gustaría meterme entera, pero sólo voy a mirar.

         Desde pequeña a Miriam le gustaba mirar la lavadora mientras hacía su programa. Se concentraba en el ojo de buey y en las vueltas que hacían girar y girar los colores de la ropa. Decía que el sonido la tranquilizaba.

- Es como una nana.

         Peló su melocotón y se lo comió a mordiscos pequeños. El jugo le resbalaba por las muñecas y los antebrazos. En la puerta de la lavadora se veía espuma girando y girando. Estaba sola. Oyó a su madre que empezaba a regar las plantas en el patio. Los pájaros de la tarde hacían su conferencia. El ruido monótono marcaba el compás. La tetera había dejado de brillar y era una sombra más en el humo de las estanterías. Miriam pensó que le gustaría saber pintar el tiempo para detenerlo. Pero el tiempo, hasta en una pintura, no se detiene. El tiempo lo roza todo, lo suda. Y por eso había que lavar tanta ropa, aunque no estuviera realmente sucia.

- ¡Gol!

         Unas cuantas voces, excitadas, se oían retumbando en la calle. Después un petardo y una bocineta. Miriam tiró la peladura a la basura. Cogió la bolsa y se acercó a la puerta que daba al patio.

- Adiós mamá, gracias.

         Su madre le saludó con la mano mientras el chorro de agua de la manguera daba de beber a la buganvilla. Miriam sonrió con cariño al perfil de su madre, esa mujer que aún tenía las manos bellas. De pequeña, cuando volvía de la fábrica, ella se empeñaba en extender la crema por sus manos agrietadas. Era una crema que llevaba un nombre pomposo, como de otro siglo, y estaba hecha con pétalos de rosa. De pronto el olor le vino, a la manera de una caricia gatuna, silenciosa.

         Miriam cerró la puerta. Le esperaba un viaje largo en el metro. Llevaba un libro empezado y algunos pensamientos nuevos.



lunes, 27 de junio de 2011

estos últimos días

suena el timbre, estridente, descuelgo, pregunto, una voz enérgica, los coches pasando en diferido detrás de la voz, pulso la tecla, abro, el hombre de la voz enérgica pulsa el botón, sube, verticalmente asciende por la columna del ascensor, otro timbre, feo, el de mi puerta, abro, en las manos del hombre de la voz enérgica un paquete, firmo, nos damos los buenos días, cierro,

rasgo el paquete, varios papeles juntos, doblados, manuscritos a dos tintas, una carta, confidencias, deseos, y una sorpresa, un regalo tardío de cumpleaños, envuelto, protegido, en un colchón espeso de burbujas de aire, deshago la nube, deshago, el papel, deshago la caja, dentro una pluma, delicadísima, de cristal, delicadamente malva, algo bellísimo como un sueño de palacios antiguos, a la derecha un frasco de tinta, no entiendo el color, es un color mágico, no hay nombre, es el color de un tiempo que no es pasado ni presente ni futuro,

dibujo espirales,

la frente me arde, alambres en la garganta, tengo que meterme en la cama, duele, no puedo hablar, oh enfermedad yo te conozco, los huesos se ablandan, la cabeza es algo demasiado compacto, intento dormir, intento leer, me duermo, las hogueras de San Juan dentro de mí, en mi frente, quemándose extraños sueños, desde el balcón fuegos artificiales por todos los barrios, flores de luz que se abren y mueren al instante, bombollas de sonido, crepitación, mis ojos duelen, me duermo, sigue la hoguera quemándome lentamente,

intento leer, me duermo, bebo agua en algún lugar que no es mi casa, los sueños duelen, los ojos duelen, me despierto, me quejo, soy consolada, me río, doy un pequeño paseo, por la noche toso mucho, enciendo una vela en el balcón, cenamos bonito, romántico, toso mucho, el camión de la basura pasa por debajo, estalla otro petardo, el basurero grita ¡que ya no estamos en San Juan!, toso mucho, intento leer, me duermo, a las cuatro de la tarde la hoguera sigue ahí, en mi cuerpo, mareas de sudor, fuego líquido, abro la caja y tomo la pluma de cristal, dibujo una cara con ese color de tiempo que no sé qué tiempo es, la vida es rara, intento leer,

acabo la educación sentimental

viernes, 17 de junio de 2011

Billie Holiday - I'm a Fool to Want You (subtítulos en español)




en la noche
como flores que necesitan la irreal
luz de la luna, su pálida fuerza
para crecer

se abren las ventanas, las cortinas blancas revolotean
se abren las voces, las palabras negras revolotean

las cosas, las almas, el humo,
tiemblan unos instantes suspendidas en el aire
luego caen
hacia la gravedad del patio de vecinos
o se diluyen en el frío de la noche

suena un teléfono
pero la esperanza está equivocada
y la luna sigue su paso hasta agotarse
hasta salirse del recuadro de todas las ventanas

esas son las horas más difíciles

PD: Santa Billie, gracias por tu amor.

lunes, 13 de junio de 2011

Hoy
no me siento muy bien
todo es muy confuso, todo es muy confuso.

Qué simple es escribir
esto
y qué difícil vivirlo

y si lo vivo ¿por qué lo escribo?
quizás para vivirlo un poco mejor
con la rítmica
de una canción
esas canciones que una canta en el coche
cuando está de viaje
una larga carretera hacia el sur
el cielo brillante de luz
las ventanillas abiertas
y yo cantando

“hoy
No me encuentro muy bien
Todo es muy confuuuuso, todo es muy confuuuuuso “

Está bien, suena…ligero, gilipollitas,
a caramelo de fresa
da un poco de risa.
Es fácil escribir da un poco de risa
y reir,
claro que también es fácil decir da un poco de risa
y echarse a llorar,
a quién no le ha pasado
mezclar churras con merinas
la sal y el azúcar
los polos opuestos y…
electrocutarse,

Pero vamos a procurar reír, no porque sea mejor que llorar,
en definitiva en una poesía el llanto
tiene mejor prensa,
una sólida tradición
de imágenes tristes, lluviosas, de vísceras dolientes, agonizantes,
verbos con muy mal aspecto, afiebrados, la lengua sucia,
el significado verde de bilis
y el sentimiento amarillo de hígado fatal.
Vamos, poetas que se sienten muy mal
porque todo es muy confuso, todo es muy confuso.

Lo mejor para estos casos, para este caso, el mío,
es no intentar hacer proezas,
no irme de copas con Gil de Biedma o Mallarmé,
directamente
escribir un verso simple, tan simple
como cuando te llama una amiga y le dices
Hoy
no, hoy
no, es que se me ha muerto el tiesto de las margaritas
y yo lo había regado,
¿por qué todo es tan confuso?

Y ella responde
¡Y yo qué sé! ¡Y quién lo sabe!

Entonces te metes en una página en blanco
y escribes
aunque sea mal, qué importa
tropezar con el silencio entre palabra y palabra,
hacerse un cardenal de tinta azul en el dedo
porque la pluma se ha roto,

aunque la pluma se quiebre
el pájaro del anhelo vuela alto
aún hoy, día raro en que canto
con palabras confusas
el desconcierto y la ilusión de estar viva

sábado, 4 de junio de 2011

cómo pasar la tarde

Me preparo un batido de fruta fresca: fresas y kiwi. El color sale muy bonito, lo sirvo en una copa, pienso que a la copa le iría bien que yo la sostuviera elegantemente ataviada con mi biquini y mi largo collar de falsas perlas. También me recojo el pelo en un complicado moño y lo adorno con un enorme hibisco rojo. Pongo en el tocadiscos vinilos de jazz, la suave voz de Chet Baker se arrastra como un dedo por la arena caliente de viejas canciones. Bailo y mantengo una animada conversación con un amigo invisible, un tipo duro y descarado que durante años fue poli en L.A. y ahora ejerce como detective privado. Insiste en que fue él quien me regaló el collar de falsas perlas un verano, cuando aún estaba colado por mis huesos. Yo le callo con frases ingeniosas, de esas de alto voltaje que hacen que los dos bebamos un poco de nuestras copas para disimular entre sorbos la risa que nos damos. Insiste en que quiere conocer mi dormitorio, pero yo le digo que he venido a este hotel con mi cuarto esposo, al que le gusta constiparse con los aires acondicionados, y que por ello está disfrutando de nuestra habitación él solito, en una larga y afiebrada siesta. Mi amigo, el inspector invisible, se las arregla para que salgamos a la terraza del barco, desde esa proa habla de las nubes como de cachalotes blancos y algodonosos invadiendo los mares celestiales. Señala un cúmulo de enormes cachalotes nubes, de panza grisácea. Son los machos, me dice cerca del oído, vuelven desde el norte para aparearse con las hembras. Me parece que nos pueden estar mirando desde las azoteas vecinas así que vuelvo adentro y giro la cara del disco. Invento un rápido crepúsculo bajando las persianas. Le digo a mi amigo, el inspector invisible, no enciendas las luces que dan calor. Él se saca un cigarrillo de algún cajón que ni me acordaba. Dice que es una pena que haya acabado mi batido de niña buena, tan rico, y me propone algo un poco más intenso mientras llama al barman. Yo le digo que ahora soy una mujer casada, y nos reímos, principalmente porque él vino a detenerme cuando yo tenía dieciséis años e intentaba casarme por primera vez con un documento falso. Así es como nos conocimos. Fuma despacio y me pasa el cigarrillo, y después de la más nostálgica de las canciones, aplaudimos a la orquesta.

miércoles, 1 de junio de 2011

         El pasado día 29 fue un domingo precioso. Por la mañana un largo paseo por el barrio de San Andreu, pincho de tortilla de patatas en el Versalles, fotos en las puertas viejas de madera y una bonita conversación. Por la tarde ¡tachán! Mi amiga Laura Freijo, pensapoadora, hacía un “estriptis” emocional en un garito llamado La Papa, en pleno barrio de Poble Sec. Fue algo maravilloso.

         Laura llegó a mi vida hace muchos años. Una vez al mes nos sentábamos juntas en asamblea, pues las dos pertenecíamos a una asociación de mujeres creadoras escénicas que se llama Projecte Vaca. Fueron las vacas las que nos juntaron por primera vez en un proyecto de lecturas dramatizadas, las dos compartimos programa junto a otras dos autoras. Para mí era muy emocionante conocer a otras personas que también se adentraban en la difícil vocación de escribir teatro. Una noche, perdida en las fechas de la memoria, en plena algarabía asamblearia, Laura levantó la cabeza, me miró y me dijo ¿por qué no hacemos algo juntas? Y yo dije, Vale. Encontramos una excusa magnífica en el hecho de ser las dos géminis para crear un cosmos cabaretero y poético bajo el título de Geminianas. Vivimos un proceso de creación delicioso (solíamos acompañarlo de cafecitos con etcétera), divertido (cuántas risas) y peripatético (deambulábamos por la ciudad y yo le enseñaba a Laura mis recorridos sentimentales por las callejas y los rinconcitos que me tocan) Hablábamos, leíamos a María Zambrano y nos tirábamos en parapente hacia una improvisación poética, las dos armadas de cuaderno, pluma y la musa que andaba rondándonos por la cabeza.

         Lo mejor de Geminianas es que se ha fundido y confundido con nuestra amistad. Cada vez que estamos juntas o cuando nos hablamos por teléfono, hay un estado de intimidad y creación inextricablemente ligados y activos.

         Laura es uno de esos grandiosos regalos que me ha hecho la vida y la ciudad de Barcelona, y por los que doy gracias cada día cuando me despierto. Hemos vivido muchas cosas juntas y también nos hemos acompañado en las cosas que a cada una le han tocado. Nos hemos tenido paciencia mutua, y admiración, y “mi visión del asunto”, y apoyo, y broncas, y conversaciones apasionadas, y lloros, y nocheviejas… y muchas cosas más.

         Me gustaría pintárosla al óleo, en un lienzo muy grande, mejor en un fresco, en la pared de una iglesia antiquísima, tan antigua que hubiera pasado por varias confesiones distintas hasta remontarse a  templo pagano. Ese sería el espacio ideal, porque Laura tiene la fuerza de lo sacro en ella, un alma antigua con la potencia de una amazona, una chamana y una profeta. Sí, en ella se juntan la guerrera, la sanadora y la comunicadora, tres torrentes manando desde su espíritu y confluyendo en su mente.

         Como creadora que es tiene el don de la versatilidad, pero ha elegido la palabra como herramienta esencial desde donde forjarse y darse al mundo. Y allí se da, en la desnuda sencillez de un escenario, ella, un atril y sus pensapoamientos (bichitos híbridos y lúcidos de filosofía y poesía)

         Viajar con ella por su espectáculo Soy lo que estás buscando es una experiencia bella, intensa, divertida, emocionante. Hay mucha verdad y mucha vida allí, servida desde un amor y una confianza genuinos en la palabra (¿qué más se puede pedir?). A quien pueda estar leyendo le invito a que visite el blog de pensapoamientos de Laura, que está “linkado” en este, en las Casas de Hospedaje. Allí podrá leer, pero sobre todo yo recomiendo que se hagan con el calendario de próximas actuaciones, compartir en voz alta la poesía es una comunión única.

         Y brindo por Laura, que cree en esa comunión (no es una broma, estoy abriendo una botella de cava)

         PD:
                   amiga del aire
                   con las manos amarillas de soles
                   sembrando palabras
                   lloviendo voces

                   te dibujo como un niño pintaría
                   a un gigante
                   acariciando a las águilas en su vuelo
                  
te coloreo
mezclando los colores del paisaje
                   - la tierra, los árboles, las casitas a lo lejos, el humo,
                   la nube, el cielo y la luna que sale
                   y el sol que entra-
                   en una mancha que pasa, deprisa,
                   como desde la ventanilla de un tren,

                   y ese color tan lleno de todos
sería el tuyo

jueves, 26 de mayo de 2011

Con Yul en el lago

Yul mide casi dos metros, tiene la piel del color de una noche pantera, aterciopelada y moteada de diminutas estrellas. Parece mentira que  una superficie tan oscura pueda brillar así, emanar esa luz. Yul es luz negra.

Ha venido al lago, con nosotros, no sabíamos que hacer para que cupiera en el coche, para que se sintiera cómodo. Él sonríe, dice que prefiere ir en la parte de atrás, a mi lado. Durante el viaje me aprieta la mano, no fuerte, parece saber cuál es el tacto exacto para cada cosa. Llevamos las ventanillas abiertas y el bosque pasa rápido por las orillas, melenas enramadas y desesperadamente verdes, trinos de pájaros en fiesta, olores a humedad y a jara.

En la cocina me ayuda con la comida, no le importa el olor fuerte del pescado. Miramos a las niñas correr fuera, alrededor del gran álamo blanco. Ellas llevan aquí toda la semana, van descalzas, han tomado la medida del silencio del paraje como una oportunidad para expandir sus jóvenes voces, gritan, yerguen la voz como un surtidor que quisiera tocar el cielo. Me disculpo ante Yul. Para él no es molesto, dice que su madre también hablaba así, hacía retumbar la casa, hasta los cimientos. Entonces me habla de su infancia pobre y dura en el barrio negro de la ciudad. Cemento y solo cemento, voces superpuestas a voces, incomprensión aplastando a la incomprensión. Pero no se pone triste al hablar de eso. Sigue cortando con delicadeza finísimas rodajas de un pepinillo, -¿cómo puede hacerlo? Me pregunto, el pepinillo es bastante más pequeño que su propio meñique-.

Cuando después pienso que todos están descansando me acerco a la orilla del lago, voy con mi pequeño balancín a cuestas. De pronto siento una voz a mi espalda que se ofrece a ayudarme con el peso. No lo había sentido a mi espalda, camina con el sigilo de un animal en la selva. Veo que en las manos lleva su trompeta. No me atrevo a pedirle que toque. La tarde se está posando suavemente sobre el lago. Hay pequeñas olas, y entre las junqueras vemos posarse una bandada de garzas que están descansando en su viaje migratorio. Yo le hablo entonces de mi exilio. Tampoco me siento triste al hablarle de eso. Hasta soy feliz contándole mi paseo favorito, de mano de mi abuela, por mi ciudad natal. Él también parece feliz de pasear por esas calles desconocidas junto a nosotras y, a la vez, de estar aquí, a mi lado, recibiendo el crepúsculo.

Me dice, vamos a hacer algo juntos, y levanta la trompeta. El sol la vuelve un cuerno de oro. Es mi unicornio negro con su cuerno de oro.

Me incita, dime una frase y yo la toco. Nos miramos a los ojos, pero yo enseguida desvío la mirada hacia las garzas que por fin han levantado el vuelo.

Y digo,
Eran de nata y eran de humo y eran de cielo y de primavera
eran de vuelo y eran de nube eran de atardecer y de promesa

y él toca una frase blanda, ascendente y liviana, con pequeños trinos, con ráfagas de aire sin sonido, con notas que se posan, como pompas irisadas
sin romperse

Y yo digo
Yul es mi unicornio y yo soy su dama

Y él levanta la trompeta y la llena de soles, como un vítore, pero suave y secreto

Y yo digo
Si camino la tierra la tierra me camina.
Yo soy su mapa, su única montaña y su desierto
la tierra se pierde en mí, y cuando se cansa en mí, la entierro
entera
entre mis costillas.
Yo soy su madre y ella es mi madre

Y él toca una frase espiral, que no puede acabar y que queda en puntos suspensivos…

…y así estamos, ya es de noche, y seguimos conversando.

martes, 24 de mayo de 2011

Sorprendida

La mesa sobre la que escribo es de cristal. Tiene un diseño japonés, entre el negro y la transparencia se dibujan flores, pájaros, escarabajos mariposas, lunares, ramas sinuosas y sus hojas… parece que la crearon especialmente para mí. Como dijo una amiga al verla, es muy coralina.

Todas las cosas que hay encima de la mesa tienen un reflejo en la mesa de cristal, como si estuvieran apoyadas sobre el agua. También mi cara. Se refleja desde una perspectiva extraña, un contrapicado en el que me veo los ojos un poco hundidos. Desde este lado es una Peregrina cabeza abajo.

El caso es que estos días estoy pensando en esta mujer, la que aparentemente vive cabeza arriba, como si fuese alguien un poco desconocido. La miro levantarse y como canta mientras prepara su cafetera. Hoy ha bajado al mercado temprano, el suelo entre las pescaderías estaba regado, todavía los reponedores iban de un lado a otro con sus carretillas cargadas de albaricoques, bacalao salado, salmones entre hielo picado…, en los mostradores las tenderas se afanaban colocando la mercancía, preparando encargos, quizás. Esa mujer hacía sus compras, tranquila, la ha sorprendido que la llamasen señora, y en dos ocasiones tenía el dinero exacto de la compra, con el pico en céntimos y todo.

Luego la sigo, con su falda amarilla, regando las plantas, parece que les dice cosas, toca los pétalos, se ha quedado distraída mirando a la calle. ¿Espera a alguien? Tiene varios libros abiertos, lee cosas muy interesantes, desde luego parece entusiasmada por sus lecturas, ahora mira un libro de fotografías de Alberto García- Alix, se nota que ya lo ha mirado otras veces, no sé a dónde asomarme, si a las imágenes que mira o a la imagen que ella misma genera, de espaldas a la ventana, sentada tan quieta, tan concentrada. ¿Qué piensa, qué siente mientras mira esas fotografías? ¿Reconoce a alguien de los que allí posan, reconoce la isla (las fotografías son de Formentera, una isla que ella también adora) a través de esa mirada parcial, emocional, anímica del poeta-fotógrafo, reconoce en la mirada del poeta-fotógrafo algo de su propia mirada, algo de sí misma en la vida de los otros?

Esa mujer empieza a interesarme realmente. Encuentro que sus días pasan muy curiosamente. Ayer, por ejemplo, se echó una larga siesta. Dicho así parece sencillo, y es, sí, sencillo. Pero yo lo encontré apasionante, ese gesto, de repente, virar el rumbo del día y dejarse entre sábanas blancas, cerraba los ojos, sé que soñó. Aparentemente no sucedía nada, sólo dormía. Pero ¿de qué fatiga venía para ir hacia ese sueño, o qué anhelo, o qué placer buscaba allí? Dormía pero vivía intensamente. Y su vida me sorprende.

Creo que no sabe distinguir si está cabeza arriba o cabeza abajo, si la pienso o me piensa, si vive y me hace vivir. Por primera vez la siento de esta manera, como si me dejara ser consciente de ese proceso de imaginación que es vivir cada minuto, como si me revelase que ella también está desplegando ese misterio que la fascina tanto, ese misterio inaprensible que es lo que todo escritor pretende atrapar, o sugerir, o apenas señalar –es tan frágil el misterio- cuando escribe. Es maravilloso que alguien con quien has vivido tantos años te siga sorprendiendo así.