oración

si yo fuera peregrina de mi misma
si llegara a la dulce
posada esmeralda
del corazón

lunes, 8 de noviembre de 2010

HABITACIÓN NINFA GALEA ( de El Balneario -cuento por habitaciones-)


El hombre que ocupa la habitación llegó un jueves, con diez maletas, sombrero y gabardina. Llovía.

Sólo una de las maletas contenía algo, ropa, un libro. Las demás estaban mudas por dentro, ni sangre, ni una foto. Era extraño, pesaban. Era extraño. El hombre venía de matar a su hija.

Seguramente ya la había matado antes, sólo que nunca lo recordaba. Pero la noche del miércoles soñó, esta vez con nitidez, que la mataba. Quiso despertarse nuevamente en el olvido. Pero no, no hubo escapatoria. Era atroz soñar esa violencia. ¿Por qué él? Su hija era algo así como una amapola, algo demasiado rojo en la vida de un hombre tan sencillo, que se dedicaba a sumar las cuentas de los demás y a leer versos de poetas idiotas y siempre traducidos pésimamente.

Nada más llegar quiso cenar algo, buitres asados, coliflor con espumas, imposibles que le venían a la boca y le daban vergüenza. Le preguntaron si sentía amargura, sequedad en la cavidad del beso. Dijo sí, siseó, saludó a Madame Filomena. Entonces lo sentaron solo, porque todavía era casi de fuera, le dieron alcachofas asadas, y un pescado enorme, casi un tiburón con piñones y anzuelo, con almendras y tabla de naufragio. Luego dulces pequeñitos y negros, como cagaditas de cabra. Luego vino de grosellas. Luego paz en tisana y con azúcar. Y así le consolaron aquella noche el vacío estrepitoso de su huída.

Miraba la ventana. El hombre blanco de la habitación miraba la ventana. Su hechura, su madera, su cristal, tan transparente, el espejo del jardín ahí detrás. Si su cara fuese ese árbol, esa acacia alta y cargada de flores, ese deleitarse en sostener pájaros, cometas que se perdieron de los dedos.

Pasaba horas allí, viéndose en el espejo de la ventana. Viéndose lluvia, fresal, mujer que pasa, sombra que se derrite ante el sol implacable.

Cuando no podía más se iba a la habitación de los libros. Llevaba el suyo escondido en el bolsillo. Era un diccionario prohibido. En casi todos los lugares donde se acumulan libros suele haber varios de poetas idiotas traducidos pésimamente. Encontró seis, encuadernados, descosidos, ilustrados, con un pequeño retrato al principio de aquello, del libro.

Por ejemplo, se afanaba con una tal Clarisa Marcela de Rodoendro, quizás monja en otro siglo, quizás encerrada y loca en un pazo muy verde, custodiado por diez encrucijadas. Le inventaba una vida a Clarisa Marcela, unos hechos apócrifos que justificasen la calidad de sus versos. Sus versos, mal traducidos del alma al papel, el los remendaba, les daba pescozones de azul, los desmontaba en palabras, los significaba de nuevo, intentaba verles las telillas interiores. Tenía paciencia aquel hombre.

Por ejemplo, Clarisa Marcela de Rodoendro había escrito que si gacelas saltaban, que si arrollos corrían, que si las flores siempre acababan marchitas, que si la hermosura arena, que si la nube nube. Todo ello demasiado rodeado de preposiciones y adjetivos embarazados de si mismos. Entonces el hombre tenía la paciencia, la palabra, la entraña, y sacaba a relucir algún destello, algo aún vivo, intocado.

También se acordaba de su hija, que seguía muerta en sus sueños.

O quizá era el sueño quien se acordaba de él y no le dejaba, no le dejaba, no le dejaba. Despertarse.

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